EL PORTERO… (QUE NO SABÍA LEER)

8092023

8 de septiembre…………………………………..y entonces sucedió que………………

………lleva trabajando como portero de “El Cotarral”, en Punta Estrella, en el Valle de los Gigantes desde que su padre, el día que se jubilaba, hablaba con el señor Sebastián, el dueño y jefe del local, para que el chico tuviese alguna ocupación. No sabía leer ni tampoco escribir, pero ganas de trabajar y buena voluntad, tenía de sobra.

El día que don Sebastián fallecía, sin hijos, heredaba aquel negocio un sobrino suyo, el señorito Matías, que recién venía de acabar de hacer un Máster, de esos, en los Estados Unidos, de Negocios y Administración de Empresas, o algo así le habían dicho, con la idea de modernizar y darle un impulso a aquello, aunque los que trabajaban en aquel club de alterne (el único en toda la comarca, no entendían cómo podría modernizarse una empresa de esas características).

El sobrino reunía a toda la plantilla, a todos los que trabajaban allí, para presentarse y hacerles pasar, uno a uno, al despacho que hasta entonces había sido el de su tío.

Manolito que, era la primera vez que entraba en aquel lugar, vio detrás de una enorme mesa de madera a aquel joven elegantemente vestido que con muy buenas formas y educación se dirigía a él, con un lenguaje culto y sofisticado, al tiempo que, de uno de los cajones de la mesa, sacaba unos papeles. Durante aproximadamente cinco minutos le estuvo hablando de unas cosas de las que él no entendió una sola palabra. Expresiones como “cambio, renovación, progreso, optimización de prioridades, estadísticas y mejoras”, vocablos que escuchaba sin comprender bien todo su alcance.

Al parecer, el sobrino quería que él, como primera persona que recibía a los clientes, rellenase una plantilla, en la que hiciera constar el tipo de clientela por rango de edad, las horas de mayor y de menor afluencia, además de encargarse de llevar un “buzón de sugerencias” para la mejora del negocio, datos que posteriormente analizaría para poder atacar así las mejoras pertinentes.

Manolito balbuceó unos instantes, tomo aire y confesó a su nuevo jefe que no sabía leer ni escribir, por lo que no podría realizar aquello que se le estaba encomendando, pero si se le permitía, argumentando tener buena memoria, solicitaba poder hacerlo de viva voz. No tardaría ni dos minutos en salir de aquella estancia con el finiquito en la mano. La nueva dirección no estaba dispuesta a tener en nómina un trabajador, “analfabeto”.

Nunca se había visto en aquella situación. Trabajar en aquel sitio era lo único que sabía hacer. Dio vueltas, sin ningún rumbo, con una sensación angustiosa que le oprimía el pecho. No saber que iba a depararle el futuro le tuvo preocupado, en estado de conmoción, la mayor parte del resto del día. Pensó a dónde podría dirigirse para solicitar trabajo. Lo único que se le ocurrió que podría hacer (y tampoco es que fuera un experto en ello) era realizar pequeños arreglos de bricolaje, chapuzas como las que ya había hecho en el “Cotarral” cuando se había roto alguna silla o mueble, por lo que, decidió que mientras no le saliera nada, se ofrecería como «manitas» para hacer pequeños apaños.

Y así al llegar a casa buscó todas las herramientas que tenía para poder ponerse en seguida a trabajar, pero cuanto apenas logró reunir un martillo, un destornillador y algunos clavos oxidados. –“Tendré que ir hasta Playa Luz”–, pensó, mientras veía el corto bagaje de sus herramientas disponibles. El lugar más cercano, donde poder adquirir lo que necesitaba, estaba a unas cuatro horas de allí en autobús.

Y así lo hizo. Bien temprano salió en el autobús hacía aquella localidad, comprando entre otros utensilios una llave ajustable, destornilladores de estrella, alicates y cuanto pensó que podría serle de utilidad. Al regresar, al anochecer, llamaba a su puerta un vecino, pidiéndole que le prestara unos alicates. –“Mire, acabo de venir desde Playa Luz, los necesito para poder trabajar mañana mismo”-. El vecino negoció con Manolito ofreciéndole el dinero que había gastado por los alicates, incluyendo el viaje de ida y vuelta en autobús y una pequeña cantidad para obtener algo de beneficio, lo cual acabaría por convencerle.

La voz corrió por todo el barrio, acercándose los días venideros otros vecinos para comprarle herramientas, necesitando al final de la semana volver a Playa Luz a por más material, pero esta vez llevándose más juegos por si acaso. Al llegar a casa, después de este segundo viaje, ya tenía gente esperándole en la puerta, pidiéndole algunas de las herramientas nuevas. Fue tanta la demanda que en dos días ya había liquidado todo lo que había comprado, sacando unos beneficios que, de seguir aquel ritmo, le suponía el sueldo que había tenido en la portería, así que volvió una y otra vez a Playa Luz, vendiéndolo todo, cada vez más rápido, hasta que necesitó alquilar un local en donde poder realizar todas estas actividades.

Abrió en unos meses una pequeña tienda, la BricoBritos (utilizando su apellido) y dejando de ser Manolito para ser Manolo. Llevar aquel negocio necesitó de un esfuerzo extra por su parte y se apuntó a la escuela nocturna para aprender a leer y escribir, algo que le ayudaría mucho a despegar en sus quehaceres laborales.

Un buen día, pensando en abaratar costes y evitar tener que ir tan lejos encargó al tornero que le fabricase sus propias herramientas, clavos y tornillos. El negocio fue creciendo. Abrió una segunda tienda en San Felipe y en apenas dos años, ya tenía seis más distribuidas por todo el país, llegando a convertirse en un empresario de éxito.  

En su localidad, en Punta Estrella,  donó el dinero suficiente para construir una escuela y poco tiempo después una biblioteca. Don Manuel Britos fue nombrado por el alcalde “hijo predilecto de la ciudad”. En el acto, al que acudieron numerosas personalidades y hombres influyentes, el moderador, en su presentación, quiso sacar a relucir su afán de superación, de cómo aquel hombre que en sus orígenes no sabía leer ni escribir había llegado a la cima profesional, preguntándole, ante aquel salón de actos abarrotado de gente, -“escúcheme, don Manuel, y yo me pregunto, y como yo supongo que el resto de los aquí presentes, si usted empezó de la nada sin apenas si quiera saber ni leer ni escribir, ¿qué habría sido de usted si hubiera sabido leer y escribir?, ¿dónde habría acabado?…a lo que Manuel Britos Tortosa, el dueño de la multinacional de bricolaje “BricoBritos”, tras una pequeña pausa contestaba; -“Bueno, en mi caso, de haber sabido leer y escribir, no habría salido de mi zona de confort, no habría tenido que esforzarme mucho y probablemente seguiría siendo el portero del prostíbulo”-.

Hoy, día 8 de septiembre, la Organización de Naciones Unidas celebra, desde 1967, el Día Internacional de la Alfabetización, garantizando una educación de calidad, igualitaria e inclusiva a nivel mundial. Y aunque en sus comienzos se evaluaba y tenía en cuenta la cantidad de personas que en cada país sabía leer y escribir, desde hace seis años (2017) se toma en cuenta también la alfabetización digital, la capacidad de entender de forma provechosa internet y las nuevas tecnologías comunicacionales.

Y es que, como dijo Malala Yousafzai (Premio Nobel de la Paz en 2014 a los diecisiete años):

“No es más fuerte un país por el número de soldados que tiene, sino por su índice de alfabetización–.

 

PD.- Esta historia, inventada, está basada en el cuento de Jorge Bucay, [“el Portero del prostíbulo”], de sus cuentos para pensar. Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.

 

 

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