LA «PEÑA DE LOS ENAMORADOS»…

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16 de febrero……………………..y entonces sucedió que………………………………

……….próxima al río Guadalhorce, perteneciente a la provincia de Málaga, a un lado de la autovía de los Accesos a Antequera (A-7282), a mitad camino entre la localidad de Archidona y la ciudad de los Dólmenes, se encuentra “La Peña de los Enamorados”, curiosa, por su forma humana, que parece la cabeza de un indio mirando hacia el cielo y cuyo nombre obedece a una leyenda que tuvo lugar precisamente en ella.

PeñaEnamorados

Fue en este emblemático lugar antequerano donde se dice que sucedió esta historia de amor, entre un soldado cristiano, Tello y Tazgona, la hija de un gobernador musulmán.

Era Tello soldado enrolado en las huestes del rey Fernando I, rey de Aragón, hermano del rey castellano Enrique III, “El Doliente”. Con la muerte del rey de Castilla, Fernando I era nombrado regente de su sobrino, al heredar el trono con tan solo un año de edad, Juan II (padre de la futura reina, Isabel La Católica) iniciando, con aquella regencia, una brillante campaña contra los musulmanes, culminando, años más tarde, con la conquista de la ciudad de Antequera, por lo que este, acabaría siendo conocido en los anales de la historia con el sobrenombre de Fernando “El de Antequera”.

Capturado cerca, de la que por aquel entonces se conocía como Arjiduna, Tello fue recluido en los calabozos de la Alcazaba de la ciudad por orden de su gobernador, Ibrahím, cuya hija, Tazgona, cierta mañana, al pasar por la plaza que daba a los calabozos, observaba, asomado entre los barrotes de aquella mazmorra, a aquel joven preso del que caía rendida nada más verlo.

Ambos se miran durante apenas un instante, tiempo más que suficiente para despertar en ellos un torrente de sensaciones y como suele suceder en estos casos, así sin más, sin previo aviso, instantáneamente, de forma espontánea y sin pretenderlo, sentir esa conexión incandescente, esa llama que prende y hace acto de presencia en ambos.

Pertenecen a mundos distintos y además, son enemigos. Él es un soldado cristiano, prisionero de su padre. Ella, una princesa musulmana. Pero, se gustan y tratan de obviar todo aquello, restándole importancia, sin querer ver más allá, ni tratar de comprender, dejándose llevar. Y así, cada mañana, desde aquel día, ella pasa frente a aquel pequeño ventanal de hierro por el que el joven se asoma, persiguiéndose ambos con la mirada, al principio de manera furtiva, para poco tiempo después, hacerlo con descaro. Un día él le sonríe, y ella, aunque se ruboriza, le devuelve la sonrisa.  

Él está preso pero se siente feliz. Ella de alguna manera está presa también, en su jaula de oro, pero feliz como nunca antes se había sentido. Aquellos apenas treinta segundos que transcurren, cuando se ven, son los mejores de todo el día, pero son conscientes que son fruto de un “amor imposible”. Sin duda el gobernador tiene otros planes para su hija, y no pasan por verla en los brazos de aquel joven. Aquello jamás lo aceptaría y ellos lo saben.

Su amor crece, cada día que pasa, hasta lograr, con cierta destreza, poder acercarse, uno al otro, sin despertar sospechas. Como buen prisionero que es, no crea problemas y obedece las tareas que le son asignadas, por lo que en poco tiempo ha logrado disponer de cierta libertad de movimiento dentro de aquel recinto amurallado, permitiéndosele poder deambular por el patio de Armas, donde, en una de las dos torres que hay, en la del Homenaje, ella «casualmente», todas las tardes, cuando el sol se esconde, le espera.

No necesitan casi hablar. Les basta con mirarse y sentirse cerca, con cierto disimulo, tratando que nadie detecte sus movimientos. Hasta que alguien con mirada más vigilante advierte a su padre de aquellos actos vergonzosos de su impúdica hija, llamándola al orden para en lo sucesivo evite acudir al mismo lugar en donde se encuentre aquel joven, al que le restringen, desde entonces aquella zona de esparcimiento.

Conscientes de lo imposible de aquella relación, dolidos por aquella forzosa separación, en un encuentro fugaz deciden poner fin a aquello y escapar de allí, abandonando, cierta noche, la fortaleza, iluminados levemente por la luz de la luna. Cuando Ibrahím es conocedor del suceso, da orden inmediata de partir en su búsqueda, jurando matar al joven con su propia espada.

Los enamorados huyen, cruzando el río Guadalhorce, dirigiéndose hacia las montañas, a aquel cerro peñascoso en forma de cabeza, esperando poder ocultarse y no ser encontrados. Andan sin concederse casi descanso alguno, durante algo más de dos horas. Despuntan los primeros rayos del amanecer del nuevo día al llegar a la base de aquella peña y sin pensárselo dos veces, comienzan a ascender por ella.

Los jinetes avezados del gobernador siguiendo su rastro los descubren con rapidez, dirigiéndose hacia ellos con determinación. Suben prestos con tanta ligereza que, en pocos minutos los tienen sitiados, sin ofrecerles escapatoria alguna. No disponen de mucho tiempo. No contemplan la idea de regresar. Volver significaría la muerte de él y la deshonra de ella. De tal forma que sin dudarlo, entrelazando sus cuerpos, fundiéndose en un abrazo, se lanzan al vacío desde lo alto de aquella peña, conocida desde entonces como la “peña de los Enamorados” de Antequera.

Hoy día 16 de febrero, dos días después de la celebración de la onomástica de San Valentín, “Día de los Enamorados”, es el “Día Mundial de los Amores Imposibles”, para aquellos amores que no son correspondidos, prohibidos o fantasiosos, los llamados platónicos, fuente todos de experiencias amargas, frustrantes y dolorosas que algunos, de cierta forma, experimentan a lo largo de sus vidas, y que acaban siendo necesarios para aprender a valorarse uno mismo mucho más.

En la plaza de Castilla de Antequera, entre la Puerta de Estepa y la avenida de Pío XII, existe un monumento, del escultor José Manuel Patricio Toro que rememora esta leyenda, y que consiste en dos figuras de bronce abrazadas, situadas sobre un pedestal de piedra, simulando ese momento en el que se arrojan al vacío. En él, puede leerse la siguiente inscripción;

-“Viendo imposible su amor, ceñidos en fuerte abrazo, como uno solo, se arrojaron los amantes desde lo alto de la Peña”-.

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