BALAS DE LABIOS…

cinco enero

5 de enero……………………………….y entonces sucedió que……………………….

…………el lápiz de labios se había convertido, durante aquella contienda, en todo un símbolo de poder político. Según cuenta la periodista Rachel Felder en su libro ‘Red Lipstick: An Ode to a Beauty Icon’ (Lápiz labial rojo: una oda a un ícono de la belleza), Hitler odiaba las bocas pintadas, para quien el rojo en los labios era un claro indicador de mujeres socialmente independientes y políticamente activas. De hecho, en la lista que se entregaba a las mujeres que iban a reunirse con el dictador alemán, figuraban entre otras muchas, nada de usar maquillaje, ni llevar las uñas pintadas y por supuesto quedaba, terminantemente prohibido, “pintarse los labios”.

Sin embargo, para el primer ministro británico Winston Churchill fueron los pintalabios catalogados como un producto, imprescindible y necesario, para “levantar la moral” y dar así una cierta apariencia de normalidad entre sus ciudadanos.

Aquel acto de ensalzamiento político del gobierno británico acabaría siendo recogido por la revista Vogue bajo el eslogan, “Beauty is your duty!(¡La belleza es tu deber!), en una campaña publicitaria, en plena guerra, en la que los británicos que habían decidido ralentizar la producción de determinados artículos que no consideraban necesarios, sometiéndolos a un régimen de racionamiento, como el azúcar, la leche o la mantequilla, desde el 5 de enero, de un día como hoy, de 1940, comenzaron sin embargo a distribuir las barras de labios, casi con la misma asiduidad, con la que se horneaba y repartía el pan.

La que acabaría convirtiéndose en una famosa actriz de la época dorada de Hollywood, Audrey Hepburn, a quien le tocaría vivir muy de cerca aquella guerra, conociendo aquella aversión que Hitler mostraba sobre las mujeres que hacían uso del carmín, llegaría a afirmar que, —“Los labios rojos, para una mujer, son un símbolo de libertad y valentía—. 

Pronto las principales casas de cosméticos crearon, además de envases con claros tintes patrióticos, una amalgama de colores con nombres belicosos que iban desde el rojo Combatiente, al rojo Regimiento, pasando por un rojo llamado Comando.

La casa Elizabeth Arden en Estados Unidos recibía el encargo de crear un lápiz labial militar que oficialmente combinase con los uniformes de las mujeres que servían en las Fuerzas Armadas estadounidenses durante aquella II Guerra Mundial, tratando de levantarles la moral, y que acabaría viendo la luz con el nombre de “Montezuma Red”, un color rojo que parecía volverse más intenso y vibrante, en combinación, con aquellos uniformes verde oliva.

Fue tal el éxito que tuvo entre el personal femenino desde su implantación en las instalaciones que tenía el Cuerpo de Marines en Camp Lejeune, en Carolina del Norte, y posteriormente su gran aceptación por parte de todo el ejército en general que, la aludida casa Arden, difundía el llamado “Victory Red” (Rojo Victoria) perteneciente a la colección Bésame, para la población civil, no militar.

Y fue justamente una desgastada barra de labios, de un intenso color rojo, lo que una mañana de un gélido día del mes de enero, de 1944, era lo que se encontraba, por los suelos, en el campo de concentración de Ravensbruck, donde estaba prisionera con el número A26551, Marilla Sperling, junto a su madre, Rosa, el mismo día en el que, por sorpresa, iban a ser trasladadas a Auschwitz y que sin ser todavía conscientes de ello, trece horas más tarde, posiblemente había salvado sus vidas. 

Desde el inicio de la guerra habían ingresado en varios centros de detención, en seis, para ser más exactos, entre ellos, los de Plaszow y Birkenau, cuando aquella misma madrugada, sin previo aviso, como solía ser habitual en este tipo de traslados, eran introducidas en unos vagones utilizados para el transporte de ganado, desconociendo que se dirigían al temido campo de Auschwitz.

Momentos antes de descender, raspaban con las uñas la desgastada barra de labios para darse algo de color en las mejillas. Rosa, que no está mal para los cuarenta y siete años que tiene, con su extrema delgadez, y las duras condiciones de aquel infierno, hacen que tenga más bien el aspecto de una anciana.

En aquel andén está como encargado de la selección de prisioneros con destino a las cámaras de gas el doctor Fritz Klein quien, con un simple gesto, con su mano derecha y con cierto desdén, aparta a los enfermos, ancianos y los no aptos para el trabajo, situándolos en otra fila diferente.

Marilla difumina el colorete que le ha puesto en los pómulos a su madre, tratando que no se note demasiado. Es consciente que aquella puede ser la última vez que la vea con vida. Ya han pasado por una selección de este tipo en tres ocasiones. Ambas tratan de mantener la calma y de no llorar, para no echar a perder esa especie de maquillaje que llevan encima. Al fondo ya se perciben dos filas, en la que son colocados, a la derecha, los que son aptos y a la izquierda los que no. Fritz Klein, con un leve movimiento de muñeca, con cierto aire de desprecio, envía a Marilla a la fila de la derecha y a su madre, tras observarla detenidamente, con ese color sonrosado tan saludable en su rostro iluminado, también. “Bendito lápiz labial” que, unos años más tarde, acabará siendo expuesto en el Museo Histórico Yad Vashem de Jerusalén.

“Bendito lápiz labial”, sería precisamente la expresión que escribía en su diario el coronel Mervin Willett Gonin, cuando, al mando de la XIª División Blindada del ejército británico liberaba el campo de Bergen-Belsen, el 15 de abril de 1945, tras descubrir aquel desolador panorama, que dejaba a todo aquel destacamento en el más absoluto de los silencios, durante varios minutos, al encontrarse frente a aquellos 40.000 prisioneros demacrados, en situación de extrema inanición, rodeados por cerca de 10.000 cadáveres (entre los que se encontraba el de Ana Frank).

Contaba el coronel como, cuando días más tarde, les llegaba a aquel lugar un cargamento de productos enviados por Cruz Roja, al abrir aquella remesa, se encontraban, para su sorpresa, con un flete entero de lápices labiales, pensando que aquello era lo último que necesitaban, pudiendo tratarse de un error o de una broma de mal gusto.

Pronto descubriría lo equivocado que estaba, y de aquella sensación de indignación inicial pasaría a estar más que agradecido, escribiendo en su diario; —“Bendito Lápiz labial. Por fin alguien hizo algo para que aquellas prisioneras se sintieran personas de nuevo dejando de ser un simple número como hasta entonces habían sido. Creo que nadie ha hecho tanto, con tan poco, por ellas. Desearía tanto poder descubrir quién lo hizo, fue la acción de un genio, pura brillantez sin adulterar” —, llegando a describir como las mujeres de aquel campo que no llevaban ni tan siquiera camisones encima, algunas tan solo ataviadas con una simple manta, no dudaron en maquillar sus labios de aquel color rojo.

En 2001 la barra de labios pasó de ser un objeto de maquillaje a un índice económico. Sucedió tras los atentados sufridos el 11 de septiembre, con la recesión que se vivió a continuación. El presidente emérito de Estée Lauder, Leonard Lauder, acuñó el término «Lipstick Index» (índice del pintalabios) al comprobar que las ventas de barras de labios, en especial las de color rojo, crecía considerablemente y que al parecer, ya se había dado durante la Gran Depresión. 

Y es que, no hay nada mejor para combatir los estados de ánimo que usar pintalabios.

«Si estás triste, añade más lápiz labial y ataca. La coquetería es el triunfo del espíritu sobre los sentidos»—. [Coco Chanel]

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