PHILLIS WHEATLEY…Y SU INCREIBLE HISTORIA

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2 de febrero………………….y entonces sucedió que……………………………….

………tiene siete años. Hace tres días estaba jugando con sus hermanos y primos en su casa, en el poblado senegalés de los fulani, muy cerca del río Gambia, cuando aquellos hombres de piel rosada y cabellos largos dando gritos capturaban a la mayor parte de ellos. Desde ese día, desperdigados, no ha vuelto a saber nada de ningún miembro de su familia.

Viajan andando con cadenas en los tobillos y cuerdas que les aprietan el cuello, entre ocho y nueve horas al día. Son del mismo color, pero no tienen parentesco entre ellos. Hay procedentes de la tribu de los mandinga, wolof, jola, manjago, serer y, como ella, hay también algún fulani. Entre aquellos hombres observa la presencia de un príncipe que es tratado con el mismo desprecio que se emplea a los demás.

Tras varios días, sin descanso, llegan a unas casas que reposan sobre el mar. Nunca en su vida había visto el mar, ni aquellas enormes casas flotantes. Bajo la cubierta, los hombres atados con grilletes, por parejas, son separados de las mujeres y los niños de sus madres. No hay apenas espacio. El aire es denso, casi irrespirable y huele muy mal.

Aquella casa flotante, “The Phillis”, era en realidad un barco de esclavos propiedad de Timothy Fitch, que capitaneado por Peter Gwinn, levaba anclas al amanecer del 2 de febrero de un día como hoy de 1760, rumbo a las islas de Cabo verde, para desde allí dirigirse a las Trece Colonias, donde arribaban, veintitrés semanas después, al puerto de Boston, el 11 de julio.

Llegan exhaustos. La mayor parte de ellos han fallecido durante el trayecto. Una vez adecentados, nada más descender, son exhibidos sobre una tarima de madera ante una multitud de curiosos que se acercan a observarlos. No entienden una palabra de lo que dicen, ni qué es lo que quieren. Les abren la boca, les miran la dentadura, les tocan el pelo.

La suerte de cada uno de aquellos queda en manos de quien los adquiera, porque a partir del momento de sus compras, pasan a formar parte de los registros contables de sus amos como “cosas” o bienes adquiridos, como lo son los muebles, las reses, los caballos, muebles y otros objetos. Son esclavos.

Un conocido sastre, residente en la calle King (la arteria principal del Boston de por aquel entonces) John Wheatley, se fija en ella, comprándola como sirvienta y doncella personal de su mujer, Susanne, para ayudarla con las tareas domésticas y así echarle también una mano con los mellizos Mary y Nathaniel. A la hora de registrarla, la inscriben con el nombre del barco que la ha traído, Phillis, poniéndole su apellido, Wheatley.

Pronto los Wheatley dándose cuenta de la inteligencia y el tremendo potencial de ella (en apenas un par de meses ya sabe expresarse más que correctamente en su idioma), le brindan la oportunidad de recibir una esmerada educación como a una hija más. La enseñan a leer, a escribir, a estudiar textos bíblicos y recitar autores clásicos.

A los trece ya escribe bellos poemas que encandilan a toda la familia y que en las reuniones sociales que organizan hacen que recite ante el asombro de los asistentes. ¿Cómo es posible que una mujer, que además es negra, escriba esos bellísimos pasajes?, eso era lo que la sociedad bostoniana esclavista de aquel entonces con prejuicio se preguntaba (una sociedad que por lo general consideraba a los negros, mental y moralmente seres inferiores).

Animada por los Wheatley, a esa edad, a los trece, publicaba su primer poema. Pocos meses después ya tenía treinta y nueve, recogidos en un libro, -“Poems on Various Subjects, Religious and Moral” (Poemas sobre diversos temas, religiosos y morales). Pero desgraciadamente difícilmente un editor estadounidense se atrevería a publicar aquel volumen completo.

Muchos consideraban que aquel libro no podía ser obra suya. Ante tales sospechas, sería obligada a comparecer ante un consejo de dieciocho dignatarios de Nueva Inglaterra, entre quienes se encontraba Thomas Hutchinson, el gobernador de Massachusetts, ofreciéndole la ocasión de poder demostrar, ante ellos, sus capacidades artísticas, como finalmente haría, certificando que, efectivamente, era la autora de aquellos poemas, mandando aquel grupo de sabios incluir una nota en el prólogo de aquel libro, a modo de descargo de responsabilidad que, (sorprendentemente), decía lo siguiente;

-“Nosotros aseguramos al mundo que los poemas especificados en la página siguiente fueron (como realmente creemos) escritos por Phillis Wheatley. Siendo examinada por algunos de los mejores jueces, convencidos por tanto de su talento la consideramos calificada para escribirlos”-.

Sin embargo sería en Inglaterra donde, la condesa de Huntingdon, Selina Hastings, como mecenas del proyecto literario de la joven poeta, lograba publicar sus poemas, convirtiéndose así, dos años antes del inicio de la Guerra por la Independencia, en la primera mujer afroamericana en publicar un libro de poesía, primero en Londres y después, ante el éxito obtenido, en las colonias americanas (la tercera mujer detrás de Anne Bradstreet y Mary Rowlandson).

Cuando George Washington asumió el mando del ejército de colonos de los Estados Unidos, el 3 de julio de 1775, no se lo pensó dos veces y llamó a los esclavos para que participaran en aquella lucha contra los británicos. Tres meses más tarde, a finales de octubre, recibía un paquete que le era enviado por la poetisa. En su interior había un poema, “To His Excellency, George Washington”, que resumido decía;

-“¡Desde aquí todos imploran tus servicios de guardián!. Procede, Gran Jefe, teniendo la virtud de tu lado. Y que cada acción tuya, la diosa guíe. Una corona, una mansión y un trono que, de brillante oro inmortal, Washington, te sean dados”-.

El general, agradeciendo aquel poema, refiriéndose a la escritora como a un —“gran genio poético”—, la invitaba, al año siguiente, a visitarlo a su cuartel general, en Cambridge, Massachussets.

El 25 de octubre de 2003 en el Centro Comercial de la av. Commonwealth de Boston, se erigía un monumento conmemorativo de la escultora Meredith Bergmann, dedicado a tres mujeres, Phillis WheatleyAbigail AdamsLucy Stone.


“Mi boca pronunciaba poesía, pero mi color ante el mundo me calló”— [Phillis Wheatley].

 

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