UNA LEYENDA…CON DOS CARAS

02062023

2 de junio……………………y entonces sucedió que………………………………………

……el 2 de junio, de un día como hoy, de 1519, según describiría años más tarde Giorgio Vasari, biógrafo de Leonardo, un Francisco I, profundamente abatido y todavía con lágrimas en los ojos, accedía a que Francesco Melzi, secretario personal del maestro, recogiera todos los enseres que aquel había dejado en la que había sido, durante los últimos tres años, su residencia, en el “Chateau” de Clos-Luce, situada a escasos cien metros del Castillo Real de Amboise, invitado por el joven monarca francés, admirador incondicional y entusiasta de sus obras.

Aquella mañana, hacía justo un mes, que el maestro había fallecido a los sesenta y siete años, tras pasar varios días postrado en cama. Cuenta la leyenda que Francesco Melzi, entre aquellos manuscritos, hallaba uno que hacía referencia a cómo se había llevado a cabo el encargo solicitado en su día por Ludovico Sforza, duque de Milán, de aquella pintura mural, llamada a presidir el refectorio del sacro lugar, en el Convento Dominico de «Santa Maria delle Grazie», y que acabaría siendo conocida como “La última Cena” (Il Cenacolo).

En ella, Leonardo plasmaba el momento exacto en el que daba aviso a sus discípulos de la traición de uno de los allí presentes, recogiendo un pasaje del evangelio de Juan, correspondiente a su capítulo 13, -“De cierto os digo que uno de vosotros me va a entregar”-.

Cuentan que fue esta, una de las obras que más tardó en pintar, dedicándole casi cuatro largos años, de 1494 a 1498, buscando plasmar la conmoción exacta que debió causar aquella noticia y su posterior y enérgica reacción.

En su interior fue esbozando la imagen que podría tener cada uno de ellos. Observaba y estudiaba a quienes sus rostros llamaban su atención, durante días, a veces incluso semanas, hasta pedirles posar para él y transformarlos en uno de sus apóstoles, cada uno con sus propios rasgos y personalidad única, diferentes los unos de los otros.

La obra pintada sobre la pared, destaca en su centro a Jesús, que sentado en una mesa, con las manos abiertas dirigiéndose a todos, tiene seis discípulos a cada uno de sus lados. A su derecha, Juan (que para el escritor Dan Brown, en su obra El código Da Vinci, vislumbra el rostro de una mujer, pudiendo ser María Magdalena), le sigue Simón Pedro, Judas Iscariote, Andrés, Santiago el Menor y Bartolomé. Sentados a su izquierda, Tomás, Santiago el Mayor, Felipe, Mateo, Judas Tadeo y Simón el Zelote, expresando el revuelo que la noticia causa entre ellos. Caras, entre otras, de sorpresa, temor, incredulidad y asombro.

Para la figura de Jesús, considerada la principal, sobre la que gira toda la obra en sí misma, dando un paseo por las inmediaciones de la actual plaza Virgilio en Milán, se topó con un joven cuya mirada llena de vida y rostro angelical cautivó de inmediato al maestro. Le seguiría Pedro, hombre recio y maduro, para el que se basó en un comerciante de la zona, hombre curtido en mil batallas.

Uno a uno fue realizando su obra, quedándose incompleta largo tiempo y provocando incluso las quejas de Joaquín Turriani, Maestro de la Orden de los Predicadores. En 1497, aprovechando el entierro de Beatriz de Este, esposa de Ludovico Sforza, en la misma iglesia de Santa Maria delle Grazie, al que Leonardo acudía, se le apremiaba para darle un último impulso al proyecto.

Da Vinci confesaba al duque que no encontraba el rostro perfecto que le transmitiera la maldad, la vileza, que se le debería suponer a quien iba a vender a su maestro por tres monedas, el traidor de Judas, al que señala de una manera simbólica al derramar con el codo sal sobre la mesa, signo de mal agüero para la creencia popular.

Visitó sórdidos lugares, barrios de la peor calaña, pero no encontró quién le produjera esa sensación de maldad, iniquidad y rechazo.

En un viaje a Florencia en el que tres dominicos que habían sido condenados a muerte por herejía iban a ser ejecutados al día siguiente en la plaza de la Signoría, Leonardo solicitaba poder entrevistarse con uno de ellos, Jerónimo Savonarola, pidiendo la intermediación del mismísimo duque de Milán. En aquel justo momento, hablando con el dominico, percibe la dura mirada de un hombre, condenado a muerte, cuyo rostro, nada más verlo impresiona al maestro, recorriéndole un escalofrío por la espina dorsal. Tiene una mirada dura, fría, distante, que le perturba tanto que por fin cree haber encontrado a su Judas.

El maestro habla con aquel hombre solicitándole prestarse para ser su modelo, considerando que cada día que pose, es un día que gana de vida y en el que estará bien alimentado, accediendo con un ligero movimiento de cabeza. Tras varios días, sin haber abierto aquel la boca, cuando el maestro se disponía a recoger sus utensilios, el preso se dirigía a él;

-“Maestro, ¿no me reconoce?”- le preguntaba, forzando a Da Vinci a tratar de recordar dónde podía haber visto a aquel sujeto con anterioridad.

-“No recuerdo haberte visto antes”- se disculpaba este.

-“Hace algunos años me pidió que posara como modelo para usted, para ser el rostro de la figura principal de un fresco que iba a hacer en una iglesia de Milán, yo era el personaje de Jesucristo”-.

Leonardo Da Vinci, profundamente afectado se acercó a quien en su día fue la viva imagen de la bondad, fundiéndose ambos, antes de despedirse, en un afectuoso abrazo, al tiempo que aquel lloraba desconsoladamente. ¡Cómo la vida puede haberme cambiado tanto!, se lamentaba.

De todos los documentos que aquel 2 de junio fueron recogidos, este, junto al retrato de una mujer de bello rostro, Lisa Gherardini, obra conocida como la ”Mona Lisa” quedarían bajo tutela del monarca francés Francisco I.

Es precisamente hoy, 2 de junio, cuando Italia celebra su septuagésima séptima “Fiesta de la República”, de un régimen político establecido por referéndum, al finalizar la Segunda Guerra Mundial.

Para todos nuestros «fratelli d’Italia»;

Complimenti! e Congratulazioni!

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