ACCIDENTE EN LOS ANDES.-

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13 de octubre…………………….y entonces sucedió que……………………………..

…………la mayor parte de aquel equipo de rugby, el de los Old Christians, lo conforman antiguos alumnos del colegio Stella Maris, de los Hermanos Cristianos Irlandeses, en el 7359 de la calle general Máximo Tajes, del barrio de Carrasco de la capital. Llevan en los últimos tres años, desde 1968, dos campeonatos nacionales ganados. Alardean de ser el mejor equipo de rugby amateur de todo el país, así que el año pasado, decidían salir más allá de sus fronteras para competir contra algún equipo chileno.

Este año, ante lo positivo de aquella experiencia han decidido repetir. El capitán del equipo Marcelo Pérez del Castillo se ha encargado de realizar todos los preparativos, de los que finalmente el presidente, Daniel Juan, contrataba, a través de un conocido suyo, un viaje en avión, un Fairchild 571, de la Fuerza Aérea Uruguaya, para trasladarlos desde Montevideo hasta Santiago de Chile, (donde tenían previsto jugar un partido contra el equipo local, el de los Old Boys), por un precio cerrado de 1.600 dólares, así que cubriendo los cuarenta asientos del pasaje les saldría mucho más barato a cada uno, por apenas 40 dólares.

El equipo lo configuran diecinueve jugadores, así que las restantes veintiuna plazas fueron ofertándolas a amigos, conocidos y familiares. Entre otros, la mamá de Nando Parrado, Eugenia Dolgay, su hermana Susana y amigos suyos, como Guido Magri, Diego Storm y Pancho Abal, que ha invitado a su vez, al matrimonio Javier y Liliana Methold que viajan a Chile para celebrar su decimosegundo aniversario de bodas. También se ha apuntado el doctor Nicola, médico del equipo, que lo hará acompañado de su mujer, Esther.

El jueves 12 de octubre, a las seis de la mañana, llegan bulliciosos, animados y felices los chicos al aeropuerto de Carrasco, para realizar aquel viaje, que junto a familiares y amigos conforman la totalidad del pasaje, de una nave que cuenta con una tripulación compuesta por cinco hombres. El piloto, el experimentado coronel Julio César Ferradás, les da la bienvenida, a través del sistema de comunicación del aparato, en su nombre y en el de todo su personal, el copiloto, Dante Lagurara, el navegante, Ramón Saúl Martínez, el mecánico, Carlos Roque y el sobrecargo, Ovidio Ramírez.

Falta uno de los cuarenta pasajeros previstos, el jugador Gilberto Regules, que se ha quedado dormido, y que acudirá más tarde en vuelo regular. Su plaza es ocupada por la señora Graciela de Mariani que acude a la capital chilena a la boda de su hija.

A las ocho y cinco de la mañana despega el avión hacía tierras chilenas. El plan de vuelo contempla un viaje con una duración prevista de unas cuatro horas, sobrevolando Buenos Aires y Mendoza, realizando la última media hora del trayecto sobre los Andes. Todo transcurre con relativa normalidad, hasta aproximarse a la cordillera andina en donde unas fuertes turbulencias zarandean la nave bruscamente, dando a quienes se encuentran a bordo, esa singular sensación de vértigo y vacío en el estómago.

Gritos y risas, entre el pasaje, repleto de comentarios atrevidos, de quienes se sienten seguros y hasta cierto punto, desprecian el peligro, de quienes por su juventud las situaciones arriesgadas llegan a representar todo un desafío. Se escuchan frases como, –“¡hoy es viernes 13!, guachos –, –“Ñeriiiiis” –, o un simple –“Vamoarriba”–, acompañadas de risas y un ambiente distendido.

Cruzar aquellas montañas en dichas condiciones es peligroso, y el piloto lo sabe, por lo que ordena al auxiliar, Ramírez, que dé aviso, por el sistema de megafonía, que se va a proceder a hacer un alto en el camino allí mismo, en Mendoza, donde pernoctan.

A las seis de la mañana del 13 de octubre, de un día como hoy, de 1972, vuelven a retomar el rumbo hacia Santiago. Durante el vuelo algunos de los jugadores se acercan a la cabina para fotografiar aquellas impresionantes montañas nevadas. Una espesa capa de nubes, de esas que parecen hechas de algodón, aparecen de pronto, de la nada, cubriendo todo el paisaje, y con ellas una fuerte tormenta que descarga su ira contra el fuselaje de la nave.

Ya nadie sonríe, aunque la mayoría trata de aparentar cierta tranquilidad restándole hierro al asunto. En cabina el copiloto, al leer los instrumentos, interpreta por error que se encuentran sobrevolando Curicó, punto donde tienen previsto realizar el viraje para iniciar el descenso hacia el aeropuerto de los Cerrillos, sin ser del todo consciente que todavía les faltan, para eso, cerca de setenta kilómetros, dando comienzo la maniobra de aterrizaje, en aquellas circunstancias, sin visibilidad alguna, rodeados de aquella espesa niebla. De pronto, una fuerte sacudida sobre uno de los laterales de la nave, arranca una de sus alas y tras breves segundos la otra, precipitándose al vacío, en un descenso de más de 700 metros a una velocidad de 350 km/h, para acabar estrellándose contra la nieve del glaciar de «Las Lágrimas».

Tres miembros de la tripulación (el piloto, Ferradás, el navegante, Martínez y el sobrecargo, Ramírez) y diez pasajeros, fallecen en el mismo momento del impacto, tres más (el copiloto, la señora Graciela de Mariani, y Pancho Albal) al día siguiente, por las fuertes heridas sufridas al haber quedado atrapados entre aquellos amasijos de hierros.

La primera norma, no escrita, que se impusieron fue la de que –“estaba prohibido quejarse”–. Pronto el hambre haría acto de aparición que, junto a aquellas frías temperaturas extremas, en las que se llegaban a alcanzar los -30 ºC, nublarían las pocas esperanzas de salir de allí con vida, ilusiones que perdían casi definitivamente, diez días después, el 23, cuando escuchaban por radio la desgarradora noticia que anunciaba que las autoridades habían decidido suspender su búsqueda. 

Cuando las cosas pensaban que no podían ir a peor, durante la medianoche del 29, una avalancha de nieve sacudía el avión, acabando con la vida de ocho más (entre algunos de ellos, Marcelo, el capitán).

Y en aquel inhóspito panorama, de penuria extrema, sin víveres ni alimentos, cuando las circunstancias parecían presagiar un trágico final, tomaban la decisión más difícil y trascendental de sus vidas, necesaria para sobrevivir, la de ingerir la carne de los cuerpos fallecidos de sus propios amigos, familiares y conocidos para poder tener siquiera un mínimo hilo de esperanza, tras la cual realizaron todos ellos un pacto, poniendo a disposición del grupo sus cuerpos en caso de fallecer.

Dos meses después del accidente, el 12 de diciembre, Nando Parrado (que había perdido a su madre y su hermana y alguno de sus mejores amigos), junto a Roberto Canessa, decidían arriesgar sus vidas lanzándose a buscar ayuda, partiendo por las nevadas montañas sin el equipamiento necesario para este tipo de travesías, pero con mucha determinación y una valentía inconmensurable. Acompaña los primeros cuatro días a Nando y Roberto, Antonio Vizintín, que con su gran fortaleza física se ofrece a cargar con la mochila más pesada de unos 40 kg de peso. Al llegar a la cima y comprobar que la caminata sería mucho más larga decidían que regresase al avión con el resto donde sería de mayor ayuda.

Aquella travesía, tras diez días de durísimas condiciones, daría sus frutos, cuando se topaban con el chileno Sergio Catalán, mulero que montaba su caballo en aquellos momentos, dando aviso urgente y localización del resto a los equipos de rescate, poniendo fin el 23 de diciembre, con el traslado del último de los dieciséis supervivientes, setenta y dos días después, de aquel vuelo 571 accidentado.

El mes pasado, el sábado 9 de septiembre, el director de cine, Juan Antonio Bayona, presentaba durante la clausura del Festival de Cine de Venecia esta historia de supervivencia, llevando a la gran pantalla una adaptación del libro del escritor uruguayo Pablo Vierci, “La sociedad de la Nieve”, película candidata española para los Oscar 2024.

Una historia increíble jamás contada, de la que se ha llegado a afirmar que, si fuera ciencia ficción resultaría inverosímil;

–“Para quienes el infierno nunca estuvo tan cerca del cielo” –.

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