EL ASESINATO DE EVA BLANCO

20deabrilde2018

20 de abril…………………..y entonces sucedió que…………………………

………………….desde las once y cuarto de la noche, Olga no para de asomarse a la ventana de su domicilio en la calle Carmen Conde, de la urbanización Valderrey, en el municipio de Algete, preocupada por la insistente tromba de agua que desde hace ya varias horas está cayendo, esperando el regreso de su hija Eva. Este sábado, es la primera vez que tras meses de mucho insistir ha acordado, junto a su marido Manolo, dejar que regrese a casa una hora más tarde de lo habitual, en lugar de a las once, a las doce. Además ya ha quedado con ella que nada más llegue, le toca pasear al perro, “Bud” (el samoyedo que tienen).

El matrimonio Blanco Puig tiene tres hijas, Eva, María y Rebeca. Eva, la mayor, esa tarde del sábado 19 de abril de 1997 había salido de casa sobre las siete de la tarde, prometiendo cumplir lo acordado y regresar antes de las doce. Estaba feliz, tenía una hora más de lo acostumbrado. En el “Varona”, la tienda de chuches, que se encuentra en el nº 47 de la calle Limón Verde, se reúne con su mejor amiga Tania Rodríguez Oronoz y la hermana de esta, Vanessa. Allí pasan toda la tarde, como suelen hacer antes de ir a las gradas de las pistas de deporte que hay junto al colegio (lugar al que acuden otros adolescentes a pasar el rato), donde llegan sobre las diez menos cuarto de la noche. Esa noche no está su mejor amigo “Sebas” (Sebastián Moreno), que se ha ido con unos amigos a Madrid a dar una vuelta, sino, seguro que al irse le hubiera acompañado, como solía hacer, entre risas, hasta la misma puerta de su casa.

Responsable como era, sobre las doce menos cuarto anuncia que se tiene que ir ya, marchándose acompañada de Vanessa (su hermana Tania se había ido a casa, hacía ya un rato, directamente desde el Varona). A unos ochocientos metros, de la calle Carmen Conde, se despiden, perdiéndose desde entonces el rastro de Evita (que así es como la llaman sus amigos).

Pasadas las doce y media, Olga y Manolo comienzan a preocuparse. Es muy raro que la niña se retrase tanto, así que su madre comienza a llamar por teléfono a sus amigas. Ninguna ha tenido noticias de ella desde que se fuera a casa con Vanessa. Momentos duros de incertidumbre angustiosa, en el que por la mente de aquellos padres se suceden todo tipo de secuencias, a cada cual peor, con el devenir de los minutos, pero ninguna de estas tan cruel como la que están a punto de padecer.

A la una de la madrugada, atenazados por el desasosiego y la inquietud, acuden hasta el cuartel de la Guardia Civil de la localidad para interponer la pertinente denuncia de su desaparición. –“Algo le ha tenido que suceder-“, señala su padre, -“Mi hija no se iría con cualquiera”-, dice su madre. Se activa el dispositivo de la búsqueda de la joven de diecisiete años, que viste pantalón vaquero, sudadera negra y una cazadora “bomber”, comenzando peinando la zona desde donde Vanessa dice haberse despedido de ella. Miran por todas partes, hasta en los contenedores habilitados para la basura, durante toda la noche, en la que no parará de llover, dificultando enormemente las tareas de la búsqueda.

Sin más fuerzas, sin saber dónde dirigirse y seguir buscando, sin poder avanzar pero no queriendo rendirse, a las siete de la mañana se retiran para poder descansar de la fatigosa y estresante tarea. Y entonces sucedió que, sobre el mediodía del 20 de abril, de un día como hoy, aparecía el cuerpo sin vida de la joven en la cuneta de un paraje conocido como “Las Pesqueras”, a siete kilómetros de su domicilio, en una carretera en construcción, no abierta al tráfico, entre los municipios de Algete y Cobeña, presentando cerca de una veintena de puñaladas, repartidas en la nuca, la parte posterior del cuello y la espalda.

A las tres de la tarde, el entonces capitán de la policía judicial de la Comandancia de la Guardia Civil, Francisco Javier Rogero Martín, se personaba en casa de Manolo y Olga para transmitirles el hallazgo del cuerpo de Eva, iniciándose esa misma tarde la “Operación Pandilla”, activándose el expediente 26/97. El nombre de la aludida operación hacía mención al grupo cercano de amigos de Eva antes de su desaparición, ya que desde un principio no se descartó la autoría de ninguno de los que pudieron tener contacto con la víctima, haciendo buena la frase de René Descartes que señalaba que –“Para investigar la verdad es preciso dudar, en cuanto sea posible, de todas las cosas”­–. De hecho, en la referida investigación no fue descartado, en un principio, ni siquiera su destrozado padre.

Investigaciones posteriores, determinarían que el sospechoso de la muerte de Eva Blanco, calzaba unos zapatos, tipo mocasín, de la talla 42, que había dejado restos de líquido seminal en la ropa interior de la joven y que conducía un Renault blanco. En un intento por facilitar ayuda a la desconsolada familia, desde el consistorio algeteño, el alcalde socialista Jesús Herrera Fernández, emitía un bando, instando a todos los varones vecinos de la localidad y mayores de 16 años, a someterse voluntariamente a la entrega de muestras de su ADN (cumpliendo estos requisitos de sus casi trece mil quinientos habitantes, unos cinco mil). Pero tanto la fiscalía como el titular del juzgado de Instrucción que abría la causa se opusieron a la misma, considerando que aquella recogida indiscriminada podría vulnerar algunos derechos.

Y pasaron dieciséis años, que se dicen pronto, de investigaciones infructuosas, llenas de rabia contenida, de desesperación, con el desasosiego que produce no saber quién lo hizo ni por qué, de todo un municipio en el que la miserable sombra de la sospecha, alternándose entre sus vecinos, fue salpicando la honorabilidad de algunos de estos. Hasta que en 2013, el teniente del grupo de homicidios, tuvo noticias de un importante avance, llevado a cabo por la Universidad de Santiago de Compostela, en el que a partir de una muestra de ADN podía, mediante un estudio determinarse entre otros rasgos, el origen geográfico del sujeto en cuestión.

Y así, el aludido informe determinaba que los restos de ADN del sospechoso que le habían sido remitidos, contando en este caso con la autorización de la nueva titular del Juzgado número 4 de Torrejón, la magistrada-juez Marta Gala García, pertenecían a un varón de origen norteafricano, de ojos y cabellos oscuros y de piel morena, por lo que, a partir de este nuevo dato, se pudo confeccionar una lista, de unos trescientos sospechosos que respondían a este nuevo baremo, solicitándoles, una vez localizados muestras de su perfil de ADN.

En junio de 2015, era localizado en Francia el sujeto que aportaba la muestra número 90, Fouad Chehl, de origen marroquí, que había vivido en Algete y que residía en Francia, mostrándose en todo momento dispuesto a colaborar. Del resultado de aquel perfil genético, aunque se descartaba su coincidencia con el del autor del delito, sí que compartía con aquel el mismo cromosoma Y, evidenciando que ambos eran hijos del mismo padre, por lo que a tan solo un año y medio de la prescripción del delito, se podía poner un nombre y apellidos al sospechoso del crimen, Ahmed Chelh Gerj, español de origen marroquí, de 52 años, casado y padre de tres hijos, residente en Pierrefontaine Les Varans, en el Norte de Francia desde 1999, dos años después de la muerte de Eva Blanco Puig. Dictada una orden europea de detención y entrega, el 1 de octubre Ahmed era arrestado por efectivos de la Gendarmería y de la Guardia Civil a la salida de su trabajo en Besançon. El viernes 29 de enero de 2016, fue encontrado muerto en su celda de la prisión de Alcalá de Henares, donde supuestamente se había quitado la vida colgándose de los cordones de sus zapatillas.

Hoy se cumplen veintiún años de aquel asesinato. Siempre en nuestra memoria.

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