LA LEYENDA DE ELVIRA FAVÍLAZ Y SU SIRVIENTA SORDOMUDA…

19012024

19 de enero……………..y entonces sucedió que………………………………………….

……..decía el dramaturgo Jacinto Benavente que, –“El que es celoso, no lo es nunca por lo que ve; con lo que se imagina basta”–, y eso fue precisamente, lo que le sucedió a nuestro protagonista de hoy, el conde Munio, cuya historia acabaría siendo recogida por el catedrático Matías Barrio y Mier, palentino de Verdeña, en su libro “Tradiciones Pernianas” en las que incluía el romance bajo el título “La Venganza del Conde”.

“En una elevada peña, situada junto a Tremaya; en el Valle de Pernía, que el claro Pisuerga baña, desafiando a las nubes, a que en altura se iguala estaba el castillo en el que el conde Munio habitaba”…….así era como esta leyenda comenzaba a ser contada.

El aludido conde, Munio Gómez, dueño y señor del castillo, que dominaba todo aquel valle de Pernía, rodeado de fuertes pendientes, como las crestas de Peña Labra y la Sierra de Híjar al este, y Peña Chiquera y Cueto Moncó al oeste, extendiendo su poder por la comarca entera, desde Lores, Casavegas, Areños y Santa María de Redondo hasta Arroyo, Lebanza y más hacia el sur las localidades de Verdeña y Estalaya, era hijo de Gómez Díaz, noble conde de Saldaña, nieto de Diego Muñiz.

Vivía pues en aquella fortificación, situada en lo alto de una montaña alta y escarpada, en pleno «valle de los Redondos», el conde con su joven esposa, Elvira Favílaz, a la que, según decían, en años triplicaba, teniendo ella recién cumplidos los veinte y él cerca de cumplir los sesenta, cuando se desposaban en una ceremonia que era celebrada en el año, según las crónicas, de 1020.

Era Elvira, mujer de una belleza extrema, rubia de tez blanca y ojos negros, nacida en tierras leonesas, hija de doña Adosinda, rica señora asturiana y de Favila Fernández, noble cristiano que según decían se había enfrentado con éxito al mismísimo Almanzor.

Vivía el conde sin embargo en un continuo desasosiego, más por lo que creía ver que por lo que realmente veía, producto de unos enfermizos y amargos celos. Allí donde se hallaba sospechaba de pretendientes que rondaban a su joven y bella esposa, creyendo ver, injustificadamente, como suele suceder en estos casos, con su amable proceder, señales de coqueteo y hasta cierta tolerancia de complacida aceptación.

Hasta que cierto día, producto de malas interpretaciones, sin duda de gente malintencionada, alguien acudía al conde con dudosas suposiciones y meras conjeturas, urdiendo una trama en la que le aseguraban que, su bella esposa, dejándose llevar, había sucumbido a cierta propuesta indecorosa.

Fue tanta la rabia y el tormento que aquel chismorreo le procuró, que, sin mediar palabra alguna con aquella, convencido del engaño, henchido de furia, determinaba poner fin a aquello procurándole el mayor escarmiento posible, vengándose con verdadera saña, repitiendo, varias veces en voz alta, aquello de -“sino es conmigo, será con ninguno”-, ordenando disponer, aquella misma noche de temporal, le preparasen una de sus mulas, coja y medio ciega, para que a media noche, fuera expulsada de allí, mandando la acompañara una criada que además era sordomuda.

Y aquella noche, a dos semanas de la celebración de “La purificación de la Virgen” también llamada “de las Candelas”, la noche de un 19 de enero, de un día como hoy, de una noche cerrada, en mitad de una fuerte tormenta, con el suelo resbaladizo, fruto de una reciente nevada, a los lomos de aquella vieja mula y acompañada de su silenciosa sirvienta, con los ojos cubiertos de lágrimas, implorando ser escuchada, ante tal acto de injusticia desmedida, era sin mayor miramiento, de allí expulsada.

Quiso el conde que aquellas al descender de las montañas a través de los angostos caminos, algunos de ellos inaccesibles hasta para las cabras y rebecas, con aquel viento airado y enrabietado, sin poder ser guiadas por la luz de una luna que en mitad de aquella tremenda tromba de agua, de una noche gélida y fría, permanecía escondida, deseó aquel dieran un paso mal dado y sucumbir así despeñadas, cayendo sus despojos y desapareciendo para siempre entre las aguas del Pisuerga.

Pero aquellas, encomendándose a la Virgen, entre los cientos de miles de precipicios que iban a su paso encontrando, temiendo en cada pisada dada perder el equilibrio, a veces dando un ligero traspié, recelando caer al vacío, lograba aquella vieja mula, con su doble carga a cuestas, descender al llano desde la peña empinada, continuando el viaje valle abajo siguiendo el curso del agua, agradeciendo su dicha a la Providencia.

Y al llegar a un pueblecito asentado junto al río, al atravesar el puente que hasta allí se dirige, la sirvienta, hasta entonces sorda y muda, comenzaba a dar voces, alabando a Dios y proclamando en voz alta, aquello acontecido, la inocencia de su señora y la injusticia de su amo, ante unos vecinos que curiosos ante ellas se fueron agolpando.

Fue así, como aquel lugar hasta entonces conocido como San Salvador de Tremaya pasó a ser llamado por sus habitantes, testigos del cantar de la muda, como “San Salvador de Cantamuda”.

El conde que aquella misma noche de tormenta quiso, desesperado clavarse su propia espada, sin reunir el valor suficiente para hacerlo, permaneciendo en vela, asomado a la ventana, arrepentido de su acto despiadado, trató en vano de divisar entre los peñascos la silueta de su amada.

Cuando le llegaron noticias de la entrada a San Salvador de su esposa y del milagro del canto de la muda, presuroso acudió en su búsqueda, implorando, arrepentido, su perdón, que aquella mostrándose compasiva, le otorgaba.

Fue entonces cuando el conde mandaba construir una Iglesia, la de Santa María de Alabanza, a media legua (2`5 km) de la localidad de Lebanza, en señal de penitencia y en agradecimiento a la Virgen que aquella noche había protegido a su amada, la cual, fundaba otra, allí mismo en San Salvador, mirando con sus tres bóvedas a la peña de Tremaya, y en la que dicen que descansan los restos de Elvira.

Y así se cuenta esta leyenda que tuvo su origen en una enfermedad, sin remedio, porque, al fin y al cabo, como dijo el filósofo humanista francés, Michel de Montaigne, los celos son;

-“De todas las enfermedades del espíritu, aquella a la cual más cosas sirven de alimento y ninguna de remedio”-

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