LA DECISIÓN DE MIKE COUILLARD

25enero

25 de enero……………………………..y entonces sucedió que………………………

………………………….el teniente coronel de las Fuerzas Aéreas de los Estados Unidos Mike Couillard, destinado en la “IX Ala del Escuadrón del aire” de la base aérea de Incirliken (Turquía), había decidido pasar aquel domingo 15 de enero de 1995 junto a sus dos hijos, Mark de trece años y Matthew de diez, esquiando en la estación de Kartalkaya, sin duda, una de las mejores de todo el país, por su grado de dificultad y sus dos mil doscientos metros de desnivel, alejada de los tradicionales circuitos turísticos, en la sierra de Köroğlu, en la provincia turca de Bolu.

El día había salido perfecto para la práctica del esquí, que aquella estación ofrece con sus más de 2.200 kilómetros transitables distribuidos en catorce pistas con tramos de nieve, con más de tres metros de espesor, que recorren las arboledas de abetos y frondosos pinos que componen aquellos bellos parajes.

Tras realizar varios descensos decidieron hacer un descanso para comer algo en uno de los bares que la estación dispone. La jornada matutina hasta aquel momento había resultado muy gratificante. Hacía frío pero el cielo despejado ofrecía unas condiciones inmejorables, por lo que decidieron, después del almuerzo, realizar una última bajada.

En aquel intervalo de tiempo Mike llamó a su mujer, Mary, que se había quedado en la base con su hija pequeña, Marissa, de ocho años de edad. Tras la breve pausa y una vez repuestas las fuerzas, Mark, que se había encontrado unos amigos pertenecientes a su grupo de “Boy Scouts” decidía quedarse con ellos, mientras que Mike Couillard y su hijo pequeño Matt regresaban a las pistas, hacia la cuesta más complicada, para realizar un último descenso antes del cierre, dejándose llevar por las buenas sensaciones tenidas.

El clima, conforme se dirigían a la cima de la montaña de la pista de Köroğlu Lift, iba cambiando con rapidez. Una densa niebla comenzaba a hacer acto de presencia, y junto a ella, los primeros copos de la que acabaría resultando ser una intensa nevada. Al iniciar el descenso, se vieron sorprendidos además por un fuerte vendaval que los desorientaría, a pesar de la experiencia de Mike. Ante la escasa visibilidad que se hizo patente con aquella ráfaga de viento y nieve comenzaron a bajar, tomando como referencia el cableado utilizado para los remontes. Mike Couillard estaba convencido de que si no perdía de vista aquellos cables, podrían regresar sin complicación alguna, por lo que buscando cierta protección entre los pinos adyacentes continuaron su descenso.

Pero las condiciones extremas climatológicas arreciaron con tanta intensidad que de pronto se hizo prácticamente de noche, apenas podían ver más allá de la espátula de sus esquís (la parte curva delantera), perdiéndose entre aquellos árboles. Absolutamente desorientados decidieron subir la montaña para poder divisar desde lo más alto el complejo hotelero que se encuentra a pie de pista. Pero aquella maniobra lejos de procurar el resultado esperado acabó por confundirlos aún más, siendo conscientes, tres horas más tarde, que definitivamente estaban perdidos.

Mike Couillard de treinta y ocho años de edad y su hijo Matt de diez fueron dados por desaparecidos, oficialmente, al terminar la noche del domingo 15 de enero.

A pesar de su amplia formación militar la presencia de su hijo pequeño limitaba mucho su capacidad de actuación. Durante unos momentos, tratando de buscar rápidamente un refugio, para protegerse de la llegada de la fría noche, intentó llevarlo sobre sus propios hombros, pero la nieve, que era demasiado profunda, no les permitía avanzar.

Encontraron una diminuta cueva de unos setenta centímetros de alto por dos metros de profundidad, en la que pasaron la primera noche protegidos. Y desde esa misma noche, poniendo en práctica todo lo aprendido sobre supervivencia, trataron de hidratarse con la nieve que les rodeaba, aunque sin el resultado esperado, ya que al ingerir hielo, si bien es cierto que desciende la temperatura corporal, no procura el líquido necesario. Por suerte, muy cerca de allí encontraron un pequeño arroyo de montaña que les proporcionaría el agua que necesitaban, aunque para poder llevarla hasta el “refugio” necesitaron sus botas a modo de recipiente.

Aquel temporal de nieve, aire y frío se prolongaría durante tres largos días, borrando cualquier huella o rastro de ellos. Cuando por fin la tormenta cesó, cerca de quinientos voluntarios de las fuerzas aéreas, de las fuerzas especiales del Ejército y de comandos turcos, salieron en su búsqueda, utilizando helicópteros UH-60 Blackhawk estadounidenses, así como los UH-1 turcos.

Padre e hijo, con las ropas congeladas, sin más víveres que las proporcionadas por un puñado de cinco golosinas que llevaba en su bolsillo Matt, comenzaban a presentar los primeros síntomas de congelación.

Al quinto día al escuchar el avance de los helicópteros salieron descalzos sobre la nieve agitando los brazos, pero aquellos, no los llegaron a ver. Sin ser conscientes, se habían alejado a una distancia de dieciséis kilómetros, por lo que tras realizar un par de pasadas por la zona, los grupos de rescate descartaron encontrarlos tan alejados.

En una de las salidas de reconocimiento que realizaba descalzo Mike Couillard, vio a lo lejos lo que parecía ser una pequeña cabaña, a una distancia que sabía que su hijo no podría realizar. Se debatió aquella noche en una decisión que debía tomar y que paradójicamente pasaba por dejarlo en aquella minúscula cueva, para pedir ayuda e intentar salvarle la vida.

Y así, calzándose como pudo las botas en sus pies llagados y doloridos, dejó solo a su hijo dirigiéndose hacia aquellas cabañas a las que llegaba una hora y media más tarde y ante su desesperación, sin encontrar a nadie que las habitase. Muerto de miedo, sabedor de que no tendría fuerzas para realizar inmediatamente el ascenso de vuelta pensó en su hijo, en la desesperación que le procuraba haberle fallado.

El 25 de enero, de un día como hoy de hace veinticuatro años, mientras se suspendían las tareas de rescate dándolos por muertos, Mike Couillard que trataba de regresar para encontrarse con su hijo, veía a lo lejos un camión de leñadores turcos, sobre el que con las pocas fuerzas que tenía comenzaba a gritar pidiendo ayuda. El primero en llegar, fue un leñador de sesenta y cinco años llamado Ismail Keklikci, que al verlo y reconociéndolo le preguntaba, -¿Yarbay?- (teniente coronel en turco), mientras le envolvía en una manta y mandaba al resto del grupo en busca del pequeño Matt, que era rescatado todavía con vida.

 Ya lo dijo el célebre compositor  Ludwig van Beethoven casi doscientos años antes, -“¡Actúa en vez de suplicar! Sólo así podrá cumplirse tu peculiar destino.” – 

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