Y LE LLAMARON…«EURO»

15 de diciembre…………………..y entonces sucedió que……………………………..

……..para los esperantistas, aquellos que hablan el idioma universal del esperanto, creado por el oftalmólogo polaco, Ludwik Zamenhof, la idea de la implantación de una moneda única, ya era toda una realidad, al haber sido establecida, haciéndola coincidir con la celebración de su vigésimo quinto aniversario, cuando la empresa Holy Frères, afincada en Sain-Imier, Suiza, acuñaba en 1912 el Speso, unidad monetaria que, sin embargo, no tendría mucho recorrido, al estallar, dos años más tarde, la Primera Guerra Mundial.

Sería durante la Segunda Guerra Mundial, coincidiendo de nuevo con otro vigésimo quinto aniversario, el de la muerte de Ludwik Zamenhof, el 14 de abril de 1942, cuando los esperantistas volvían a retomar aquella vieja idea, creando la llamada “Liga Universal” bajo el lema; “Un Mundo, Un Idioma, Una Moneda”, que traería, tres años más tarde, el Stelo, moneda vigente los siguientes cuarenta y ocho años, hasta la disolución de la aludida Liga, en 1993.

Más o menos coincidiendo con estas mismas fechas, la de la mencionada disolución, el Consejo Europeo aprobaba en la ciudad de Maastricht, Países Bajos, el Nuevo Tratado de la Unión Europea, que incluía las disposiciones necesarias, que habilitaban la aplicación de la unión monetaria entre sus miembros, siguiendo el modelo, previsto en tres etapas, del conocido como “informe Delors”.

Una moneda a la que habría que buscarle una identidad propia, dándole un nombre, de espíritu integrador que englobase a todos sus participantes y con un diseño del que, en aquellos momentos carecían por completo.

Y sería precisamente otro profesor de esperanto, el belga, con domicilio en Ostende, Germain Pirlot, enterado de este asunto, sobre la aplicación de la nueva moneda, al haber escuchado cierto comentario por parte de Jacques Santer, presidente de la Comisión, en relación a las dudas que le generaba el nombre que debería tener una moneda de estas características, poniendo a modo de ejemplo llamarlo “Franken”, cuando decidía escribirle una carta, el 4 de agosto de 1995.

En esta, el profesor entendía que aquel, era un desacertado ejemplo que podría suscitar cierta controversia, al tener una enorme semejanza con la moneda nacional francesa, y por lo tanto, muy lejos de una nominación con la que pudieran sentirse identificados todos los integrantes de la Unión, proponiéndole otra denominación, a su juicio, con mayor objetividad.

El profesor Pirlot, le exhortaba a ser mucho más imaginativo, sugiriendo llamar “euro” a esta moneda, dividiéndola en cien “ropas”. Un mes más tarde, el 19 de septiembre, recibía contestación desde Bruselas, mediante carta remitida por el secretario general de la Comisión Europea, Claude Landes, en nombre del presidente, agradeciéndole su contribución al proceso de integración, sin ofrecerle más detalles.

Cuatro meses más tarde, el viernes 15 de diciembre, de un día como hoy, de hace veintiocho años reunido en Madrid la cumbre de jefes de Estado y Gobierno comunitario, tomaba, entre otros asuntos, la siguiente decisión;

“El Consejo Europeo, considerando que el nombre de la moneda única debe ser el mismo en todas las lenguas oficiales de la Unión Europea, ha decidido denominar «euro» a la moneda que se comenzará a utilizar a partir del día 1 de enero de 1999” —.

Eso sí, sin hacer mención alguna a quien había sugerido dicho término, y no haciendo uso del propuesto por aquel para la centésima parte de su valor, llamándolos “ropas”, empleando, en su lugar, los ya conocidos «céntimos» de euro.

Tras la elección del nombre se acometió su diseño, para el que Bruselas establecía tres criterios; que fuera un símbolo con cierto atractivo, que se pudiera asociar claramente a toda Europa y sencillo de escribir a mano. El proyecto final era presentado en diciembre de 1996, inspirado en la letra griega Épsilon [ε], coincidente con la primera letra de la palabra Europa, cuyo grafema aparece engarzado por dos líneas paralelas, en una clara alegoría a la estabilidad que se deseaba para la UE.

El director de relaciones públicas del euro, Jean Pierre Malivoir, al ser preguntado por el autor de aquel símbolo señalaba que este no era fruto de un solo individuo, sino de todo un equipo, si bien es cierto que hay quien llegaría a afirmar que el autor del mismo era el diseñador gráfico alemán Arthur Eisenmenger (algo que él mismo confesaría a diferentes medios como “The Guardian”).

Sea como fuere, una vez conocido el nombre de la moneda europea, y propagada su noticia, esta corría como la pólvora por la pequeña localidad tarraconense de «El Molar», en donde uno, de sus trescientos vecinos, Euro Cabré Miravall, se hacía famoso, materializando las palabras que en su día su padre, cincuenta y dos años atrás, le había vaticinado, cuando el pequeño Euro, a sus ocho años de edad le pedía explicaciones a su progenitor sobre el origen de su peculiar nombre, cansado de ser el blanco de las burlas en su colegio, llamándole Ebro, nombre que era empleado incluso por sus propios profesores.

El padre había tomado el nombre al tratarse de uno de los cuatro vientos cardinales, el que sopla de oriente.

Puede, hijo mío, que hoy no te guste, pero algún día tu nombre será el más famoso de toda Europa”— (Isidro Cabré Grifoll, padre del primer Euro).

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