EL CONCIERTO DE NIRVANA EN ESPAÑA

080219

8 de febrero………………………..y entonces sucedió que……………………..

 ……………aquel domingo 6 de febrero de 1994, tras actuar en Cascáis, a 38 Kms de distancia de Lisboa, decidían poner rumbo directamente hacia Madrid, recorriendo los cerca de 640 Kms que separan ambas capitales por carretera. Krist  Novoselic y Dave Grohl, el bajista y batería del grupo Nirvana, viajaban en un coche, mientras que Kurt Cobain, guitarrista, cantante y líder del grupo, lo hacía en otro, separado de los dos anteriores. Dos conciertos les aguardaban en España, uno en Madrid, previsto para el martes 8 de febrero y un segundo, en Barcelona, al día siguiente.

Durante la mañana del lunes el grupo hacía su entrada en el Hotel Villamagna, ubicado en el número 22 del Paseo de la Castellana. Estaban en la cumbre de sus carreras, tras el éxito conseguido con su segundo álbum discográfico, “Nevermind”, que en 1992 era nominado como mejor álbum de música alternativa y dentro de este, su primer tema “Smells Like Teen Spirit“ nominado, al año siguiente, como mejor canción de rock, considerada todo un himno para millones de jóvenes insatisfechos, englobados en la llamada “generación X”, y que podemos escuchar en el siguiente enlace https://youtu.be/hTWKbfoikeg. Ese mismo año de 1994 sería su último trabajo, “In Utero” el que resultaría igualmente nominado como mejor álbum de música alternativa.

Kurt Cobain lo tenía todo, pero paradójicamente, mientras alcanzaba la gloria musical y con ella el éxito personal, su adicción a las drogas y más concretamente a la heroína lo destruía lentamente por dentro. Atormentado desde su niñez, sin las necesarias habilidades sociales que le permitieran relacionarse con sus semejantes, Kurt, había desarrollado una atormentada personalidad antisocial al que acompañaba Boddah, su inseparable amigo imaginario.

Solitario, reservado, sensible, creativo y con esa extraña sensación permanente de vacío, de insatisfacción, de carecer de algo que se necesita, que hace falta para ser feliz, así era Kurt. Desde su llegada a Madrid no saldría de su habitación, ni para ocuparse de las obligaciones contractuales del concierto, de las que sí darían buena cuenta los otros dos componentes del grupo, que a media tarde ofrecían una entrevista en los estudios de la cadena 40 TV.

En aquella habitación de lujo del Villamagna, el cantante dejaría una muestra de su estado de ánimo en dos folios, con membretes del hotel, en el que escribía de su puño y letra su lenta adicción a una sustancia, de la que a pesar de ser advertido en su día, había llegado a desdeñarla con cierto desdén. Y así, escribía, -“…en enero, droguémonos por primera vez. Febrero tres seguidos y uno al final de mes. Marzo tal vez nada. En abril cinco y en mayo que sean diez días seguidos…”-.

El 8 de febrero, de un día como hoy, de hace veinticinco años, entonces martes, a las diez de la noche, Nirvana daba un concierto ante un abarrotado Pabellón de Deportes del Real Madrid, con un precio por entrada de tres mil pesetas (18 euros).

Al día siguiente, lo harían en el Palau dels Esports de Barcelona, partiendo desde allí hasta Roma, donde se reunía, en la habitación 541 del Hotel Excelsior, con su esposa desde hacía dos años, Courtney Love y su hija Frances Bean que por aquel entonces contaba con un año y medio de edad.

El 20 de febrero celebrarían el vigésimo séptimo cumpleaños del cantante y cuatro días más tarde su segundo aniversario de bodas. Su esposa le acabaría convenciendo para entrar en la clínica de desintoxicación Exodus en Los Ángeles. Antes de entrar en ella, Cobain le pidió un favor a su amigo Dylan Carlson, para que le consiguiera una Remigton M11 del calibre 20, una escopeta, según le explicaría para proteger su vivienda de posibles intrusos.

En aquel centro aguantaría unas escasas cuarenta y ocho horas, saltando el muro con la excusa de salir a fumar un cigarrillo, escapando de allí, regresando a su domicilio en el 171 del Lake Washington Boulevard, en Aberdeen, Seattle.

Allí, el 5 de abril, tras escribir una carta a su inseparable amigo imaginario Boddah, en la que le confesaba, entre otros asuntos, no sentir ninguna emoción, –“desde hacía demasiado tiempo, ni escuchando, ni creando, ni tampoco escribiendo música, ni siquiera haciendo rock and roll–“, colocaba la escopeta adquirida sobre su paladar, abriendo fuego y callando para siempre la voz de la generación X, entrando en el llamado club de los 27, de aquellos cantantes fallecidos a esa misma edad, consecuencia de las drogas, el alcohol o mediante suicidio (como Robert Johnson el rey del Blues del Delta, agosto de 1938, Brian Jones en 1969, Jimi Hendrix en 1970, Janis Joplin en 1970 o Jim Morrison en 1971, y que tras el aludido Kurt Cobain lo haría la cantante británica en 2011 Amy Winehouse).

A primera hora del viernes 8 de abril, el electricista Gary Smith de la empresa VECA Electric & Technologies con el encargo de instalar, en aquel domicilio, un sistema de alarma encontraba el cadáver irreconocible del cantante, dando aviso inmediatamente a la policía del hallazgo.

Y así, Kurt Cobain, aquel niño que con ocho años no supo asimilar la separación de sus padres, que padecía de crónicos dolores estomacales, heroinómano, atormentado, con dificultades para sobrellevar la fama ponía fin a una brillante carrera, dando origen al mito.

Ya lo dijo, él mismo, acertadamente; –“Si hubiera habido un curso por correspondencia para aprender a vivir como una estrella del Rock, lo hubiese seguido a rajatabla“–.

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