MADDIE CLIFTON…

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3 de noviembre…………………………….y entonces sucedió que…………………..

…………a las cinco de la tarde Maddie sale de casa a jugar con los niños del barrio. Da un grito desde la puerta de la cocina que da acceso a la arboleda que rodea la calle Christopher, en donde vive, perpendicular a Fleetwood y San Agustine, en el coqueto y tranquilo barrio de Lakewood, “¡Mamá, me voy, salgo a jugar!”.

Lakewood, en Jacksonville, en el estado de Florida, es un lugar tranquilo, el típico en el que todos los vecinos se conocen, con casas rodeadas de jardines y calles sin asfaltar con poco tráfico rodado, en el que es habitual ver niños y niñas, jugando fuera de sus casas.

No le da casi tiempo a Sheila, su madre, a advertirle cuando Maddie cierra la puerta tras ella, “¡a las seis te quiero aquí de vuelta para la cena!”.

A las seis, Maddie, todavía no ha regresado. Sheila le pide a su hija mayor, de once años, Jessica que salga a por ella y la traiga inmediatamente. Busca en el patio trasero, en las casas de alrededor, en donde habitualmente suele ir a jugar, pero nadie la ha visto, nadie sabe dónde se puede encontrar.

Sheila acude a casa de los vecinos de enfrente, los Phillips, donde a veces Maddie ha ido a jugar con su hijo Josh que, aunque es seis años mayor que ella, es un buen chico, un poco tímido y reservado que se lleva bien con ella. Le abre Melissa, la madre, que preocupada rápidamente pregunta a su hijo que le dice no saber nada de ella.

Steve Clifton, el padre de Maddie acude a casa de Karson Cobb, amiga de Maddie que va a la misma escuela, pero tampoco está allí.

A las seis y media, angustiados llaman al 911, denunciando su desaparición, movilizándose todos los vecinos, que de manera espontánea se organizan en grupos, para realizar batidas por la zona averiguando dónde puede estar la pequeña.

Están todos presentes, hasta Josshua Phillips el chico retraído, al que se le ve muy afectado, y que a pesar de no ser muy sociable, demuestra su aprecio y cariño por la niña mostrándose participativo y voluntarioso y que acude acompañando a su madre. También se ve por allí a David Hicks, Melanie Maxwell,Tina Martin y con ella su hija Kara, los Hensley, Leslie Thompson, Leroy Moorman, Marva Heiney, los Cobb, todos dispuestos a colaborar en la búsqueda de la pequeña Maddie.

Se ofrecen los detalles de la vestimenta que lleva la niña, unos jeans, una sudadera de color rojo, con el número 5 a la espalda.

Jerry Nackashi, amigo de la familia, confecciona unos carteles con la foto de la niña que distribuye en seguida por la zona. El Sheriff de Jacksonville, Nat Glover, aquel 3 de noviembre, de un día como hoy, de 1998, se persona en la zona solicitando máxima difusión entre sus unidades que rápidamente se vuelcan en localizar a la pequeña. Pero nadie, ha visto a Maddie.

La base de datos de delincuentes sexuales detecta en el vecindario un posible sospechoso, Larry G. de 45 años, pero muestra una sólida coartada que imposibilita que haya tenido nada que ver con aquel asunto, por lo que es rápidamente descartado.

Las angustiosas horas, que se hacen eternas, se convierten en días, y con ellos, la creciente y extraña sensación de que aquello no parece que vaya a tener un buen desenlace. El desasosiego inunda el vecindario y cada día que pasa las esperanzas de encontrarla viva se van diluyendo, y a pesar de ello, no hay un solo día que no se movilicen en su búsqueda, llegando incluso un grupo de voluntarias de la escuela secundaria de Southside, a repartir en las mismas puertas del estadio de los Jaguars, el Alltel, el domingo día 8, en el partido que les enfrenta a los Bengals, unos panfletos sobre su desaparición.

El martes, día 10, Mellisa Phillips, entra en el cuarto de su hijo para hacer limpieza. Sobre el suelo, al lado de la cama de agua que tiene, observa una pequeña mancha que se dispone a eliminar, cuando llama su atención un pequeño trozo de cinta aislante colocado en la misma base del colchón.

Al tratar de levantarlo, para comprobar si tiene algún rasguño, descubre con espanto la presencia del diminuto cuerpo de la pequeña desaparecida, cuya mano permanece aferrada a la estructura de madera de la cama, tratando de asimilar lo que su cerebro no puede ni siquiera procesar, sale corriendo de allí despavorida, bajando las escaleras casi de un salto, angustiada y muerta de miedo, hasta llegar al exterior donde, en aquel mismo instante, un grupo de reporteros está entrevistando a unos vecinos, que proceden a dar la voz de alarma de inmediato solicitando la presencia policial. 

Poco después los agentes cercioraban el macabro hallazgo. Al lado de la cama una gran cantidad de ambientadores trataban de disimular el hedor del pequeño cuerpo que llevaba allí, una semana. Bajo el colchón de agua descubrían el cuerpo sin vida de la pequeña Maddie. Una patrulla fue a la escuela de San José a arrestar al adolescente ante la sorpresa de todos.

El joven confesaba que el mismo día 3, la niña había llamado a su puerta pidiéndole jugar con él y aunque su padre no quería que entrase nadie en casa si no estaban ellos, él aceptaba. Jugaron un rato al béisbol hasta que uno de aquellos lanzamientos le daba en un ojo a la niña que comenzaba a sangrar y asustada se ponía a llorar. Tratando de calmarla la llevó dentro de casa, pero al no parar de llorar, pensando más en la reacción de su padre, le asestaba con el bate en la cabeza, hasta en tres ocasiones, no consiguiendo su propósito, por lo que, presa del pánico, – según confesaba-, le daba varias puñaladas, procediendo a esconder su cuerpo (según revelaría la autopsia más tarde, todavía con vida), debajo del colchón. Cuando el joven salía a «buscar a Maddie» aquel 3 de noviembre ella seguía con vida bajo aquel colchón de agua.

Días más tarde más de mil quinientas personas se congregaban en la Iglesia de San José, donde la pequeña Maddie había hecho su primera comunión, acompañándola hasta el cementerio de Oaklawn para su eterno descanso.

El juicio fue trasladado al condado de Polk, en Bartow, a más de 300 km al sur de allí en dónde el juez Charles Arnold en la primera sesión, el 6 de julio, como consecuencia del monstruoso acto que había perpetrado, procedía a juzgarlo como a un adulto del que acabaría siendo condenado a cadena perpetua, sin posibilidad de libertad condicional.

En 2012, la Corte Suprema determinaba inconstitucionales las condenas a cadena perpetua a menores, por lo que los abogados de Joshua apelaban aquella sentencia, siendo condenado de nuevo, con la misma pena de cadena perpetua, pero con la posibilidad, a lo largo de este año 2023, de salir en libertad condicional, asegurando aquel que, en caso de conseguirlo, intentaría reparar los daños causados, mostrando su arrepentimiento, y esperando el perdón de los Clifton.

Y aunque Sheila Clifton llegara a afirmar en una entrevista que ella no odiaba al chico, sino lo que había hecho, la familia entera no está dispuesta a perdonar ni olvidar. Y como dijo Jessica, la hermana de Maddie;

—“Creo en Dios, soy Cristiana, pero al final del día siento que mi trabajo no es el de perdonar” —.

D.E.P. Maddie

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