ERAN LAS «GILIMONAS»…¿GILIPOLLAS?.-

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10 de mayo…………………..y entonces sucedió que………………………………..

………fue don Baltasar Gil Imón de la Mota, entre otros cargos, fiscal del Consejo Real de Castilla, durante el reinado de Felipe III y presidente del Consejo de Hacienda con su hijo, Felipe IV, un hombre de los llamados «de Estado», tan hábil y competente que contaría de la confianza de los validos de ambos monarcas, el duque de Lerma y el conde-duque de Olivares, de quien, este último, llegaría a afirmar que era, -«sin duda, el más docto, más discreto, mejor informado y prudente ministro que había conocido en toda su vida»-.

Fue en casa de don Baltasar, situada por aquel entonces detrás del convento y de la iglesia de San Francisco, ubicada en el mismo límite de Madrid, donde moría estando preso el que había sido Virrey de Nápoles, Pedro Téllez Girón, duque de Osuna, acusado falsamente de un delito de conspiración, al tratar, según decían, de independizar Nápoles y Sicilia de la corona española.

Casado con Gregoria de Vega, ambos naturales de la localidad de Medina del Campo, tuvieron cinco hijos, dos varones (Agustín y Paulo Eugenio) y tres mujeres, Fabiana, Feliciana e Isabel, muchachas que darían que hablar, en toda la Villa y Corte, al protagonizar varios incidentes, algunos de ellos bastantes sonoros.

La sobriedad del monarca Felipe III se trasladaría a la obligatoriedad en el vestir de determinada forma, llegando a prohibir ciertas prendas femeninas, consideradas en aquellos días, “inapropiadas”, y contrarias al exigido recato recogido mediante bando, como los amplios “escotes”, exigiendo puños de encaje rizado, exagerados cuellos de lechuguilla (de dimensiones cada vez más disparatados) y de color blanco, porque la ropa que se llevaba, cuanto más blanca, mayor consideración social se alcanzaba.

Fue en los bailes de la Pavana (de corte ceremonioso, por aquel entonces un día para estrenar las damas sus vestidos elegidos, en lo que se consideraba un auténtico “pase de modelos” de la época) cuando las aludidas tres hijas de Baltasar Gil Imón, desafiando el recato impuesto por el rey en su bando “contra el lujo”, acudieron vestidas de manera provocativa. Al apearse de sus dos coches, al llegar al Prado, comenzaron a protestar airadamente contra la aludida orden, acudiendo raudo un alguacil a su encuentro, momento en el que aquellas subieron a sus carruajes escapando de aquel lugar, sin dejar de dar voces.

Cuentan que el alguacil al ir a reprender a las tres damas en cuestión de su impropio proceder, dándose cuenta de que eran las hijas de quien eran, no atreviéndose a dejarlas en pública y notoria evidencia, se limitó a comunicar aquella insolencia al padre de las criaturas, que una vez conocedor de aquel suceso, el recto y severo fiscal del Consejo Real conminó a sus hijas a ir, en lo sucesivo, vestidas de monjas, hecho que recoge en su obra “Fastiginia”, Tomé Pinheiro da Veiga, escrita con ocasión de su estancia en la Corte, en aquel tiempo, trasladada a Valladolid, entre abril y julio del año 1605, con ocasión del nacimiento del príncipe, a la postre rey de España, Felipe IV, y en la que se puede leer;

-”El día 24, que fue domingo se hizo procesión por el nacimiento del príncipe por la ciudad. Están aquí en la corte Gil Imón de la Mota y su mujer, Gregoria de la Vega, medio portuguesa, acompañados de sus tres hijas, vestidas de monjas, a las que llaman, <las Gilimonas>”-.

El 10 del mes de mayo, de un día como hoy, don Baltasar y doña Gregroria, acompañados de las Gilimonas regresaban a Madrid, a donde, meses más tarde, la corte acabaría trasladándose.

Hay quienes, a partir de este escrito sugieren una cierta evolución de dicho vocablo, el de las Gilimonas, hasta llegar al término de “gilipollas”, si bien que por mucho que se intente este, no se mantiene. El alegato no deja de ser original, cuanto menos. A las mozas, muchachas jóvenes, por aquel entonces y de manera coloquial se les llamaba también “pollas o pollitas” (más usado en su forma diminutiva), por lo que al acudir don Baltasar a las fiestas a las que decían que iba acompañado de sus tres pollitas, eran referidas como las “Gil y sus pollitas”, que con el transcurso del tiempo este término acabaría siendo las “Gilipollitas”, algo de lo que no hay constancia alguna.

Según Pancracio Celdrán Gomariz, en su “Gran libro de los insultos” (en el que entre otros se encuentran los de Poliputo, Enmedecedor, Cabronoide, o este que, personalmente, me parece buenísimo, “concejal de urbanismo”), señala que el insulto de Gilipolla es una palabra compuesta por la voz árabe “gihil”, que significa “bobo” y “polla” (que huelga cualquier explicación). Según el autor, el término no aparecería hasta el año de 1882 (doscientos años más tarde que el bueno de don Baltasar Gil Imón), escrito por el poeta folclorista especializado en Cervantes, Francisco Rodríguez Marín.

Por lo que contestando a la pregunta de esta reseña, podemos decir, que no, «las Gilimonas no eran Gilipollas». Otra cosa es que, sin saberlo todavía, se lo hicieran.

Porque como dijo Chanel, no es lo mismo serlo que hacerlo, porque;

-“Ser gilipollas te hará meterte en muchos líos, pero hacerte el gilipollas te librará de muchos”-.

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