LA DE LOS TRISTES DESTINOS…

29SEP4

29 de septiembre……………………….y entonces sucedió que……………………….

………son casi las tres de la tarde pero en esa ala del Palacio Real impera el silencio. Nadie se atreve a levantar la voz, procurando no hacer más ruido que el estrictamente necesario. A nadie le llama la atención aquella manera de vivir la vida, tan alocada y desordenada, de quien, a sus diecisiete años, no se acuesta antes de las cinco de la madrugada ni amanece antes de las tres de la tarde.

Tiene orden la camarera mayor, la persona de mayor autoridad dentro de palacio con la misión de servir a la reina, María Giráldez y Cañas, que al despertarla traiga consigo un ejemplar matutino del diario “La Nación”, y no para saber precisamente cómo anda el país en cuestiones políticas o asuntos de Estado, que le importan más bien poco, y eso que es la reina, sino para que mientras la visten le lean el facsímil que publica el aludido periódico y que la tiene encandilada.

El culebrón en cuestión, “Fe, Esperanza y Caridad”, del escritor Antonio Flores, goza de un rotundo éxito entre sus lectores, casi desde el mismo día que empezó a publicarse. La reina aguarda con cada entrega su desenlace, pero su autor, sabedor de la enorme popularidad que estaba cosechando, teniendo a más de la mitad del país inquieto con aquella historia, cada día que pasa le da, si cabe, una vuelta de tuerca.

-“Venga, María, lee, maja”-, le dice una entusiasmada Isabel II a su noble dama, cuando hace acto de aparición al día siguiente con su diario bajo el brazo y esta, dándole un tono solemne procede a leer;

—“Eran las cuatro de la tarde, las gentes que volvían al interior de la población, después de haber patinado sobre las heladas aguas del estanque del Retiro, se agolpaban a la entrada de la calle de Alcalá, delante del que fuera convento del Carmen. ¿Qué ha ocurrido? se preguntaban quienes en vano pugnaban por romper las dobles hileras de gente que formaban el círculo…”— (continuará…).

Dejando a sus lectores y entre ellos a la misma reina, como suele decirse, con la miel en los labios. En las siguientes entregas idéntica escena volvería a repetirse. Una enganchada Isabel escuchaba sin perder detalle el relato que la duquesa de Gor le leía en voz alta;

—“Lo que yo no creo que sea del todo cierto, interrumpió la señora María, es lo del envenenamiento. ¿Quééé?, preguntaba asombrada la zapatera. Pues que parece ser que la causa de habérsela llevado presa ha sido porque se ha descubierto que ella fue quien envenenó al general Ayamonte”— (continuará…).

Y justo en el momento de mayor clímax, aquel literato hábilmente dejaba al lector ávido y con ganas de más.

-“¿Cómo?, ¿Ya está?”- preguntaba una enloquecida Isabel de Borbón a su camarera mayor. –“Este hombre me quiere matar, ¡va a acabar conmigo!”-, ordenando le hiciera llegar una carta al mismísimo Antonio Flores, el escritor de aquello, sobrino del que era Secretario General de Intendencia de la Casa Real desde 1845, Manuel Flores, y por tanto de trato cercano con la reina.

Con su mala caligrafía y aquella sencillez que le caracterizaba, creyendo que su regia condición, le permitiría, conocer el desenlace de aquel culebrón en el momento que ella lo requiriera, el 29 de septiembre, de un día como hoy de 1850, a once días de cumplir los dieciocho años, le transmitía su deseo de conocer el final de la misma, pidiéndole le hiciera llegar, a la mayor brevedad posible, una copia del manuscrito, solicitando además que el protagonista de la obra, llamado el “cabezota” no muriera, influyendo en cierta manera en el argumento de la obra.

Antonio Flores le contestaba a la misma con una promesa, la de no matar al personaje que despertaba las simpatías de la reina, pero declinaba enviarle copia del manuscrito porque según le decía, -“ni yo mismo sé el desenlace de este embrollo en el que me he metido, y del que todavía juro que no sé cómo salir de él”-  

Aquello le serviría para despertar el cariño de una reina sin preparación alguna, que curiosamente había sido nombrada reina de España un 29 de septiembre de 1833, el mismo día de la muerte de su padre Fernando VII “El Deseado”, heredando un trono dividido entre quienes aceptaban como reina a la hija del monarca fallecido y quienes siguiendo la tradición, defendían el nombramiento del hermano del rey, Carlos María Isidro de Borbón, origen de la primera de las tres Guerras Carlistas.

Al contar con tan solo tres años de edad, fue necesaria instaurar una regencia que recaería en su madre, María Cristina de Borbón Dos Sicilias, hasta 1840, que lejos de preocuparse por la educación y preparación de su hija, la abandonaba a su suerte al cumplir los diez años, dejándola sola, marchándose a vivir a París con su amante el que había sido su sargento de la guardia de corps, Agustín Fernando Muñoz, y con quien, en secreto, había contraído matrimonio.

Fue precisamente otro 29 de septiembre, de un día como hoy, de 1868, con la llamada Gloriosa Revolución, cuando tras la derrota de las tropas leales a la reina en la batalla de Alcolea, el día anterior, la población de Madrid se lanzaba a las calles, al grito de “Abajo los Borbones”, obligando a la reina, que se encontraba veraneando en San Sebastián a abandonar el país, para no regresar nunca.

A Benito Pérez Galdós, quien la conoció en su exilio parisino en 1902, la reina le causó muy buena impresión. Una mujer de gran generosidad, bonachona, sencilla, alegre y de espíritu vivaz que hacía muy agradable con su presencia a los demás. Años más tarde en la décima y última novela de sus Episodios Nacionales, la titularía precisamente así, “La de los tristes destinos”.

—“Sé que lo he hecho muy mal”, le dijo Isabel, “pero no ha sido mía toda la culpa” — (Isabel II de Borbón).

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