LA GRAN NIEBLA (THE GREAT SMOG)

tgs8D

8 de diciembre……………………………….y entonces sucedió que…………………

……….aquel frente polar, con vientos gélidos, se había asentado, hacía varias semanas, frente a  las islas británicas. Los londinenses, más que habituados a soportar inviernos fríos, con máximas de 8 y mínimas de 3 grados, estaban sorprendidos de la crudeza de aquel clima glacial, tan intensamente inusual, durante los primeros días del último mes del año.  

Para combatir tan bajas temperaturas los hogares de la capital comenzaron a quemar en sus chimeneas mucho más carbón de lo acostumbrado. Londres olía a madera y a carbón incinerado. El hollín despedido se unía a la niebla habitual típica durante esta época, previa a la Navidad. Aquella densa nube a baja altura, provocada de manera natural por el frío y el agua del Támesis, se veía agravada por la repentina detención del aire húmedo procedente del ramal de la Corriente del Golfo, impidiendo de esta forma su disipación.

A lo largo de la noche del ya viernes 5 de diciembre aquella mezcla de humo y niebla se fue tiznando y espesando, de modo que en pocas horas se hizo muy complicado poder simplemente deambular por las calles, al quedar reducida la visibilidad a unos pocos metros. En algunas zonas de la ciudad, los viandantes no veían ni si quiera sus propios pies.

Sin embargo, no trajo de entrada esta niebla negruzca alarma social alguna, ya que en un primer momento a nadie le extrañó este fenómeno de mezcla entre la típica niebla y el humo industrial que, cuarenta y siete años antes, Harold Antoine Des Voeux médico del Hospital St. George, el de la calle Blackshaw había acuñado con el término “Smog” (acrónimo entre Smoke (humo) y Fog (niebla), que bien podría ser traducido como “Huminiebla”).

De hecho, el gobierno del reelegido primer ministro, en las elecciones de octubre del año pasado, Winston Churchill un mes antes de cumplir los setenta y siete años, no sentía aquella niebla amenaza alguna, al señalar que, aquello constituía algo natural, argumentando ser una consecuencia del propio clima y por lo tanto, algo propio de Dios, de lo que, nada se puede hacer sino esperar a que se disipe”.

Pero durante los siguientes días, lejos de disiparse, aquella se condensaría cada vez más, tomando un color amarillento y convirtiéndose en una insoportable atmósfera irrespirable que se añadía a la nula visibilidad ya existente. Coches abandonados, ambulancias que a duras penas podían desarrollar el traslado de los enfermos y que, en numerosas ocasiones, para poder desplazarse, por aquel laberinto de calles oscuras, requerían de un personal extra que situándose delante de aquellas, debían avanzar de pie, con antorchas encendidas en sus manos, iluminando el camino a seguir.

John Angus Black, pediatra del King’s College Hospital que conoce los alrededores del Hospital Universitario como la palma de su propia mano, se pierde, al salir de este por la calle Bessemer, tratando de dar cuatro pasos mal dados por sus calles adyacentes, la de Venetian y Bavent teniendo que volver, agarrándose para ello, a las paredes de los edificios.

Todos los medios británicos hablan de “aquella niebla espesa, casi sólida”, una “gran niebla” y alguno que otro la tilda de “suciedad grasienta”, que traería como consecuencia los primeros problemas respiratorios. De hecho, el aire de Londres en aquel mes de diciembre era tan tóxico e irrespirable, que acabó siendo considerado veneno puro.

Numerosos casos de neumonía y bronquitis comienzan a colapsar los hospitales. Dos son los homicidas que aquel mes de diciembre de 1952 asfixian a la población londinense; uno, el asesino en serie John Reginald Christie, activo durante aquella misma época, en su piso ubicado en el número 10 de Rillington Place, en el distrito londinense de Nothing Hill, y que acabaría siendo detenido el año siguiente acusado de matar a seis mujeres (una su propia esposa), el segundo, aquella silenciosa gran niebla que acabaría con la vida de cerca de cuatro mil personas, y según estudios posteriores, como el realizado por Michelle L. Bell, cifra que aumentaría hasta llegar a los doce mil fallecidos y más de cien mil hospitalizados aquejados de problemas respiratorios.

Aquella densa humareda, a falta de viento, fue filtrándose en el interior de los recintos cerrados, perjudicando las actividades que tenían previstas los cines, teatros y salas de conciertos. El 8 de diciembre, de un día como hoy, de 1952, el director del teatro Sadler’s Wells, Norman Tucker, anunciaba la suspensión de todas las actuaciones previstas.

El martes, día 9, aquella niebla amarillenta, tal y como había hecho acto de presencia una vez cambiaron las condiciones climáticas se dispersó.

Estudios posteriores determinaron que con el final de la Segunda Guerra Mundial, siete años antes, Reino Unido había comenzado a exportar su carbón de mejor calidad, dejando para uso doméstico de sus ciudadanos uno de peor calidad, rico en azufre. El 80% de los hogares británicos utilizaba carbón en sus chimeneas.

La conclusión final, fue la aprobación cuatro años más tarde de la primera ley nacional sobre contaminación atmosférica, la “Ley del Aire limpio”, que preveía restringir la combustión de carbón en áreas urbanas, así como el establecimiento de subvenciones para modificar los sistemas tradicionales de calefacción hacía los de gas, petróleo y electricidad, poniendo fin al peor caso de contaminación del aire de la historia del Reino Unido y volviendo a admirar la belleza y sentir el orgullo de contemplar la típica niebla que caracteriza a Londres, tal y como en su día hicieran escritores como Dickens, Conan Doyle y hasta el pintor francés Claude Monet, cuando señalaba que;

“Sin la niebla, Londres no sería una ciudad hermosa. Es la niebla la que le da su magnífica amplitud”—

En este enlace un extracto de apenas un minuto de duración emitido por el canal Odissea, con imágenes reales y una explicación del periodista David Attenborough, testigo del suceso (https://youtu.be/X-IgnP25Dqk).

Deja un comentario