—«LA CASTIGADA»—

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20 de octubre…………………………y entonces sucedió que…………………………

…………La Catedral Metropolitana de la Ciudad de México, tiene cuatro tipos de campanas; las mayores, las medianas, las esquilas (que son aquellas que giran, sobre sí mismas, 360 grados) y las tiples (también llamadas chiquitas o menudas), clasificadas así atendiendo a su tamaño.

Cuentan las crónicas de la época que la primera campana de la Catedral nació del hierro de un cañón que Hernán Cortés cedió para tal fin, fundido en una casa que se ubicaba en la actual calle Licenciado Verdad, a escasos ocho minutos andando del Zócalo.

Cada una de sus actuales treinta y cinco campanas cuenta con su propia historia y su particular sonido, y al estar bendecidas y consagradas para las liturgias llevan todas ellas nombres de Santos y Vírgenes. Así, por ejemplo, está la de «Santa María de la Asunción, a la que popularmente llaman “La Doña”, la de «Santa María de los Ángeles, «San Joséque por su sonido solemne y grave es también conocida como “La Ronca”, la de San Miguel, Santa Bárbara, San Pedro del Carmen…

Los días especiales, la Catedral hace repicar además de las campanas, sus esquilas, por lo que el campanero mayor, que es la persona encargada de hacer que estas funcionen, necesita la ayuda de voluntarios, que siempre encuentra por sus inmediaciones.

El día del Corpus, jueves 24 de junio de 1943, el campanero de la Catedral, “don Polo” a sus sesenta años, bajaba a la plaza a buscar refuerzos, entre la chiquillería y mozos que por allí deambulaban, para ayudarle a tal menester.

Saben que los domingos y las llamadas «fiestas de guardarsuele haber más demanda para subir a lo alto de la catedral para ayudar al padre, además de resultar para ellos muy divertido y aunque no esté del todo exento de cierto peligro, en aquella época, nadie se preocupaba tanto por aquellos asuntos.

-“Venga, tú, y tú también”-, dice “don Polo”, señalando a los elegidos con el dedo, con gesto solemne, seleccionando a unos cuantos de aquellos jóvenes, a los que este simple hecho les hace sentir especiales, privilegiados, tras lo cual salen a la carrera rápidamente para subir esos sesenta y ocho peldaños de madera de aquella desgastada escalera helicoidal de más de doscientos años. Al llegar a lo más alto, los va distribuyendo, entre aquellos laberintos de vigas y travesaños, llenos de cuerdas y poleas.

A su señal, todos como un coro de música orquestado comienzan a tañer aquellas campanas que anuncian al pueblo de la ciudad de los Palacios tal conmemorativa fecha a celebrar.

Uno de aquellos mozos voluntarios, José Luis, del barrio de la Merced, de 15 años, apenas puede mover una esquila, de casi 930 kg de peso, sobre la que se ha situado, en la torre oeste. Levanta los brazos, agarrándose con fuerza sobre el borde de la misma, dejándose caer con el liviano peso de su cuerpo, sin ser consciente, que aquella, en lugar de realizar el movimiento típico de ida y de venida, de vaivén, que el chico espera, tras elevarse, girará sobre sí misma, por lo que tras aquel impulso inicial debería apartarse de inmediato, algo que por desconocimiento no hace, siendo sorprendido por el descenso vertiginoso de aquella que sin darle tiempo a reaccionar, lo golpea, en la parte posterior de la cabeza, matándolo en el acto.

La consternación y el dolor por su muerte podían palparse durante el sepelio celebrado en memoria de aquel joven. Los canónigos de la Catedral decidían darle un escarmiento a aquella campana, convencidos de que aquello no podía quedar, de ninguna de las maneras, impune, mandando hacerla callar para siempre. Así que la ataron, le quitaron el badajo y la marcaron con una cruz roja, silenciándola para toda la eternidad, refiriéndose desde entonces a ella como, “La castigada”.

Y pasaron los años, y La Castigada nunca más volvió a sonar…

En unos actos celebrados en Ciudad de México, el 20 de octubre, de un día como hoy, de 2000, conmemorando el quincuagésimo séptimo aniversario del decreto emitido por el entonces presidente Manuel Ávila Camacho en el que se establecía la versión oficial del himno mexicano, compuesto casi un siglo antes (en 1853), el nuevo campanero mayor de la Catedral, el diácono Rafael Parra Castañeda, hallaba los documentos de la decisión de aquellos canónigos que en su día habían decidido silenciar la esquila de la torre oeste, trasladando aquel asunto al sacristán, el padre José de Jesús Aguilar.

Siendo aquel año 2000, año de jubileo, del perdón, de los dos mil años del nacimiento de Cristo, el sacristán solicitaba al cardenal Norberto Rivera Carrera el perdón para la aludida esquila, el cual accedía a aceptar aquella solicitud, liberándola de su castigo.

Faltando ocho días para que acabase el jubileo del Señor, el diácono y el sacristán subían a la torre donde se encontraba la campana, a más de cincuenta metros de altura, en donde tras un breve acto de exorcización y de oración volvían a hacerla sonar de nuevo, poniendo fin así a aquel castigo.

En la actualidad la Catedral Metropolitana sigue repicando sus campanas de forma manual con la ayuda de un grupo de jóvenes voluntarios, eso sí, bien instruidos y preparados al efecto por el mismo Rafael Parra para el que doblar aquellas campanas es mucho más que un simple trabajo, es lograr, a través de ellas, escuchar algo divino…

Y es que, para él: -“El fondo de la campana simboliza la bóveda del cielo, el badajo representa el mundo. Cuando ambos entran en contacto, lo que se escucha es la misma voz de Dios”-.

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