LA VENGANZA DEL «DENTOLES»…

p2-2626 de enero…………………….y entonces sucedió que………………………………

….no tenían ni idea quienes habitaban las islas Shetland lo que se les venía encima cuando aquel año de 794 divisaban a lo lejos unas embarcaciones cuyos mascarones de proa llevaban el diseño de una cabeza de Dragón, los drakkars vikingos, de las que descendían feroces guerreros que parecían, no solo no temer a la muerte, sino hasta querer jugar con ella.

Armados con hachas, de todo tipo (pequeñas, arrojadizas, las gigantescas danesas, con cuernos y las barbudas), portando además lanzas y cuchillos, sin llevar encima casi vestimenta alguna, a pesar de las bajas temperaturas, aquellos hombres, convencidos de que el destino y el día de su fallecimiento estaba ya escrito, combatían confiando en que la muerte les encontrara en el campo de batalla, luchando heroicamente, sin miedo al enemigo, atraídos por la idea de que así, sus almas accederían al paraíso vikingo, al “Valhalla”.

Aquellos temibles hombres del norte, pronto dominarían además de las Islas Shetland, las Orcadas, situadas al norte de Escocia, a unos quince kilómetros al norte de la costa de Caithness, facilitándoles, desde allí, poder realizar pequeñas incursiones.

Fue el rey Harald I, llamado “el de la Hermosa Cabellera” el que, por sus servicios prestados, cedía el gobierno de estas islas Orcadas a Rognvald, “El Sabio”, gobernante de More, que al haber perdido a su hijo, Hrolf Ganger, a quien por su temible aspecto, con sus casi dos metros de altura y 155 kg de puro músculo llamaban «Rollon el Caminante», al no poder disponer de una montura capaz de soportar semejante gigante, cedía el señorío de aquellas, a su hermano Sigurd, que en poco tiempo extendería su dominio derrotando a los condes de Caithness, Sutherland y Easter Ross, hasta llegar al fiordo de Moray.

No fue tarea sencilla mantener el control de la parte continental de Escocia, entrando en una guerra de desgaste con el Mormaer picto local, Máel Brigte a quien por razones obvias llamaban “El Dentoles”, que tenía su base cerca del actual Inverness, corazón de las Highlands, las Tierras Altas de Escocia.

Fue en el año 892 cuando, producto de este desgaste por ambas partes llevaba a Sigurd, “El Poderoso”, a acordar un combate “limpio” con Maél Brigte “El Dentoles”, en una zona neutral pactando que ambos pudieran acudir acompañados por un pequeño ejército de cuarenta guerreros cada uno.

El día convenido amanecía frío y gris. No más de 3ºC, acompañados de una densa niebla que rodeaba aquel claro entre los bosques de Abriachan, cerca del lago Laide. Máel Brigte era el primero en aparecer en aquel lugar con sus cuarenta acompañantes, los cuales, espada en mano comenzaron a golpear sus escudos advirtiendo, con este ruido, de su presencia, pero Sigurd y sus hombres no parecían dar señal alguna de personarse, llegando los Pictos a pensar que aquellos igual no lo harían.

Y fue entonces cuando a través de aquella espesa bruma pudo distinguirse la enorme figura del gigante vikingo, que hacha en mano, parecía aquel día mucho más temible de lo habitual. Andaba con paso firme, dando gritos. Eran aquellos bramidos, en realidad, verdaderos insultos, algo que solían hacer al comienzo de sus batallas, al situarse frente a sus enemigos, para provocar mayor temor entre ellos.

Detrás del confiado Sigurd dando voces, van haciendo acto de presencia todo un contingente, que en número, consecuencia de aquellos gritos, causa la impresión de ser mucho mayor, algo que se corrobora al hacer un rápido recuento, llegándose a contabilizar hasta ochenta hombres, el doble de lo que se había pactado.

Hacer trampas no es una práctica que a los Vikingos les parezca extraño. En los combates cuerpo a cuerpo suelen utilizar cualquier tipo de artimaña que debilite la fuerza de sus oponentes, como morder, propinar estirones de pelo, o incluso bajarles los pantalones para que aquellos pierdan así el equilibrio.

La victoria ante aquella desigualdad evidente acabaría decantándose con relativa facilidad hacia el lado vikingo, del tramposo y vengativo Sigurd, que tras dar muerte al escocés, cercenaba su cabeza atándola a su cintura que con cada paso dado, a partir de ese momento, golpeaba su pierna sintiendo con aquel vaivén sus prominentes dientes, que empezaron a rozar su piel, para no tardar en hacer, con aquella fricción, un ligero corte y con este la aparición de una herida a la que este no quiso dar importancia, haciendo así caso al dicho que los vikingos tienen, -“Nuestras cicatrices son testimonio de nuestra fuerza”-.

Al final del trayecto, aquel golpeteo había originado una gran herida que por la noche se infectaba, provocándole, además, fiebres altas. Al amanecer, el asunto se complicaba de forma que, en pocas horas, aquel gigante fallecía víctima de lo que parecía ser una venganza realizada desde el más allá, del muerto del “Dentoles”, y lo peor para él, sin el honor de morir en el campo de batalla.

Y así aquel escocés, desde el más allá, vengó su muerte. Si Sigurd hubiera leído a Confucio antes de buscar su propia venganza, quizás hubiera sido más precavido, ya que aquel con su sabiduría ya advirtió que;

-“Si vas a emprender un viaje de venganza, prepara dos tumbas, una para ti y otra para tu enemigo”-

Cada 26 de enero, de un día como hoy, los escoceses de las islas Shetland celebran en la capital, Lerwick, la ancestral fiesta vikinga del fuego, la “Up Helly Aa”, donde más de mil vikingos con vestimentas tradicionales rinden homenaje a sus raíces escandinavas. El fuego, la cerveza y la música dan paso a una procesión de antorchas que culminan con su lanzamiento a una réplica de un drakkar vikingo que acaba ardiendo en llamas. 

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