EL «ENGAÑO» EN LA GUERRA…

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17 de mayo………………………….y entonces sucedió que………………………………

………dominar aquellas inmensas posesiones en las que en tiempos de Felipe II se llegó incluso a decir que en sus dominios “nunca se ponía el sol”, desde las colonias americanas hasta los territorios del continente asiático, no iba a resultar tarea sencilla para aquella monarquía española del siglo XVII, con un Felipe III, que había heredado tan vasto imperio, sin experiencia alguna, con pocos recursos y escasez de efectivos.

Cuenta Eduardo Ruíz de Burgos Moreno en su libro la “Difícil herencia”, como un inexperto Felipe III, con sus veinte años de edad, recién cumplidos, había heredado un gigantesco imperio que exigía para poder ser mantenido el empleo de la fuerza de las armas. De hecho, los primeros diez años de su reinado (1599-1608), obligarían a sus diezmados ejércitos a mantener más de ciento sesenta y dos batallas repartidas por todos los confines terrestres.

No lo tenían fácil, desde luego, los españoles desplazados en el continente americano, y mucho menos los que se hallaban en las tierras del Tolima, en una zona conocida como el Chaparral, de la actual Colombia, en donde los belicosos indios Pijaos que habitaban esas tierras, las de las llamadas Nueva Granada, constituían un enorme problema para sus intereses comerciales, al haber desafiado al gobierno colonial de España con un levantamiento a gran escala.

Durante más de dos siglos, cerca de cuatrocientos conquistadores españoles y más de cuarenta mil indios de las tribus aliadas, principalmente Coyaimas y Natagaimas, habían muerto en combate contra las crueles arremetidas de los indios Pijaos. Muchas de aquellas expediciones enviadas a sojuzgarlos acabarían brutalmente desbaratadas. No había manera de someterlos. Las dos ciudades fundadas por Diego de Bocanegra, Santiago de la Frontera y Medina de las Torres acabarían siendo igualmente arrasadas.

Una noche del mes de mayo, de 1607, Íñigo de Ayala, soldado español que se encontraba destinado en la guarnición de San Lorenzo de Maitó, contaba a la luz de una pequeña hoguera, como habían tenido que hacer uso de la picaresca y el engaño para deshacerse, con relativa facilidad, del ataque sufrido por parte del corsario, Christopher Newport, famoso por llevar, por aquel entonces, un garfio en su brazo derecho amputado.

Describía cómo encontrándose destinado en la pequeña ciudad de Santiago de la Vega (la actual Spanish Town), en la isla de Jamaica, un 24 del mes de enero, de hacía ya siete años, se vieron sorprendidos al verse rodeados de pronto por dieciséis navíos ingleses que les exigían su rendición inmediata, contando en aquella guarnición con apenas cincuenta soldados y un solo cañón disponible como defensa para toda la isla.

El gobernador de la Isla, Fernando Melgarejo de Córdoba para hacer frente a aquel ataque, viéndose en clara desventaja frente a aquellos visitantes, sin apenas azorarse, mandaba que soltasen, coincidiendo con el estallido de un disparo de su único cañón, para sorpresa de aquellos, una manada de reses bravas que acaban de recibirse para las ferias de los distintos pueblos de la isla y que tenían guardadas en un corral cercano al puerto.

Situando a sus hombres estratégicamente por distintos puntos próximos al embarcadero tratando así de aparentar ser muchos más en número de los que en realidad eran, y coincidiendo con el disparo del cañón, mandaba soltar aquellos toros, provocando tal estampida entre los corsarios que, sin disparar apenas un solo tiro, desencadenaba la retirada de los ingleses, que despavoridos sin saber que estaba sucediendo abandonaban raudos la isla.

Escuchaban atentos tan fascinante historia los capitanes Diego Martínez Ospina y Pedro Jaramillo Andrade, los cuales rápidamente elaboraban un plan para, haciendo uso de alguna astuta argucia contando solo con aquella veintena de soldados, acabar con el dominio aplastante de los indios Pijaos.

Así que el 16 de mayo, hicieron correr el falso rumor de que algunos de los efectivos de aquella fortificación estaban enfermos de gravedad. Una vez aquella falsa noticia se había propagado lo suficiente, llegando a oídos de los Pijaos, Antonio Olalla y Francisco Aguilar, adentrándose por el páramo de Venadillo procedían a encender una hoguera con la intención de acabar por rematar el engaño, pues parece ser que era esta, el encender fuego, la señal que solían hacer para convocar a sus guerreros para combatir.

Convencidos pues de haber sido emplazados para atacar la guarnición de los españoles, acudieron confiados, en masa, centenares de aquellos a cuyo frente se situaba el mismísimo cacique Kalarcá, gran señor de los Pijaos, cayendo en aquella trampa, pues al llegar a la empalizada estos les estaban esperando con sus arcabuces cargados y las picas en ristre.

Kalarcá caía muerto de un disparo en pleno pecho al igual que la mayoría de los que acudieron hasta aquel lugar.

El 17 de mayo, de un día como hoy, los españoles enviaban un grupo de emisarios que depositaban el cuerpo sin vida de Kalarcá próximo al actual municipio de “El Espinal”, en Tolima, para que aquellos pudieran honrar su muerte. Una estrategia, un engaño y una muerte que marcaría el inicio del fin de aquella resistencia militar.

Ya lo dijo el general, estratega militar chino, Sun Tzu, en su libro, “El Arte de la Guerra Ilustrado”:

―“El arte de la guerra se basa en el engaño. Por lo tanto, cuando seas capaz de atacar, has de aparentar incapacidad; cuando las trampas se muevan, aparentar inactividad.”―

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