8 DE MARZO: «DÍA INTERNACIONAL DE LA MUJER».-

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8 de marzo…………………………..y entonces sucedió que…………………………..

…acudía al “Congreso Mundial Abolicionista” que se celebraba en Londres, el 12 junio de 1840, convencida de poder extraer, por fin, algo positivo de aquello. Lucrecia, era junto a su marido, James, fundadora de la Sociedad Antiesclavista Americana, con sede en Filadelfia (de hecho, su propia casa, en poco tiempo, se había convertido, en una parada más, del que acabaría siendo conocido como el “Ferrocarril subterráneo de la esclavitud a la libertad”).

Sin embargo todas sus expectativas se habían diluido nada más llegar a aquel Congreso, cuando le informaban que las mujeres no iban a poder intervenir por una “cuestión de género”, alegando que su participación “podría ofender a la opinión pública británica”.

En el edificio situado en la calle de Great Queen, originariamente conocido como el «Memorial Masónico de la Paz», en el Freemasons´ Hall (el Salón de los Masones), el 12 de junio, tenía lugar la primera reunión, presidida por el octogenario abolicionista Thomas Clarkson, que informaba a los presentes sobre aquel veto a la participación femenina, causando profundo malestar entre los delegados americanos.

De los ciento treinta y ocho delegados asistentes, nueve eran mujeres; cuatro procedentes de Londres, Mrs. Beaumont, Mrs. Tredgold, Anna Isabella Noel Byron y Mary Clarkson (nuera del presidente del Congreso), Ann Knight de Chelmsford, Amelia Opie de Norwich, Elizabeth Pease de Darlington, Mary Anne Rawson de Sheffield y Lucrecia Mott de Filadelfia, todas ellas relegadas a las butacas situadas en la galería, motivo por el que varios de los hombres pertenecientes a la delegación estadounidense, entre quienes se encontraba William Lloyd Garrison, editor del periódico “The Liberator”, socio de Lucrecia Mott, decidían, en señal de protesta, sentarse junto a las mujeres apartadas.

A la vuelta de aquel congreso, conocedora de aquel veto a las mujeres, se ponía en contacto con una más que visible ofendida Lucrecia, Elizabeth Stanton, preocupada desde hacía ya varios años, por la falta de derechos de las mujeres, convencida de que para solucionar aquella discriminación, era necesario enfrentarse al «status quo» reinante, desafiando el orden social establecido, logrando, ocho años más tarde, realizar la primera convención en defensa de los derechos de las mujeres.

Fue en julio de 1848, en Seneca Falls, en el estado de Nueva York, cuando tuvo lugar esta primera convención, en donde, sesenta y cuatro mujeres y treinta y cuatro hombres, aprobaban una “Declaración de Sentimientos”, en la que enumeraban quince «injusticias específicas sufridas por las mujeres», dirigidas, todas ellas, para hacerles llevar una vida de dependencia. Fue el «derecho al voto femenino» la única resolución, de todas las aprobadas, que no acabaría siendo ratificada por unanimidad.

Seneca Falls, constituiría la primera voz femenina de discordia en alzarse contra un sistema que no permitía a sus mujeres su completo desarrollo. Después de ella, los avances irían llegando, eso sí, con lentitud y muchas limitaciones. Varios estados (principalmente los del norte) adaptarían sus leyes sobre la propiedad a las exigencias pedidas, permitiéndose, a las mujeres casadas tener un completo control sobre sus propios ingresos y propiedades (algo de lo que, incomprensiblemente, no disponían hasta la fecha).

La expansión de aquellas reivindicaciones se harían notar tres años más tarde en la ciudad inglesa de Manchester, cuando más de veintiuna mil trabajadoras del algodón de los “Talleres Preston”, de las que, más de la mitad eran niñas menores de trece años, iniciaban una huelga, que se prolongaría más de ocho meses y que acabaría siendo sofocada por “el hambre”.

Aquella forma de protesta inspiraría a cientos de mujeres trabajadoras de una fábrica textil de Nueva York, a realizar, el 8 de marzo, de un día como hoy, de 1857, una marcha por las calles, denunciando públicamente las duras condiciones a las que se veían sometidas, en jornadas, a veces, de hasta catorce horas diarias, a cambio de salarios muy bajos, siendo, en comparación con los de los hombres, de hasta menos de la mitad de los percibidos por aquellos. En el momento de iniciarse la misma, la policía dispersaba con dureza a las manifestantes, llegando incluso a detener a algunas de ellas.

Aquel histórico 8 de marzo supuso el inicio de la creación, dos años más tarde, del primer sindicato obrero de mujeres. El inicio del siglo XX traería más movilizaciones, instaurándose la idea de la huelga como una efectiva herramienta de protesta y reivindicación, teniendo al mes de marzo como principal protagonista.

Como la llevada a cabo por las camiseras de Nueva York en 1909, conocida también como la “sublevación de las 20.000”, por el apoyo que recibieron de las trabajadoras de otras fábricas, que tuvo como protagonistas principales a las mujeres inmigrantes y en particular a la ucraniana Clara Lemlich, que denunciaba un horario de trece horas ininterrumpidas con solo media hora para almorzar, de una huelga que se prolongaría durante las siguientes catorce semanas, soportada gracias al apoyo económico de las sufragistas.

Acabada la huelga, en el mes de marzo de 1911 la misma fábrica, Triangle Shirtwaist, sufría un devastador incendio en el que 146 trabajadores (123 mujeres y 23 hombres) perdían la vida, la mayoría menores de veintitrés años. Al parecer las puertas estaban cerradas “por seguridad, para evitar robos”, por lo que no pudieron abrirse para desalojar a los trabajadores. Muchos se vieron obligados a saltar desde los pisos octavo al décimo donde estaba ubicada la fábrica.

Y fue igualmente en el mes de marzo, de 1912 cuando tuvo lugar una nueva huelga, en Lawrence, Massachusetts, célebre por su eslogan, “Pan y Rosas”, cuyo detonante había sido la reducción de los salarios, argumentando haber disminuido el número de horas legalmente establecidas pasando de 56 a 54 horas a la semana, y que acabaría teniendo una enorme repercusión a nivel nacional, llegando a provocar concentraciones de solidaridad por todo el país. La firmeza de las trabajadoras y el miedo a que aquella huelga se extendiera hizo ceder a unos empresarios que el 12 de marzo aceptaban reducir la jornada laboral y aumentar los salarios, culminando una de las primeras victorias del movimiento obrero femenino en los Estados Unidos.

El 18 de diciembre de 1972 la Asamblea General de las Naciones Unidas adoptaba la Resolución 3010 en la que se proclamaba el año 1975 como el Año Internacional de la Mujer. Ese mismo año de 1975 coincidiendo con dicha proclamación, Naciones Unidas formalizaba, oficialmente, el 8 de marzo como el «Día Internacional de la Mujer».

Curiosamente en España, fue un 8 de marzo, el de 1910, la fecha a partir de la que las mujeres podrían acceder a la formación de la enseñanza superior, poco después de que Alfonso XIII hubiera nombrado a Emilia Pardo Bazán, como “Consejera de Instrucción Pública”.

Una batalla esta, de la igualdad, que nos concierne a todos. En la lucha por la igualdad los hombres son igualmente necesarios. Ya lo dijo la periodista Soledad Gallego-Diaz Fajardo en cierta ocasión;

Para combatir el antisemitismo no hace falta ser judío, como para luchar contra el racismo no hace falta ser negro. Lamentablemente, a veces, parece que para combatir la discriminación de la mujer hace falta ser mujer»-.

Para que ese “lamentablemente a veces” sea un “afortunadamente nunca” y que “no sea necesario ser mujer para combatirla”…

«¡Feliz Día 8 de marzo!».

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