LA MUERTE DE NAGORE LAFFAGE

6072018

6 de julio……………………y entonces sucedió que…………………………

………………….aquel domingo 6 de julio de 2008, la irunesa Nagore Laffage, de 20 años de edad, enfermera en prácticas en el departamento de Oncología de la Clínica Universitaria de Navarra, tras el tradicional “Txupinazo”, lanzado desde el balcón del ayuntamiento, situado en la plaza consistorial, anunciando el inicio de las fiestas de Pamplona, sus famosos sanfermines, hablaba distendidamente por teléfono con su madre, Asunción Casasola.

Nagore que suele acudir cada vez que tiene ocasión a su domicilio familiar de Irún, ya que este se encuentra a una distancia, de la capital de Navarra, de aproximadamente una hora y media de viaje por carretera en coche (cerca de 98 kilómetros), este fin de semana, con motivo del arranque de las fiestas, ha decidido quedarse en Pamplona. Madre e hija mantienen contacto telefónico de manera permanente. Le dice a su madre que ese domingo en principio, no tiene previsto salir de casa hasta la hora de la cena, ya que al tener festivo el lunes (día 7) y tener que entrar a trabajar el martes por la tarde, quiere aprovecharlo para irse de fiesta. Ninguna de las dos es consciente, en aquellos momentos, que aquella sería la última vez que mantendrían una conversación.

Ataviada con el tradicional “uniforme de fiesta” (la indumentaria típica pamplonica) de estos días, Nagore sale a cenar y a tomar unas copas con sus amigas, para celebrar la primera noche de los aludidos festejos, de un día como hoy, 6 de julio, de hace diez años. Cuando regresa a casa, sobre las siete de la mañana, en las escaleras del portal de acceso a la vivienda de la calle Pedro I, se encuentra con sus compañeras de piso, que hablan con un joven, con el que se han topado en el trayecto de vuelta, y que ella conoce de vista.

Se trata de un médico residente de la especialidad de psiquiatría, de 27 años, José Diego Yllanes Vizcay, al que ella se acerca diciéndole algo al oído, tras lo cual, este pasándole el brazo por la cintura se marchan de allí, hacía el piso que tiene él en el barrio de San Juan, en el número 13 de la calle Sancho Ramírez. De esta forma, sin soltarla en ningún momento, este le cuenta que ha estado de fiesta, tomando unos “cachis” con su amigo Dani en el “bar Cavas” de la cuesta de Labrit (una zona de ocio del casco antiguo de Iruña), en donde a modo de anécdota, jocosamente le comenta, que incluso han llegado a orinar en la barra del referido lugar (mientras conversa, este “olvida” y omite hacer mención que durante buena parte de la noche iba acompañado de su novia, médico también, que había dejado responsablemente en la puerta de su casa antes de encontrarse con sus compañeras de piso).

Al llegar al portal comienzan a acariciarse, se besan, actos que se repiten en el interior del ascensor (según manifestaría José Diego posteriormente, de manera consentida). Dentro del piso, la situación sin embargo de pronto varía, cuando este comienza a actuar de una manera más violenta, llegando incluso a arrancarle la ropa interior, en un arrebato de pasión que no es entendido de la misma manera por ella, llegando a asustarla, por lo que le pide detenerse de inmediato, de un acto, del que más tarde y en sesión judicial aquel lo tildaría de “mal entendido”.

Curiosamente, aquel médico en la especialidad de psiquiatría, que tiene como objetivo profesional el asegurar la adaptación del individuo a las condiciones de su existencia, no fue capaz de entender y aceptar la negativa de la joven, que temerosa más que excitada, le pedía la dejase marchar, pero este, según afirmaría en el juicio abierto posteriormente –“Queriendo acabar las cosas con cordialidad”- no la dejó salir del piso enzarzándose en una acalorada discusión de la que acabaría propinándole una brutal paliza, asestándole treinta y seis golpes repartidos por todo el cuerpo, llegándole a partir la mandíbula y dos horas más tarde provocarle la muerte mediante asfixia por estrangulamiento.

Durante las dos horas y media que duró esta, la joven tuvo tiempo de poder efectuar una llamada de auxilio cuando pasaban cuatro minutos de las diez de la mañana al número de emergencias 112, desde el mismo móvil del agresor, aprovechando un descuido de este, mal herida, en el que puede escucharse como con apenas un hilo de voz, decir -“me va a matar”- (https://youtu.be/zNRDQ1QQYLA).

Una vez muerta, Yllanes, le seccionó la yema del dedo índice para dificultar de esta forma su identificación, intentando descuartizarla, pero deteniéndose ante la dificultad del proceso al no disponer de los útiles necesarios para ello, llamando a un compañero de planta del hospital, Guillermo Mainier solicitándole ayuda, el cual le aconsejaría llamar a la policía (realizándola él mismo, tras colgar el teléfono).

Tras la negativa de aquel a prestarle la ayuda solicitada y no querer realizar aquella llamada aconsejada a la policía, fue a buscar el coche de su padre estacionado en el garaje de su domicilio familiar en el número 5 de la Travesía de Acella, en el que trasladaría en tres bolsas el cuerpo sin vida de Nagore, hasta una zona boscosa en el valle de Erro, próxima a Orondritz, a unos 40 kilómetros de Pamplona, donde sus padres tienen una vivienda.

En el juicio celebrado posteriormente fue acusado de asesinato solicitándole una pena superior a los veinte años de prisión. Tras el mismo, reconociendo su culpabilidad fue declarado culpable de un delito de homicidio y condenado a una pena de doce años y medio.

Ya lo dejó escrito el poeta latino Décimo Junio Juvenal, en el siglo I, -“El castigo más importante, sin duda, del culpable, es el de no ser absuelto nunca por el tribunal de su propia conciencia”-

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