3 de mayo……………………….y entonces sucedió que………………………………
……..ha pasado más de un mes desde que las tropas francesas del general Murat han ocupado Madrid. Unas huestes que se habían presentado ante los españoles, en un primer momento, como tropas aliadas y amigas, camino hacia Portugal, tras la firma del Tratado de Fontainebleau entre Napoleón y Godoy, y que sin tiempo para poder reaccionar, habían llevado a cabo una verdadera invasión encubierta.
Las noticias que provienen desde Francia, desde Bayona concretamente, en donde Carlos IV y su hijo Fernando VII han sido citados por Napoleón para reunirse, son bien confusas. Unos dicen que Fernando VII ha sido obligado a devolver la corona a su padre que a su vez la cedía a Napoleón para nombrar rey de España a su hermano José, y que ha ordenado traer, desde Madrid, al resto de la familia real (los dos hijos de Carlos IV que todavía permanecen en la capital, María Luisa de Borbón y el infante Francisco de Paula).
El 2 de mayo, a eso de las siete de la mañana, dos carruajes de los utilizados para largos viajes aparecen estacionados en la misma Puerta del Príncipe, la entrada principal al Palacio Real de Madrid, llamando la atención de los primeros curiosos que se agolpan a su alrededor, principalmente vecinos de los alrededores, comerciantes y criados, ávidos de querer saber que estaba sucediendo.
Conforme avanzan los minutos la expectación crece. Del corrillo de apenas veinte personas, en escasamente una hora llega casi al centenar. Antes de que den las nueve sale del Palacio Real María Luisa, que se sube a uno de los carruajes partiendo sin producirse altercado alguno, pero confirmando los temores de los chismorreos que circulan por las calles de toda Madrid, la de “que se nos llevan a los Borbones a Francia”.
Entre los presentes se encuentra José Blas Molina, maestro cerrajero de profesión que comienza a vociferar a la multitud concentrada, -¡Traición!, ¡se nos quieren llevar al infante!-, provocando, con aquellos gritos, tal alteración que una gran parte de aquellos acabaría asaltando el palacio, buscando entre sus estancias al hijo pequeño de Carlos IV, que apenas dos meses antes, en marzo, acababa de cumplir los trece.
Llevados por la furia contenida el infante se ve obligado a asomarse por uno de los balcones que dan a la plaza, aumentando con ello, si cabe, la agitación de los allí presentes, que gritando a todo pulmón manifiestan su oposición a aquel que consideran que es un «movimiento traicionero».
Murat poco antes de las diez, ante la situación provocada y con el coche preparado para partir, rodeado por todos sus costados, impidiendo con ello dejar subir al infante, envía un destacamento de ochenta y siete hombres del batallón de granaderos de la Guardia Imperial, tropas de elite que custodian el palacio Grimaldi, la residencia del duque de Berg, que está justo enfrente del Palacio Real, a unos 200 metros, en la plaza de la Marina española.
La multitud congregada ve aparecer en la esplanada aquellos soldados de uniformes azules y peto blanco y esos típicos sombreros cilíndricos negros, los llamados chacós. Nadie imagina en aquellos momentos lo que está a punto de suceder, cuando Murat, cuñado de Napoleón, ordena abrir fuego sin previo aviso, indiscriminadamente, contra aquel gentío.
Una población desarmada e indefensa que sucumbe ante los cañonazos de artillería del considerado, por aquel entonces, el ejército más poderoso del mundo y cuya noticia de aquella masacre, pronto correrá por las calles de Madrid, convirtiendo el centro de la ciudad en un verdadero hervidero de odio hacía el invasor, al grito de “Muerte a los franceses”.
Hombres y mujeres, armados con palos, piedras, tijeras, navajas y cuchillos, hasta con macetas (objeto que le fue arrojado en la calle Barquillo al hijo del general Legrand en la cabeza, falleciendo en el acto), y cualquier objeto con el que poder hacer algún tipo de daño a unos soldados bien preparados y armados hasta los dientes.
La puerta del Sol, plaza Mayor, la calle del rollo, la carrera de San Jerónimo, la plaza del conde de Barajas, Atocha, San Bernardo y Lavapiés rápidamente se transforman en escenarios henchidos de odio, convirtiendo sus calles en una cacería sangrienta. Soldados asaltados, asesinados, apaleados, colgados desnudos al morir. Carreras calle arriba y abajo, con sus persecuciones y esos gritos de, -“¡a por los gabachos!-”, que resuenan por todos sus rincones.
Gracias al trabajo de historiadores como Juan Pérez de Guzmán Gallo y Luis Miguel Aparisi Laporta se sabe quienes murieron o fueron heridos a lo largo de aquella jornada, como Ramona Esquilino Oñate, de veinte años, que vive con su madre, María Oñate en el número 5 de la calle de la Flor baja, y que caminaron hasta la esquina de San Bernardo, alentando al vecindario a enfrentarse a los franceses, o Clara del Rey Calvo, que animó a su marido Manuel González Blanco y a sus tres hijos, Ceferino, Juan y Estanislao, a combatir. Y un largo etcétera, como Francisca Olivares Muñoz, Manuela Malasaña Oroño, Ramona García Sánchez y Benita Sandoval entre otras.
Dos militares, Luis Daoiz y Pedro Velarde y una gran cantidad de hombres pertenecientes a las clases trabajadoras, como el botillero José Rodríguez o el alguacil Anselmo Ramírez de Arellano, el religioso Francisco Gallego y un grupo de ocho obreros; José Amador, Fernando Madrid, Antonio Méndez Villamil, Domingo Méndez, José Reyes Magro, Manuel Rubio, Martín Ruzcavado y Antonio Zambrano.
Hay que destacar asimismo la defensa a ultranza de la entrada a Madrid por la puerta de Toledo, en la que ciudadanos de toda clase y condición hicieron lo indecible para impedir y retrasar, cuanto menos, el envío de refuerzos que intentaban abrirse paso por ese lado desde los Carabancheles.
La represión francesa fue brutal. Murat dictó orden de fusilar a todo aquel al que se le hubiera encontrado con armas, de forma que, a las cuatro de la mañana del día 3 de mayo, de un día como hoy, de 1808, fueron fusilados en distintos puntos de la ciudad y en la montaña de Príncipe Pío.
Entre los fusilados hubo un muchacho de veinte años que destacó sobre el resto. Juan Suárez. El único superviviente. Tras haber sido hecho prisionero en el cuartel de Monteleón fue llevado al convento de San Bernardino (cerca de la actual Plaza España) y desde allí, conducido a la montaña de Príncipe Pío, en donde herido, haciéndose el muerto, lograría escapar.
Acto que acabaría siendo inmortalizado por don Francisco de Goya en su cuadro “Los fusilamientos del 3 de mayo” y en el que destaca una figura central, héroe anónimo, objeto de numerosas especulaciones y que al parecer ha sido identificado como un cantero natural de Cantabria (otras fuentes lo ubican en Lleida), de nombre Martín Ruzcavado y que al parecer, había servido de inspiración en un primer momento, al británico Gerald Holton en su creación del símbolo de la paz.

