LA DECIMATIO.-

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24 de noviembre………………………….y entonces sucedió que………………….

…………Todo había dado comienzo en aquella “escuela de gladiadores” que Cornelio Léntulo Batiato tenía en Capua, al sur de la península Itálica, a 26 Km de la actual Nápoles, durante el verano del año 73 a.C., cuando uno de sus esclavos, llamado Espartaco, junto a dos galos, Crixo y Enomao y dos celtas, Canico y Casto, lideraba una revuelta, armados con unos simples utensilios de cocina, piedras y palos, logrando, de los doscientos hombres que iniciaban la misma, escapar de allí, alrededor de setenta.

No disponían de armas, pero sí de la destreza, fuerza y valor necesarios, al haber sido entrenados para morir en combate. Conformaban aquellos un grupo de guerreros expertos, decididos a defender su libertad con sus vidas si fuera menester y contando con el indiscutible liderazgo de Espartaco, natural de Sandanski, la antigua Tracia (actual Bulgaria).

El Senado, para detener aquel motín, enviaba rápidamente un contingente de tres mil hombres, al mando del pretor Claudio Glabro, convencidos de acabar fácilmente con aquella turba que, sin embargo, a las primeras de cambio les sorprendía, durante una noche cerrada en el monte Vesubio, acabando con las cinco cohortes, apropiándose además de sus armas de combate.

Tampoco pudieron acabar con aquellos las sucesivas legiones enviadas por Roma, comandadas por los pretores Publio Varinio, Lucio Gelio, ni Cneo Léntulo, siendo durante el verano del año siguiente, de 72 a.C., cuando los rebeldes, que ya se contaban por miles, pasaban muy cerca de las puertas de la mismísima Roma.

El miedo a la entrada en la ciudad de Roma, por parte de aquel ya numeroso ejército de insurrectos, trajo a sus ciudadanos el recuerdo vivido hacía más de ciento setenta años, del episodio de Hannibal el Cartaginés.

Once días después de las celebraciones del Banquete en honor a Júpiter, en los Idus del mes noveno, correspondiente al actual mes de noviembre, el 24 de noviembre de un día como hoy del año 72 a.C., el general Marco Licinio Craso era nombrado general en jefe de los ejércitos romanos, recibiendo del Senado poderes militares extraordinarios, para poner fin a quienes habían derrotado a cuatro generales, armando para la ocasión un ejército de diez legiones (cincuenta y cuatro mil hombres), que rápidamente marchaban hacia el sur al encuentro de las tropas rebeldes.

Craso ordenaba a su lugarteniente Nummio, al mando de dos legiones, que realizase una incursión hacia la región de Samnio, situándose más allá de las líneas enemigas, con intención de acorralarles y poder así arremeter contra ellos por ambos frentes a la vez, pero este, desobedeciendo, decidía por su cuenta atacar al ejército de Espartaco frontalmente, sufriendo otra dolorosa derrota, provocando con ello además, la desbandada de un contingente de quinientos legionarios que abandonaban sus armas en aquel campo de batalla.

Cuando Craso era informado de la deshonrosa huida de aquel numeroso grupo de hombres, resuelto a restaurar la disciplina entre sus tropas, decidía aplicar la “Decimatio”, un castigo severo y cruel que no se utilizaba desde los tiempos en los que había sido cónsul, Apio Claudio, en el año 249 a.C., y que consistía en la formación de un grupo de diez hombres, señalados todos ellos por su acto de cobardía, para proceder ejecutar a golpes, hasta la muerte, a uno de aquellos, a manos de sus propios compañeros, abandonando su cuerpo para servir de pasto a los animales salvajes, insepulto, e impidiendo asimismo lamentaciones por su muerte, ni poder ser venerado su recuerdo.

El desgraciado que debía morir ejecutado a garrotazos era escogido por la mismísima diosa de la mala fortuna mediante la extracción al azar con su mano de una piedrecita, que junto a otras nueve, se encuentra en el interior de una bolsa de cuero. Todas ellas del mismo color, excepto una, diferente, que sella el destino del desafortunado elegido.

Y así, aquellos quinientos infames distribuidos en cincuenta grupos de diez hombres, esperaban su turno. El centurión aproximándose al primero de ellos, viene agitando la bolsa, con aquel sonido de los guijarros chocando unos contra otros que la mayoría, difícilmente podrá olvidar. Se sitúa sobre el primero de los soldados, que encomendándose a los dioses, sin querer ni mirar, extrae una de aquellas piedrecitas. Es blanca, suspira algo aliviado, y aún así, siente una presión en el pecho que le dificulta la respiración, siente que está atrapado en aquella situación de la que no puede salir, solo puede “morir o matar”, pues aunque ha salvado la vida debe acabar brutalmente con la de su amigo y compañero.

Negarse a participar significa morir ejecutado por la vía rápida, no hay escapatoria posible. Craso sigue el proceso desde la lejanía, convencido que en lo sucesivo, cada uno de aquellos legionarios sabrán a qué atenerse si volvieran a sentir el deseo de abandonar, de huir. La elección es simple, morir con honor en el campo de batalla o con deshonor y a golpes, violentamente.

Con el paso del tiempo, la Decimatio fue cayendo en desuso. Julio César aún haría uso de este cruel escarmiento en la Galia, catorce años más tarde. Fue en tiempos del emperador Galba, sobre el año 68, ya de nuestra era, cuando definitivamente se abandonaría este castigo que, de ninguna manera, había servido para elevar el espíritu de las tropas, considerado un castigo cruel.

Ya dejó Marco Tulio Cicerón, político y orador romano, coetáneo de este suceso (106-43 a.C.), clara su opinión sobre la crueldad; -«La simple idea de que una cosa cruel pueda ser útil es, de por sí, inmoral. No trae la  crueldad ningún provecho»-

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