16 de junio……………………..y entonces sucedió que……………………………….
…”Gracias, ya le llamaremos, si eso”, es la frase que le repiten una y otra vez cada vez que acude a una de esas audiciones. Se ha propuesto triunfar como actor, pero sus problemas de dicción, al tener la parte izquierda de su rostro paralizada, consecuencia de un parto difícil, en el que un médico le había seccionado un nervio de la cara utilizando un fórceps, la verdad es que no le ayudan demasiado.
Hasta la fecha solo ha logrado un papel como protagonista en una película de bajo coste y de corte erótico de apenas sesenta minutos de duración, por la que le pagaron doscientos dólares, “The Party at Kitty and Stud’s” (Fiesta en casa de Kitty y Stud) posteriormente rebautizada como «Italian Stallion” (El semental italiano) y de la que, aunque no se siente satisfecho, en modo alguno, le había permitido, por aquel entonces, abandonar la Estación de autobuses Port Authority de Nueva York en la que dormía por las noches.
A finales de ese año, conseguía interpretar a «Mike», en la obra teatral «Score», con veintitrés representaciones, entre octubre y noviembre de 1970, en el Teatro Martinique del 1260 en la calle Broadway.
Otras apariciones fugaces y sin apenas importancia, como la que tuvo lugar en “Bananas”, al año siguiente, dirigida por Woody Allen en la que hace el papel de un delincuente de poca monta y al que el propio Allen se enfrenta en una escena que tiene lugar en un vagón del metro neoyorquino, o ese mismo año de 1971, en «Klute» en la que aparece apenas unos segundos bailando y dos pequeños papeles más, era todo su bagaje, hasta aquellos momentos, como actor de poca monta.
Aún así, aún escuchando como se repite en su subconsciente esa maldita frase “ya le llamaremos”, no ceja en su empeño y sigue presentándose a todos los castings de los que tiene noticia.
Desde entonces y ya han pasado cuatro años, nadie le ha vuelto a contratar. En marzo de 1975 siente que ha tocado fondo. Ha hecho pequeños trabajos que apenas le dan para mal vivir, como acomodador de teatro, limpiando la jaula de los leones en el zoológico y otros, así parecidos, que le sirven para pagar, entre otras cosas, la pensión de mala muerte en la que se hospeda.
No cuenta con apenas medios para vivir. Tiene en su cuenta bancaría cien dólares. Hace unos meses que decidió adoptar un cachorro de bullmastiff, al que llama con el apellido de un jugador de fútbol, del equipo de los Bears de Chicago, “Butkus”, (Dick Butkus), por su apariencia poderosa y portentosa.
Butkus se ha convertido en poco tiempo en su amigo inseparable. El que desde que lo ha adquirido siempre está a su lado. Da igual si es pobre y no tiene para poder comer, Butkus siempre está ahí, como su leal compañero. Con el que habla, se ríe, le cuenta sus penas y hasta duermen juntos.
Una tarde, sin tener nada que echarse a la boca, muerto de hambre, acude a un 7-Eleven. En la puerta alguien le ofrece cuarenta dólares por Butkus, y él, llevado por la desesperación, con el alma rota, acepta, para poder comprar algo de comida. Solo tiene en el armario dos pantalones y unos zapatos con agujeros, nada más.
Siente al venderlo que lo ha traicionado, el vacío es inmenso, pero el dilatado hueco que provoca la necesidad y el hambre es más grande todavía si cabe. Quiere pensar que el tipo al que se lo vendió parecía estar socialmente bien acomodado por lo que trata de apaciguar ese remordimiento que sufre en su fuero interno imaginando que Butkus estará por lo menos mejor alimentado que con él.
Dos semanas más tarde, el 24 de marzo de 1975, desganado, desmotivado, hundido, en la habitación de aquel pequeño hotelucho, donde se hospeda, ve en la pequeña pantalla de televisión la retransmisión de un combate de boxeo, desde el Richfield Coliseum de Ohio, entre Muhammad Ali y un no muy conocido adversario, Chuck Wepner, que a sus treinta y seis años, con 35 victorias, 14 derrotas y 2 nulos, se encuentra ya en el tramo final de su carrera, y al que el campeón, Ali, le había advertido, durante la previa del mismo, con aquel tono socarrón que le caracterizaba, que no le iba a durar en pie mucho y que se lo iba a pasar muy bien.
La verdad es que no está siguiendo el combate, no puede dejar de pensar en su leal y fiel amigo, en su traición, preguntándose si estará bien, hasta que de pronto, el comentarista emite un sonoro grito de sorpresa al ver cómo aquel veterano púgil envía a la lona de aquel cuadrilátero, en el noveno asalto, al campeón, ante un público que incrédulo empieza a pensar que quizás sea posible que aquel desconocido gane aquella pelea.
Nada más lejos de la realidad. Chuck Wepner aguantaría con estoicidad los cientos de golpes que un Ali encolerizado comenzaría a lanzarle desde aquel mismo momento, encajando cada uno de aquellos sin venirse abajo, y a falta de tan solo veinte segundos para el final del decimoquinto y último asalto, el árbitro, Tony Pérez, detenía el combate por el que un Wepner totalmente desfigurado acabaría recibiendo veintitrés puntos de sutura, más aquellos que los jueces quisieron premiarle por su pundonor.
Y de pronto lo vio claro. Sintiéndose identificado, viéndose reflejado en aquel hombre, se colocaba frente a su vieja máquina de escribir, para sin apenas descansar, durante las siguientes veinte horas, dar vida a la historia de un boxeador, que se acabaría convirtiendo en toda una leyenda, y que lo catapultaría a la fama, la del mítico Rocky Balboa.
Rápidamente ofrecía aquel guión a varias productoras, a las que únicamente ponía como condición ser él Rocky, su protagonista. Los productores Irwin Winkler y Robert Chartoffle ofrecieron 125.000 dólares por el guión, pero teniendo en mente otro actor diferente, como Robert Redford, Ryan O’Neill o Warren Beatty. Llegaron a ofrecerle casi cuatrocientos mil dólares, pero Sylvester Stallone seguía insistiendo en encarnar el actor principal. Al final acordaban pagarle 35.000 $ e interpretar él a Rocky.
Nada más cobrar el dinero, noventa y seis días después de vender a Butkus, Stallone acudía al mismo 7-Eleven para ver si volvía a encontrarse con aquel tipo al que se lo había vendido. Los siguientes tres días, con sus tres noches, estuvo haciendo guardia, hasta que el 16 de junio, de un día como hoy, de hace cuarenta y ocho años, por fin aquel hombre volvía a aparecer.
Para su sorpresa y a pesar de las explicaciones que Stallone le daba aquel no quiso venderlo, teniendo que ir negociando y subiendo la cantidad hasta pagar por él, 15.000 $, precio que pagó sin pestañear para volver a estar junto a su amigo, no volviendo desde entonces a separarse nunca más.
Al año siguiente se estrenaba Rocky, con una recaudación de 117 millones de dólares solo en los Estados Unidos, siendo galardonada con tres Óscar (por la mejor película, dirección y montaje) de los diez a los que llegaría a estar nominada, además de los innumerables galardones que harían de Sylvester Stallone un actor de los más prolíficos y exitosos del panorama cinematográfico y sobre todo, haber sido ante todo un compañero leal con su amigo Butkus, tal y como aquel había sido durante su estado de pobreza y precariedad, y es que ya lo dijo Milo Gathema;
–«A un perro no le importa si eres rico o pobre. Dale tu corazón y él te dará el suyo»–
PD.- Vuelvo a irme de viaje, a través del tiempo, para volver (espero) después de estos meses estivales, con energías renovadas y nuevas historias que poder contar. Os deseo un feliz verano…