PAULA, YERAI…Y «EL NIÑO DEL HELADO»

1204 (1)

12 de abril………………………….y entonces sucedió que……………………….

Paula ha regresado del colegio llorando. Le cuenta a su madre, que alguien de clase le ha quitado el bolígrafo que le había regalado su padre y al que le tiene tantísimo cariño. La “seño”, cuando se lo ha contado, ha pedido a todos que quien se lo haya quedado “por error” lo deje, a lo largo del día, en uno de los cajones de su mesa, que ella no quiere saber quién ha sido. Pero el boli, al acabar el día, seguía sin aparecer, para desconsuelo de la niña.

Margarita, Leticia y Raquel le han dicho que ha sido Yerai. Nadie ha visto como se lo llevaba, pero es gitano y Jacinto dice que “son todos iguales, unos ladrones”. Además, al salir al patio, en el recreo, le han acorralado y todos se han dado cuenta de que “mentía con la mirada” y Juan ha dicho que Yerai no “limpia el trigo”, o algo así, que es una frase que la dice mucho su padre, que es policía, cuando no se fía de alguien. 

Ana trata de calmar a su hija, haciéndole entender que, si nadie ha visto al niño al que acusan de llevarse el bolígrafo, en el mismo momento en el que ha desaparecido, no pueden señalarlo como culpable solo por el hecho de ser gitano, por lo que la invita a sentarse con ella en la mesa de la cocina, donde pasan muchas horas juntas y leerle el cuento “El niño y el helado” que su madre, la abuelita de Paula, en su día le contó, cuando a ella le pasó algo parecido, acusando a alguien de haber hecho algo sin tener pruebas.

…..-“Alex tiene diez años. Es muy buen estudiante y muy trabajador. Viene de una familia humilde. Su padre regenta una tienda de «souvenirs», donde los turistas hacen acopio de objetos típicos del lugar. Todos los días al salir de la escuela, ayuda, como buenamente puede a su padre, haciendo pequeños encargos, a veces incluso acompañando, a los clientes, que son mayores, a llevarles sus compras hasta el coche, recibiendo en ocasiones por su amabilidad algunos centavos de propina, que guarda, como oro en paño.

Sueña con ir al “Coppelia”, la heladería que está en el Paseo, donde tomarse un enorme helado de chocolate, bañado con almendras, en un cucurucho grande. Ya lleva ahorrado bastante, así que puede que este fin de semana se permita por fin acudir allí.

El sábado después de preguntarle a su padre si le necesita para hacer algún encargo sale de la tienda por el paseo camino de la heladería, con todas sus monedas en los bolsillos.

Al llegar le atiende Adela, la mayor de las dos camareras que trabajan en el local, que lo mira con cara de pocos amigos. No le gusta atender a los niños en el Coppelia, dice que solo le causan problemas. Alex ve una mesa vacía, pregunta y se sienta en ella. Ella resopla y refunfuña, no sabe si viene solo, así que, tarda un rato en acercarse y cuando lo hace, lo mira, con cierto desdén, mientras  mastica chicle, preguntándole con desgana, -“¿esperas a alguien o vienes solo?, venga, no me hagas perder el tiempo, ¿qué es lo que quieres tomar?”-.

-¿Cuanto cuesta un helado de sabor a chocolate con almendras por encima?, pregunta el niño. -1.90-, le contesta ella. Alex saca las monedas de sus bolsillos y se pone a contarlas. –“¿Perdone, y solo el helado, sin almendras?”-, vuelve a preguntar. –“solo el helado, será 1,50”-, al tiempo que le echa una mirada tratando de fulminarlo, dándole a entender que no puede perder el tiempo, tiene muchos más clientes en la sala a quienes atender. -“Pues si es tan amable, -le dice el niño-,  me gustaría un helado de chocolate solo, sin las almendras”-.

Adela trae el helado y la cuenta que deja en un plato en la mesa, sin mirarle si quiera. No se fía del niño. A ver si el “listo” se toma el helado y se le marcha sin pagar. Por lo que, ojo avizor, no deja de observar, ni un solo instante al niño, que absorto paladea ya su helado.

Le encanta el helado de chocolate. La próxima vez, piensa, ahorraré más y me traeré a mi hermana, que seguro que le va a encantar. Come despacio, tratando de hacer lo posible para que aquel no se acabe nunca. Cuando ya no le queda nada, lame hasta los dedos, mira la cuenta y deja el dinero, bien ordenadito encima de la mesa.

Cuando Adela regresa para recoger el dinero siente de pronto un nudo en la garganta que le impide tragar con facilidad. Lo que encuentra encima de la mesa le llena los ojos de lágrimas. Junto al dinero por aquel helado, uno con cincuenta, aquel niño, del que no se había fiado y al que había tratado con desinterés, había dejado cuarenta céntimos, «su propina»…..

Paula tras escuchar el cuento del niño se ha quedado sin palabras. Tiene los ojos llorosos. Ha entendido lo que su madre le ha contado. Sale de la cocina para ir a su cuarto regresando a los pocos segundos muy pálida, con la cara desencajada, señalándole a su madre el moño que se ha hecho hoy. En él, sujetando su cabello, está el boli que su padre le había regalado y que había utilizado para recogerse el pelo. Mañana, -dice la niña- le pediré perdón a Yerai delante de todos.

Prejuzgar es algo inherente a la condición humana pero a veces, se hace con demasiada rapidez creándose los “prejuicios”, que para Voltaire, por aquel entonces, estos ya eran, “la razón de los tontos”.

Ya lo decía, allá por el año 50 a.C., el escritor romano Publio Siro, en su colección de “Sentencias”;

“-Pronto se arrepiente el que juzga apresuradamente­-”.

Por cierto, promovida por la Asociación Internacional de Productos Lácteos, con el objetivo de impulsar su consumo, hoy día 12 de abril, se celebra el Día Internacional del Helado.

Deja un comentario