«LAS FALLAS DE VALENCIA»

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15 de marzo………………….y entonces sucedió que…………………………….

……en lo alto de las torres de vigilancia y atalayas, los centinelas de los campamentos romanos, durante la noche se servían de un sistema de señales visuales, encendiendo unas antorchas llamadas en latín (fac[u]las). Término del que parece habría derivado, etimológicamente, el vocablo valenciano de “fallas”.

En el “Llibre dels Fets”, en donde se narran las gestas más importantes de la vida y el reinado de Jaime I, se cuenta como sus tropas utilizaban “fallas” para poder iluminar los caminos que transitaban, alumbrar las entradas de las tiendas o constituir la base de los rituales que, desde tiempo inmemorial se venían realizando, coincidiendo con los cambios de los ciclos estivales y en los que era costumbre encender hogueras.

Unas hogueras que ya solían realizarse por aquellas tierras reconquistadas, en la llamada, por aquel entonces, “Taifa de Balansiya” (de Valencia); una, durante el equinoccio de primavera (por marzo) y otra, con el solsticio de verano (en el mes de junio).

El pacto realizado entre Jaime I y el rey Zayyan el 9 de octubre de 1238, estipulaba que los residentes musulmanes podrían seguir viviendo en sus lugares habituales, eso sí, quedando sometidos a las nuevas jerarquías, siéndoles respetadas sus respectivas creencias religiosas.

El desarrollo de los diferentes oficios en Valencia trajo consigo la aparición de las primeras asociaciones gremiales, en aras de cumplimentar una serie de requisitos en cuanto a los métodos de fabricación, materiales, calidad y competencia. Estos gremios tuvieron la costumbre de tomar un santo, como intercesor y protector de sus quehaceres. Uno de los más antiguos y quizás uno también de los más emblemáticos, cuyo origen data de 1283, el “gremi dels fusters” (gremio de carpinteros), se situó bajo la advocación y patrocinio de “San Lucas”.

Sería sobre todo a partir de 1400, cuando estas corporaciones que ejercían la misma profesión comenzaron a cambiar su mentalidad, primando, desde entonces, más el aspecto económico y técnico que el benéfico y religioso. El gremio de carpinteros cuyos miembros se reunían en la llamada “Fustería”, en un local adosado al antiguo convento de las dominicas de la Magdalena (el actual Mercado Central), frente a la calle Trench, necesitando de mayor espacio, adquiría, tras un breve paso por la plaza de la Merced, una casa con huerto en la calle Engonari (la actual Balmes) cuya propiedad pertenecía a Onofre Cardona, barón de Guadalest y su mujer, Beatriz Bou.

Fue ese mismo año, el de 1479, coincidente con esta nueva ubicación del gremio en el distrito de Ciutat Vella, en pleno barrio del Pilar, cuando el Papa Sixto IV, aprobaba que, en lo sucesivo, el día 19 de marzo, se celebrase la fiesta en honor a “San José” (santo que llevaba tiempo fomentando, en la ciudad del Turia, el fraile dominico valenciano, Vicente Ferrer), y del que no tardarían, los carpinteros de Valencia solicitar al rey Fernando de Aragón, “El Católico” un cambio en su patronazgo, de San Lucas, que fue médico de profesión, al de San José, el hasta entonces casi olvidado, el devoto y casto esposo de la Virgen, carpintero, como ellos, y que les sería concedido (su popularidad llegaría a tal extremo que en 1609, el Consell de la Ciutat, solicitaría al arzobispo Juan de Ribera que lo declarase también, patrón y protector de la ciudad.

Contaba el marqués de Cruilles, Vicente Salvador Monserrat, en su “Guía Urbana de Valencia: Antigua y moderna”, en su página 393, en el apartado titulado “Les Falles (Hogueres) de San José”, una antigua costumbre que los carpinteros realizaban, en “vísperas de la celebración de su patrón, el 19 de marzo”, en la que quemaban, enfrente de sus talleres, las piezas de madera (llamadas estai, astai o parot) que eran utilizadas para elevar los candiles que, colocaban en el centro de sus obradores, para proporcionales la luz necesaria, durante el invierno, al anochecer tan temprano, al no tener que necesitarlos con la llegada de la primavera, al disponer de más horas de luz natural a lo largo del día.

Con el paso del tiempo a estos “parots” se les añadirían diversos objetos que ya no necesitaban, evolucionando hasta llegar a realizar representaciones satíricas, cargadas de críticas e ironía, algunas de forma velada, otras no tanto, sobre el proceder de algún vecino y sobre todo de las autoridades. Aun así, el origen y su evolución, hasta hablar de las “Fallas”, no dejan de tener ciertas lagunas y motivos de controversia.

La documentación más antigua en la que se cita textualmente una «Falla», ha sido desvelada en una reciente investigación llevada a cabo por Tomás Miralles Muñoz, perteneciente a la Academia Valenciana de Genealogía y Heráldica, que fue publicada en el suplemento del «Levante, el Mercantil Valenciano», el pasado 9 de marzo, y que hacía referencia a un protocolo notarial emitido con fecha de 19 de marzo de 1777 y en el que un arriero (carretero o también llamado mulero) había sido agredido al chocar su carro con una falla, ubicada en la calle San Narciso (curiosamente la misma en la que en 1854, se recogía un enredo familiar entre un marido, su esposa y la suegra de aquel, originando una gran controversia vecinal, plasmada en aquellos tres “ninots”, objetos de dicha burla).

El número de Fallas acabaría multiplicándose por toda la ciudad de forma que una ordenanza en tiempos del rey Carlos III, con fecha de 13 de marzo de 1784 advertía “no permitir hacer fallas por las calles durante la noche víspera de San Josep, sino en las Plazas”, por una cuestión de seguridad. Entendiendo por “víspera de San Josep” el montaje de aquellas durante la mañana del día 18, y su posterior cremación la misma noche (fue en 1932 cuando quedaría instaurada la “semana fallera”).

La Falla más antigua que todavía sigue plantándose es la de la plaza de la Reina (antiguamente conocida como plaza de Santa Catalina), tal y como señalaría el historiador Tomás Mozas Hernando en “Tiempo de Fallas”.

La fiesta de las Fallas ha sido suspendida en seis ocasiones. La primera en 1886 por las protestas de los falleros que se negaron a pagar las 60 pesetas que les exigía el consistorio, en lugar de las 5 que hasta entonces pagaban, por ocupar el espacio público. La siguiente fue, con ocasión de la Guerra de Cuba, cuando a tres días de su comienzo, el gobernador civil de Valencia, Francisco Ballesteros Villanueva, las suspendía. Tres años de Guerra Civil (los correspondientes a 1937, 1938 y 1939) y más recientemente, debido al confinamiento por el Covid en 2020.

En noviembre de 2016 la Unesco (Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura) las declaraba Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad.

Hoy 15 de marzo comienza esta fiesta de las Fallas, con su olor a pólvora, al aceite refrito de los puestos de churros y buñuelos, a chocolate, con sus mascletás, castillos de fuegos artificiales, las «despertás», el estruendo de petardos, masclets, chinos y bombetas, los falleros y falleras, los casales con sus carpas, verbenas, concursos de paellas y cenas de sobaquillo, bandas de música y sus pasacalles, juego de luces, cortes de tráfico, ríos inmensos de gentes, la Plantá, la Ofrenda a la Virgen…

Y por supuesto el broche, el fuego purificador de la Cremá, que marca no el final sino el comienzo de algo nuevo, como acto del mismo renacer, como San Pablo anunciaba a los Corintios en el 5:17;

Pasó lo viejo, todo es nuevo»-

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