EL DESTINO…DE ELVITA

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9 de junio…………………………y entonces sucedió que……………………………..

……..llega a casa muy cansada, con las piernas doloridas de tanto caminar, buscando un trabajo que parece que no va a encontrar nunca. Ha vuelto a pasar, otro día entero, deambulando de aquí para allá, preguntando por doquier. 

Entra en el portal, el 975 de la avenida Walton, en el Bronx neoyorquino, un edificio construido en 1930, que cuenta con 182 viviendas, donde ella vive alquilada, cuando las manecillas del reloj marcan casi las ocho en punto de la tarde, de un sábado muy frío. Antes de ir a su apartamento acude al de su vecina, Patricia Pettway, alma caritativa que se ha ofrecido a quedarse con su hijo Michael, de diez años, durante las horas que ella necesita salir para buscar trabajo.

Antes de llamar al timbre se sacude el pesar que siente en el alma, no quiere que su pequeño perciba la cara de preocupación de su madre, de cómo se va consumiendo poco a poco sin encontrar una salida a aquella situación que comienza a ser ya asfixiante y más para ella, madre soltera, de veintinueve años y de color.

El señor Stern, su casero, a primera hora de la mañana ya le había vuelto a llamar, dándole un ultimátum y amenazándola con proceder a desahuciarla del piso sino le paga (lleva más de dos meses de retraso) pero con la ayuda de esos cien dólares mensuales que recibe del cheque social, no le da tampoco para mucho más.

Sonríe forzadamente, se ajusta la falda, hace varias muecas, tratando de aparentar estar contenta y llama al timbre de la vecina, que abre la puerta acompañada de su hijo, que ya está hecho todo un hombrecito. Se le parte el corazón viéndolo con esa sonrisa de felicidad con la que le recibe. Y ella hace un esfuerzo para no romper a llorar.

Habla con su vecina, durante unos instantes, preguntándole aquella cómo le ha ido. –“Nada, ni para limpiar me quieren, Pat”–, le contesta ella, y antes de marchase le pregunta, –“mañana sé que es domingo, ¿te lo puedo dejar otro ratito?” –. A lo que su vecina amablemente le contesta, –“claro que sí, Elvita, no te preocupes” –.

El domingo 2 de diciembre deja de nuevo al niño con Patricia y sale a patear la ciudad. Entra en todos los comercios, establecimientos, bares y cafeterías abiertos que va encontrando a su paso, escuchando en todos ellos la misma respuesta, –“lo siento, no necesitamos personal, muchas gracias, mire a ver aquí al lado o quizás allí, enfrente, que igual sí que necesitan a alguien–“.

A las siete de la tarde, reventada y otra vez con los pies doloridos regresa a casa en autobús, sin prestar atención a nada. Justo en la parada que tiene que bajar, la que está al lado de la boca del metro, de la calle 161, en las mismas puertas del estadio de los Yankees, cuando va a levantarse de su asiento, llegando a hacer incluso el amago, siente que algo se lo impide. No puede moverse. Mira las puertas abrirse, descender algunos pasajeros, al tiempo que paralizada permanece sentada, como si aquello no fuera con ella, escuchando una vocecita que le dice, -“¡venga, baja!”-, pero de la que hace caso omiso.

El autobús toma la avenida Sant Nicholas, mientras se desata una fuerte tormenta que empaña los cristales. Pasan por el barrio de Harlem, Central Park, y más allá puede llegar a atisbar el edificio del Rockefeller Center. Es en la intersección de la Quinta Avenida con el 34th de la calle West, tras veinte minutos de trayecto, cuando decide bajarse, sin saber muy bien el motivo, justo en la misma parada donde, hace ya algún tiempo, descendía para ir a trabajar como secretaria en una de las oficinas del «Empire State Building», donde decide dirigirse tratando de resguardarse de aquella tormenta.

Faltan veinte minutos para que sean las ocho de la tarde. No hay casi tráfico de personas en aquel majestuoso rascacielos en el que apenas unas horas antes el trasiego de tanta gente, con sus idas y venidas, subidas y bajadas es todo un acontecimiento digno de observar, en aquel lugar, el primer edificio en contar con más de cien pisos de altura.

Elvita entra allí, dirigiéndose a uno de los setenta y tres ascensores que hay, y sube hasta el piso 86, el del «mirador» en el que para su sorpresa no hay nadie. No piensa, ve pero no mira, oye pero no escucha, trepa por aquellas rejas instaladas en 1947, después de que Evelyn McHale se arrojase desde allí y como hizo aquella en su día, Elvita, se lanza al vacío.

Y así, de pronto, milagrosamente una fuerte ráfaga de aire por la tormenta desatada junto con una dosis de extraordinaria buena suerte, la acercan de nuevo al edificio contra el que se golpea, yendo a parar a una de sus cornisas de un metro y ochenta centímetros de ancho, situada seis metros más abajo y en la que aterrizará con la pelvis fracturada. Serán sus gritos de dolor los que alertarán a uno de los guardias nocturnos, George Reice, que dará aviso a una ambulancia para evacuarla al Hospital Bellevue, a siete minutos de allí, en el 462 de la Primera avenida (462 1st Ave).

Al día siguiente, el lunes 3, The New York Times, publicaba la noticia, “Mujer sobrevive a la caída desde el mirador del Empire State”, con una fotografía de Elvita Adams en la camilla camino del hospital, en su página octava.

El 9 de junio, de un día como hoy, de 1980, seis meses más tarde, era dada de alta de su rotura de pelvis, recibiendo además, durante este tiempo, ayuda psicológica, poniendo así fin a este extraordinario suceso que le otorga ser la única persona que saltando del Empire State Building pudo salvar la vida y posteriormente rehacerla.

Como dicen en México:

-“Cuando no te toca, ni aunque te pongas. Cuando toca, ni aunque te quites”-.

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