EL INCREÍBLE CASO DEL SUIHOMICIDIO

23m18

23 de marzo………………y entonces sucedió que……………………..
 ……………………….el lunes 23 de marzo de 1987, la Academia Estadounidense de Ciencias Forenses (AFSS), fundada en 1948, con el objetivo determinado de aplicar sus avances científicos a las investigaciones legales, con profesionalismo, dedicación y la máxima celeridad en su desempeño, celebraba en San Diego su trigésimo novena reunión científica anual. Aquel lunes por la noche, con ocasión de la cena de clausura, se dirige a los allí presentes, con un discurso, el director de la misma, Don Harper, que con voz solemne, comienza a contar una anécdota que le había sucedido, hacía ya algunos años, precisamente un 23 de marzo, de 1958.
El director, sorbiendo un poco de agua de un vaso que tiene en el atril para aclarar su voz, comienza su alocución diciendo, – esto que les voy a contar, me sucedió hace ya algunos años y sirve perfectamente para explicar los diferentes giros que se pueden ir produciendo en una investigación policial, como consecuencia de nuestras aportaciones científicas, y sus correspondientes desenlaces legales -.
El 23 de marzo de 1958 llegaba para proceder a su autopsia, el cuerpo sin vida de un varón, de aproximadamente unos 17 años de edad, que según los primeros indicios bien podría tratarse de un suicidio, ante la declaración efectuada por varios testigos presenciales del suceso, que afirmaban haber visto como aquel joven saltaba al vacío desde la azotea del edificio, situada a una altura de diez pisos. Una nota encontrada en uno de sus bolsillos, en el que transmitía su desaliento, corroboraba esta primera hipótesis.
Al concluir el examen anatómico su resultado final sin embargo no fue el de muerte voluntaria, sino el de la consumación de un delito de homicidio, al encontrarse en el finado una herida de bala en la cabeza. Paralelamente, las primeras investigaciones policiales descartaban de igual manera la muerte por suicidio, al haberse encontrado el cuerpo del fallecido en una red de seguridad instalada en los primeros pisos del edificio, donde se había producido el salto al vacío, que había sido colocada en un apartamento en obras para proteger a los operarios que trabajaban en las mismas.
Varios vecinos del inmueble afirmaron haber escuchado el sonido de una detonación y gritos en casa de los Opus, un matrimonio en el que por lo visto es habitual dirimir sus desavenencias a base de levantar la voz y proferirse amenazas, que viven precisamente a dos pisos de la mencionada azotea.
Los investigadores interrogaron a los aludidos vecinos, el señor y la señora Opus, que confesaban haber discutido esa mañana, como otras muchas veces. Afirmaban que en sus discrepancias y enfrentamientos, solían proferirse todo tipo de improperios y de amenazas, reconociendo que incluso en algunos momentos llegaban a intimidarse empleando varias armas que tenían por casa, como aquella vieja escopeta, que nunca estaba cargada, y que misteriosamente esa misma mañana, en el fragor de la refriega, cuando era sujetada firmemente por la señora Opus, esta, accidentalmente se disparaba, impactando a Dios gracias (eso pensaban ellos) sobre el cristal de la ventana de su dormitorio.
No era de extrañar, para los investigadores que aquella fuera pues el arma causante de la muerte de aquel joven, que posteriormente el departamento de balística de la policía de Los Ángeles, en su informe, validaría como tal. Quedaba pues demostrada la conexión existente entre ambos sucesos, de manera que cuando el joven saltaba por la azotea del edificio, al pasar por la ventana del dormitorio del matrimonio Opus, recibía el impacto de un disparo procedente desde una escopeta que asía la señora como consecuencia de una acalorada discusión, que afirmaba creer no encontrarse cargada.
Quedaba por tanto tan solo determinar, quien había pertrechado pues el arma que afirmaban nunca portaba munición, para de esta forma, esclarecer si aquel delito era homicidio o debería tener la consideración de asesinato, y la identidad de la persona fallecida.
Un joven, vecino del inmueble, amigo del hijo del matrimonio, aseguraba haberle visto semanas antes del incidente cargando la referida escopeta, objeto de la investigación, afirmando estar harto de tanta discusión entre sus progenitores, esperando con aquella maniobra que de una vez por todas, previniendo que alguno de ellos, haría uso de ella, acabase con la vida del otro. El joven identificado como Ronald Opus fue rápidamente buscado para proceder a confirmar este asunto.
En uno de los giros más inesperados de este asunto, -concluía el director Don Harper en su discurso- la policía de la ciudad de Los Ángeles identificaba a Ronald Opus, el hijo, como el cadáver de aquel dramático episodio, muerto como consecuencia de una acción que él mismo había urdido, cargando el arma que sabía que, tarde o temprano, sus padres utilizarían.
El forense concluyó su informe; causa de la muerte -suicidio- .
La historia, años más tarde, en 1994 fue subida a las redes sociales haciéndose viral al alcanzar las doscientas mil consultas en apenas unas semanas. En 1997, en una entrevista concedida por el propio Don Harper, este confesaba, -“¿La historia de Ronald Opus?. No existió ningún Ronald Opus, no hubo ningún suicidio, ni disparo accidental de escopeta alguna. Me inventé aquella historia para despedir la gala de aquel año, para el entretenimiento de los allí presentes e ilustrar, de una manera ejemplificativa, cómo, si se llegan a alterar algunos hechos, por pequeños que estos resulten, pueden transformarse enormemente sus consecuencias finales legales”-.
El director Paul Thomas Anderson, llevó estos hechos a la gran pantalla, en 1999, cambiándole la identidad de los sujetos, las fechas y algunas circunstancias, con la película con el título de “Magnolia”.
Ya lo dijo el escritor francés, Prosper Mérimée; -“Toda mentira de importancia necesita un detalle circunstancial para ser creída”-

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