9 de febrero………………….y entonces sucedió que……………………………………..
……se enamoró de aquel local, situado en el número 10 de la calle Mathew, en el elegante distrito de los negocios, en el mismo centro de Liverpool, en cuanto lo vio por primera vez, al salir después de tomar unas pintas, cierta noche, en “The Grapes”. Supo enseguida que aquel sótano, de paredes de ladrillos y con el techo abovedado, que había servido de refugio antiaéreo durante la Segunda Guerra Mundial, y que estaba “en venta”, iba a ser el lugar donde pondría su tercer club de música. Alan Sytner tenía claro hasta el nombre que quería ponerle, el mismo de aquel club de jazz de París, el de la calle Huchette, que tanto le gustaba, “Le Caveau”, traducido del francés, “The Cavern” (La Caverna).
Quería tener el mejor club de jazz de toda Inglaterra. Soñaba con traer a los mejores artistas. Se deleitaba con la simple idea de poder escuchar en vivo a aquel joven que ya despuntaba por aquel entonces, Miles Davis, pero en el Liverpool de 1957, el año de su inauguración, los jóvenes parecían buscar otros ritmos, como el Rock, que contaba cada día con más seguidores.
Una noche de agosto, se presentaban en The Cavern unos adolescentes de la ciudad, “Los Quarrymen”, pidiendo poder disponer de una actuación. Aquel grupo liderado por John Lennon y al que semanas más tarde se incorporaba Paul McCartney, tocaba un estilo de música llamado “Skiffle”, un derivado del Jazz, por lo que Sytner aceptaba ofrecerles un hueco, al no considerar que con aquel grupo, estuviera traicionándose, a sí mismo, en su idea inicial.
“The Quarrymen” de Lennon arrancaron tocando una versión del “Don´t be cruel” de Elvis Presley y aunque Alan salió disparado, tratando de frenarles, en cuanto empezó a escuchar los primeros acordes, aquellos, haciendo caso omiso, siguieron tocando.
Una actuación que marcaría el final de su deseo de tener un club selecto de Jazz en Liverpool, vendiendo el local a un promotor musical, Ray McFall, tan solo año y medio después de haberlo comprado, fundando con el dinero de aquella venta una empresa de «automóviles de lujo» no muy lejos de allí, en Nottingham.
Ray McFall en 1959 se convertía en el propietario, a sus treinta y tres años, de un local que ni por asomo podría, en aquel momento, llegar a imaginar en lo que se acabaría convirtiendo. Una noche se presentaban en el club cuatro jóvenes, John Lennon, Paul McCartney, George Harrison y Pete Best, recién llegados de realizar una gira por Alemania, en donde, habían tocado, entre otros, en el Indra Musikclub y el Top Ten Club de Hamburgo.
Ninguno tiene un trabajo estable, salvo McCartney al que su padre, le había dado un ultimátum tras su gira por Hamburgo para que se buscase una ocupación “de verdad”, y que ya lleva una semana trabajando en la fábrica de Massey and Coggins, por siete libras y catorce chelines a la semana.
Ray McFall les hace un pequeño hueco en la hora del almuerzo (“Lunchtime session”) entre las doce del mediodía y las dos de la tarde, por 5 libras (unos 110 € en la actualidad), a repartir entre todos. No es mucho, pero para ellos es más que suficiente.
McCartney trabaja en Brigde Road, a dos autobuses y casi 30 minutos por Riverside de allí. Durante aquel día mantiene una lucha interna, entre aquel trabajo estable y su pasión por la música, que acabará imponiéndose (por el bien de todos nosotros), escapando de aquel lugar saltando un muro de unos cuatro metros de altura (tal y como, años más tarde, contaría su director general, Jim Gilvey).
El 9 de febrero de un día como hoy, de 1961, John, Paul y Pete, vestidos con ropas de cuero esperan a George que parece que llega tarde. Harrison lleva un rato en la puerta del local tratando de convencer al gigantón del portero, Paddy Delaney, que le permita el acceso al ser uno de los músicos que toca aquella misma mañana, negándole la entrada al ir vestido con pantalones vaqueros, un tipo de vestimenta que Ray McFall había prohibido para quien quisiera entrar en el club.
Con un aspecto desenfadado, haciendo bromas, con un lenguaje un tanto inapropiado, comiendo sándwiches de mermelada, fumando y bebiendo té, a las 12:30 de ese jueves, Inglaterra veía actuar, por vez primera, al grupo que iba a cambiar no solo el panorama musical, sino el mundo entero, el primero de los doscientos noventa y dos conciertos que darían en «La Caverna» en año y medio.
Al final de aquel sótano, en un pequeño escenario elevado que parece estar encajado contra la pared de ladrillos aquellos cuatro chicos empezaron a hacer su magia, tocando temas propios y algunas versiones de Elvys, Jerry Lee Lewis y Ray Charles.

