LA BATALLA DE LOS ÁNGELES

25F

25 de febrero……………y entonces sucedió que…………………….
……………………….las manecillas del reloj marcaban las dos horas y quince minutos  de la madrugada, del miércoles 25 de febrero de 1942, cuando los radares militares estadounidenses, detectaban una aeronave no identificada que surcaba los cielos del mar del Pacífico, a unos 200 kilómetros al Oeste de la costa, con dirección hacia la ciudad californiana de Los Ángeles, confirmándose así, el aviso de alto riesgo, de un inminente ataque japonés, emitido apenas unas horas antes por la OIN (Oficina de Inteligencia Naval), a sus oficiales.
Se cumplían dos meses de aquella acometida sorpresa realizada por los japoneses sobre la base naval de Pearl Harbor, del 7 de diciembre de 1941, motivo de la entrada de los Estados Unidos en aquella Segunda Guerra Mundial. La psicosis de los mandos militares norteamericanos quedaba más que justificada, cuando apenas treinta y tres horas antes, sobre las siete de la tarde del ya lunes 23 de febrero, un submarino nipón I-17, había logrado infiltrarse en sus sistemas de defensa, sin haber sido detectado, emergiendo a unos dos kilómetros de la costa californiana, ordenando su comandante, Kozo Nishino, abrir fuego contra las instalaciones petrolíferas de la refinería de Ellwood, situada a unos dieciocho kilómetros de Santa Bárbara, bombardeando, aquel emplazamiento durante veinticinco minutos, aproximadamente, sin causar graves daños materiales.
Este segundo ataque, en apenas dos meses, por lo sorpresivo de su proceder, desató todo tipo de especulaciones, entre las que se encontraban quienes afirmaban que los japoneses habían podido llegar hasta las costas norteamericanas con tanta facilidad porque ciudadanos inmigrantes desde Japón, ya afincados en suelo estadounidense, algunos incluso, decían, nacidos en los mismos Estados Unidos, les habían ayudado, guiándoles desde puntos estratégicos del litoral, mediante señales luminosas.
Este suceso de Santa Bárbara llevaría al abogado Percy Heckendorf, a solicitar del general John Lesesne DeWitt una serie de medidas urgentes extremas para evitar la aproximación de los enemigos nipones a sus costas. De esta forma era emitida la orden ejecutiva 9066, ratificada por el propio presidente Franklin Delano Roosevelt que establecía, que un amplio margen de la costa Oeste quedaba fuera de los límites de ocupación para los japoneses-americanos, delimitándose las partes occidentales de los estados de California, Oregón y Washington, como áreas militares, divididas en dos zonas, una primera de prohibición absoluta y una segunda, como zona restringida, para cerca de los cien mil ciudadanos vinculados de algún u otro modo con el país del imperio del sol naciente, que residían por aquellas tierras.
Por tanto, aquella incursión sobre el cielo californiano hacía prever que se trataba, de nuevo, de otro ataque japonés. A las tres de la madrugada, el alto mando militar hacía sonar las alarmas antiaéreas de la ciudad de Los Ángeles y sus alrededores, desde Malibú, al Norte, pasando por Santa Mónica hasta llegar a Palos Verdes, ante la inminente llegada de aquella nave que se encontraba ya a poca distancia de la costa. La población civil buscó refugio, y algunos, con sus viejas escopetas, desde los porches de sus casas, camuflados, se dispusieron a defenderse de aquello, fuera lo que fuese. Se iluminaron los reflectores, en dirección hacia el oscuro cielo abierto, en busca de aquel intruso.
Para poder divisar mejor el objeto con los cañones de luz, se procedió a dejar toda aquella amplia zona sin suministro eléctrico, aumentando, con el  apagón, la sensación de desconcierto sobre los habitantes californianos.
Cuando habían transcurrido quince minutos, con el incesante sonido de las sirenas antiaéreas, alguien dio la primera voz de alarma, -“lo veo, a las 9, a las 9”-, abriendo fuego la artillería de la Trigésimo Séptima Brigada Costera sobre aquel objeto, al que se sumaron los cañones del Sexagésimo Regimiento antiaéreo de Inglewood (al Suroeste de Los Ángeles), disparándose, durante cerca de una hora, cerca de mil quinientos proyectiles.
Cinco personas fallecieron durante aquella hora, dos, víctimas de la confusión creada por el apagón en sendos accidentes de tráfico, tres más, como consecuencia de fallos cardiacos, debidos a la ansiedad del momento, entre ellos la del guardia Henry Ayers de sesenta y tres años, de un ataque al corazón mientras conducía una camioneta llena de explosivos. Sobre las siete y media de la mañana, se declaraba oficialmente el alto al fuego.
Hubo algunos desperfectos materiales por la caída de proyectiles sobre edificios, calles y avenidas, pero ninguno procedente del avión enemigo, que no llegaría a ser derribado y del que no se volvería a tener noticia alguna, desapareciendo, tal y como había venido, en medio de la oscuridad de la noche, dando con ello lugar a todo tipo de elucubraciones, como la publicada por el Hollywood Evening News que afirmaba que varios testigos habían divisado –“aviones plateados moviéndose lentamente en formación V sobre Long Beach”-, otros sin embargo, hacían mención de un “dirigible no rígido, una especie de “globo”, que se movía silenciosamente y con mucha lentitud, y algunos hasta de objetos desconocidos, como la portada de Los Ángeles Times cuya fotografía recogía, aparentemente, un objeto luminoso sobre el que confluían las luces de los reflectores antiaéreos, señalando que la alarma había sido real, y que podemos ver en el siguiente enlace https://youtu.be/EhjkMoWLE_Y?t=198.
La versión oficial, a través del secretario de la Marina Frank Knox, anunciaba que no había sido avistado ningún avión. El fuego antiaéreo se había accionado, dijo, por una falsa alarma, como consecuencia de la imaginación y del estrés colectivo propio de la guerra.
Sería a partir del avistamiento de los primeros “objetos voladores no identificados”, el 24 de junio de 1947, por el piloto civil Kenneth Arnold, cuando fueron retomados estos hechos referidos, durante la madrugada del 25 de febrero, argumentándose que aquella misteriosa nave bien podría tratarse de uno de estos enigmáticos objetos.
Dijo Stephen Hawking, – “Si los extraterrestres nos visitaran, ocurriría lo mismo que cuando Cristóbal Colón desembarcó en América. Y nada salió bien para los nativos americanos”-.
 

 

 

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