12 de enero………………………………y entonces sucedió que……………………….
……………….Aslam tiene organizado, lo que se conoce en Pakistán, como un “matrimonio arreglado”, a través de su tío Sardar, con la hija de unos amigos que, como él, ya ha cumplido los veintidós. Lleva tiempo hablándole de ella, de lo compatibles que podrían llegar a ser y de la buena pareja que harían, pero Aslam no puede fundar un hogar con las 30 rupias que gana al día en la fábrica de ladrillos en la que trabaja (al cambio, unos diez céntimos de euro).
A pesar de que Saif, su hermano, se separó hace ya tiempo de Inayat Ibi, la madre de Aslam, el tío Sardar sigue acudiendo a las reuniones familiares como un miembro más, y cada vez que ve a su sobrino, acaba metiéndose con él, con mucho sarcasmo, al ver como se le va “pasando la edad para casarse”. –“Uy, ¿Qué es aquello que se ve a lo lejos?”-, le pregunta, -“anda, si es tu matrimonio que se escapa”-, encolerizando a este y avergonzándole cada vez más.
Los Masih, que son católicos, pertenecen a la clase social más baja de la localidad de Punjab, la de los campesinos pobres. Inayat Ibi Ramat, madre separada, mal vive con sus cuatro hijos, Aslam, el mayor, fruto de su primer matrimonio, Iqbal, Patras y una niña, Sobia.
Y lo que para la mayoría, en muchos lugares del mundo, la celebración de un matrimonio es un acontecimiento de dicha y felicidad, para otros, como las clases menos privilegiadas de Pakistán, poder hacer frente a los gastos que ello conlleva, supone, en numerosas ocasiones, una serie de sacrificios que, muchas veces, comprometen a todos los miembros de la familia, incluidos los más pequeños.
El matrimonio de los hijos, sobre todo el de los primogénitos, supone un desembolso tal que las familias a veces no pueden asumir. Perpetuar la descendencia, asegurando el futuro de la estirpe y el linaje familiar es, una cuestión de obligado cumplimiento que va, más allá, del mero compromiso moral. Aslam presiona a su madre que, en estos momentos está enferma, y no dispone del capital necesario para su boda, seis mil rupias (cantidad que no llega a los veinte euros).
En Punjab, las familias pobres que necesitan ingresos extra no acuden a las entidades bancarias solicitando créditos para hacer frente así a las deudas contraídas. En Punjab se pide un “paishgee” a un patrón, un préstamo de carácter personal, en el que uno de los hijos de la familia solicitante, queda, desde ese momento, obligado, con el compromiso de su trabajo, a hacer frente y satisfacer una parte del adeudo, en unas más que duras condiciones laborales.
“Vender” a los hijos pequeños para que los mayores puedan fundar un hogar es algo bastante frecuente. El mismo Aslam, con ocho años, ya tuvo que hacerlo en su momento.
De esta forma, a cambio de las seis mil rupias solicitadas, el pequeño Iqbal, de cuatro años, pasa a trabajar, en la fábrica de ladrillos del señor Shaukat, en jornadas de diez a doce horas diarias, descontando de su precario sueldo, la mitad, para subvenir el aludido préstamo solicitado, quedando así en una situación de semi esclavitud, durante los siguientes tres años (plazo que acabaría ampliándose).
La constitución del niño aparentemente débil y enfermiza, con un cuerpecito diminuto para su edad no acabaría de encajar bien, en las duras condiciones que conlleva la fabricación de ladrillos. Los reproches iniciales no tardarían en transformarse en gritos y en algún que otro golpe, pasando a ser, con el tiempo, algo habitual, que llevarían a su madre a buscar un segundo patrón, Kalu, que asumía la deuda, pasando el niño a formar parte de su plantilla, en un proceso que volvería a repetirse ante los malos tratos y palizas que recibiría, hasta acabar finalmente en un taller de tejidos, del señor Arshad Mahmood, elaborando alfombras confeccionadas a mano.
Jornadas de hasta quince horas, sin descansos semanales, obligado a permanecer agachado para trabajar aquellos hilos cortantes, que han de superponerse unos sobre otros con precisión, en un proceso, que en poco tiempo Iqbal demostraría verdadera maestría. Sus manos, trabajando en aquellas condiciones, acabarían pareciendo más a las de un anciano que a las de un niño de su corta edad.
Aquella obligada posición trabajando durante los siguientes seis años, le impedirán crecer normalmente, sufriendo raquitismo y acabando con los pulmones enfermizos debido al polvo desprendido por los hilos del telar.
Una noche, agotado, regresando a su casa, escuchaba a un hombre hablar sobre una ley que el gobierno de Ghulam Ishaq estaba a punto de aprobar y que según decía, iba a prohibir los “paishgee”, liberando a los trabajadores esclavizados. Aquel hombre, Ehsan Ullah Khan, era el líder del denominado «Frente de Liberación del Trabajo Esclavo» (BLLF), que luchaba por ayudar a gente en su misma situación y que tras escuchar su historia acabaría convirtiéndose en un segundo padre para él.
Al día siguiente, el 12 de enero, de un día como hoy, de 1992, entonces domingo, once días después de haber cumplido los diez años, no acudía a su trabajo, denunciando su situación en aquel telar y la de todos aquellos niños, provocando con la misma, que aquella finalmente fuera clausurada.
Iqbal aprendió a leer y escribir convirtiéndose durante los siguientes tres años en el estandarte de una campaña, junto al aludido sindicato, contra la esclavitud infantil, viajando por todo el país, Punjab, Multan, Kasur, Karachi y Faisalabad, con el lema, -“No deberíais comprar alfombras como estas, están hechas por niños”-.
El domingo de Pascua, el 16 de abril de 1995, a menos de un kilómetro de la casa de su tío Ramat, hermano de su madre, en Sargodha, Iqbal se divertía, con sus dos primos, montado en la misma bicicleta, circulando por la que se conoce como el camino Chaka 46. Iqbal iba delante, sobre el manillar, en medio Lyakat y sentado en el sillín, Faryad.
Van por un camino de arena en el que no hay apenas vegetación. Transitan divertidos, tratando de mantener el equilibrio, con aquel movimiento zigzagueante que les provoca la risa. En mitad del camino, iluminado por la luna, reconocen la sombra de un vecino del pueblo llamado Ashraf, al que por su adicción a las drogas llaman “Hero”, y que al parecer sorprenden manteniendo relaciones «extrañas» con un asno, provocando en los jóvenes mayor alboroto si cabe, decidiendo acercarse hasta él, y según la posterior versión oficial, profiriéndole algunos insultos y situados a cierta distancia lanzándole algunas piedras, momento en el que aquel sacando un viejo fúsil de su carreta disparaba hacia ellos, impactando una bala del calibre 12 en la espalda de Iqbal, que moría casi al instante (el 16 de abril en su honor es el Día Internacional contra la esclavitud infantil).
Las investigaciones, poco clarificadoras, demostraban que el arma estaba registrada a nombre del patrón del asesino, y aunque todo apuntaba a un acto premeditado y de venganza personal, el hecho no fue investigado como tal.
Un pequeño fabricante de alfombras pakistaní, Sheikh Sajvara, mirando a la cámara en el documental realizado por el productor sueco Magnus Bermar, -“Iqbal Masih, muerte de un niño esclavo”-, casi sin pestañear dejaba el siguiente testimonio cuando le preguntaban por qué tenía niños trabajando para él;
-“Porque los niños son más obedientes y trabajan más duro que los adultos”-.
