JUAN PABLO I, EL PAPA DE LA SONRISA

280918

28 de septiembre………………….y entonces sucedió que……………….

…………………….la muerte, el domingo 6 de agosto de 1978 del papa Pablo VI, a sus ochenta y un años de edad, tras quince, al frente de la iglesia católica, como soberano de la Ciudad del Vaticano, iniciaba el reglamentario proceso del nombramiento de su sucesor, que diecinueve días más tarde, el viernes 25 de agosto, reunía a tal efecto, a ciento dieciséis cardenales, excluyendo del aludido cónclave a catorce, al ser mayores de ochenta años, que según establecía una norma dictada en 1970, precisamente por el mismo santo padre fenecido, quedaban fuera del proceso de selección.

Muchas han sido las anécdotas a lo largo de los siglos sobre este procedimiento relativo a la elección del nuevo sumo pontífice que desde el año 532,  una vez aceptado su nombramiento como herederos de Pedro, solían elegir nuevo nombre. Hasta el mencionado año, los papas utilizaban sus nombres de pila, junto con el lugar de su procedencia. Así, como sucesores de Pedro al frente de la iglesia católica encontraríamos a los papas Lino de Volterra, Anacleto de Grecia, Hormisdas de Frosinone, hasta la llegada, tras la muerte de Bonifacio de Roma, del quincuagésimo quinto pontífice, llamado Mercurio de Roma, que para evitar mantener el nombre de un dios pagano, cambió este por el de Juan II, siendo este gesto desde entonces imitado por sus sucesores.

Los dos tercios necesarios para alcanzar la llamada fumata blanca que anuncia la llegada a buen puerto del cónclave, encerrados bajo llave, sobre el nombramiento de aquel, en ocasiones no ha sido tarea sencilla de realizar. Tras la muerte de Clemente IV, en noviembre de 1268, las tensiones internas entre los cardenales presentes no facilitarían la elección a la postre de Tebaldo Visconti investido como Gregorio X empleando para ello cerca de casi tres años (treinta y tres meses), siendo desde aquel instante aplicable la norma de recibir, los cardenales sometidos al proceso, una sola comida diaria, una vez cumplida la tercera jornada de reuniones, y extendiéndose más allá de la octava, limitando aquella a percibir únicamente pan, agua y vino.

En esta ocasión, para la elección del que iba a ser el ducentésimo sexagésimo tercer papa (263), en apenas veinticuatro horas, sobre las siete de la tarde del ya sábado 26 de agosto de 1978, en su tercera sesión de escrutinios, era elegido pastor supremo, Albino Luciani, de sesenta y cinco años de edad, cardenal muy poco conocido fuera de Italia, desde hacía ocho años patriarca de Venecia, de origen muy humilde, que no entraba, en un principio, en la terna de los “favoritos”, como el arzobispo de Florencia, Giovanni Benelli, gran colaborador y amigo íntimo del papa fallecido, o Sebastiano Baggio, uno de los tres presidentes de la tercera conferencia del episcopado para América Latina.

No sería esta la única sorpresa, ya que preguntado solemnemente, tal y como recoge el protocolo establecido, con que nombre deseaba ser conocido a partir de entonces como santo padre (Quomodo vis vocari?), elegía uno compuesto, por vez primera en toda la historia del pontificado romano, Juan Pablo I (en honor a Juan XXIII y Pablo VI, sus dos predecesores, agradeciendo al primero, por haberle nombrado obispo y al segundo, por su elección como cardenal), y que acabaría siendo conocido como el “papa de la sonrisa”.

El primer sorprendido por su elección fue él mismo, (al igual que le sucediera en su día a Giovanni Mastai Ferreti, encargado de leer las papeletas que le conferían el papado como Pío IX, en junio de 1846), no dudando en “recriminar” (eso sí, cristianamente) semejante acto a sus compañeros del cónclave que al acercarse a abrazarle en señal de felicitación les espetaba un –“Dios os perdone lo que estáis haciendo”-.

Desde el mismo instante que el cónclave daba comienzo, un grupo de cuatro monjas pertenecientes a la compañía de la Niña María, Elena Maggi (como responsable de los aposentos pontificios), Margherita Marin (encargada de las vestimentas de la sacristía y la atención personal del papa), Vincenza Taffarel (enfermera) y Cecilia Tomaselli (la cocinera) recibían el encargo de preparar la llegada del nuevo santo padre.

Treinta y tres días después de esta elección, el 28 de septiembre, de un día como hoy de hace cuarenta años, la hermana Margherita Marin, a eso de las cinco y media de la mañana, esperando en el ascensor interno que les sube la compra diaria, observa que la taza de café, que como cada mañana le deja sor Vincenza en la misma puerta de la sacristía al santo padre, continúa intacta. Se había convertido en habitual dejarle un café preparado por la hermana Taffarel (con quien el papa tenía mayor trato, de años anteriores) en aquel habitáculo próximo a sus aposentos personales que tomaba antes de iniciar el rezo de la mañana, que se prolongaba hasta las siete de la mañana, hora en la que daba comienzo la misa del día.

Aquella taza ya fría en la mesa de la antecámara, alarmó a la hermana Marin, que daba aviso de ello a sor Vincenza Taffarel, decidiendo alarmadas llamar a la puerta de aquellos aposentos, abriendo la misma, al no recibir contestación alguna, tras varios intentos infructuosos. Al entrar allí, recostado sobre la cama, con la luz encendida, se encontraba Juan Pablo I, con sus gafas puestas, la cabeza ligeramente ladeada, con ambas manos sobre el pecho y sujetando tres folios en una de ellas. Parecía que se había quedado dormido, mientras  preparaba alguna homilía, presentando una ligera sonrisa que asomaba en su rostro.

Avisado urgentemente el doctor Renato Buzzonetti, certificaba oficialmente la muerte de aquel, como consecuencia de un “infarto de miocardio agudo”, no exento de cierta controversia que le acompañaría desde entonces, llegándose incluso a señalar el óbito como resultado de un envenenamiento, e incluso de la ingesta masiva, probablemente por equivocación, de un vaso dilatador recetado por su ex médico personal, la misma noche, en conversación telefónica.

La versión oficial, facilitada dos horas más tarde, fue que su secretario personal, el irlandés John Magee, fue quien encontró al pontífice extinto en sus aposentos al no hallarse en su lugar habitual de rezo matutino.

La periodista italiana Stefania Malasca, publicaba el libro “Papa Luciani, crónica de una muerte” que veía la luz el mes de noviembre de 2017, afirmaba que el último papa italiano había fallecido por causas naturales, como consecuencia de un ataque al corazón, y no asesinado.

Un breve y fugaz papado de quien sin embargo dejó un recuerdo eterno, que llegó a afirmar cuando veía que era elegido –“me habría gustado desaparecer, sin llamar la atención, después de aquel tercer escrutinio” –.

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s