JUANA “LA LOCA”……..DE AMOR

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12 de abril………………………….y entonces sucedió que………………………….

……………………..tiene setenta y cinco años, lleva los últimos cuarenta y seis (desde los veintinueve) recluida en el palacio de Tordesillas, por orden de su padre Fernando de Aragón (al que llaman “el Católico”) ratificando dicho mandato, a la muerte de aquel, su propio hijo, el primer rey de España, Carlos I. Le llaman “la Loca”  y allí, a orillas del río Duero, en aquel retiro forzoso, siente durante el inicio de la primavera de aquel año de 1555 que las fuerzas comienzan a abandonarla por primera vez en su vida.

Juana es la tercera de los cinco hijos habidos en el matrimonio de la reina Isabel de Castilla y Fernando, que diez meses antes de su nacimiento, el 6 de noviembre de 1479, había sido nombrado rey de Aragón. De ella  destaca su inteligencia y carácter despierto, lo distinguidamente educada y culta que es, de refinado proceder y saber estar, de una gran belleza, con el rostro ovalado y la frente despejada, cabellos de color castaño claro y grandes ojos rasgados. Sus hermanos mayores Isabel y Juan (el heredero al trono) han sido educados de manera diferente a ella y a sus dos hermanas menores. Nadie le confiere ningún privilegio por su posicionamiento al nacer. Ninguno en la corte imagina que Juana pudiera ser reina de Castilla, como acabaría siendo, a la muerte de su madre, tras los fallecimientos de sus hermanos, Juan en 1497 e Isabel al año siguiente.

Las estancias en las que se encuentra no tienen ventanas abiertas, ya que estas han sido selladas con tablones de madera por disposición de su padre, por lo que sin luz natural que ilumine los aposentos, estos necesitan de la constante lumbre que proporcionan las velas.

Y en aquella penumbra, recuerda con nostalgia los juegos que realizaba de niña junto a sus hermanas María (que acabaría siendo reina de Portugal) y Catalina (primera esposa de Eduardo VIII de Inglaterra), en el palacio de Alcalá, cada vez más distanciadas de unos progenitores inmersos en sus obligaciones regias, dejándolas bajo la tutela de personas dignas de su confianza, como Beatriz Galindo, que les instruía en la lengua del latín (que por aquellas fechas venía siendo la utilizada por la diplomacia de las casas europeas) y a quien por ello, en la corte, conocían con el sobrenombre de “la Latina”.

Rememora la sensación de tristeza que le embargó, al cumplir los catorce, cuando su madre le contaba, de primera mano, la idea de concertar un doble matrimonio con los hijos del emperador Maximiliano I, solicitando la mano de Margarita para su hermano el príncipe Juan y de Felipe de Habsburgo con ella, tratando mediante esta alianza aislar políticamente a Francia. Ella por aquellos días se sentía atraída por un joven de la corte, hijo de un almirante genovés, al que llamaban Diego.

Y paradójicamente la sensación de inmensa felicidad que aquella política matrimonial, que acabaría llevándose a cabo, al cumplir los diecisiete, le produciría, a pesar de un más que complicado viaje de casi dos meses de duración. Y al acordarse de él sonríe, como siempre hace. Recuerda la primera vez que lo vio, como si fuera ayer, aquel 20 de octubre de 1496. La atracción física que sintieron fue instantánea, hasta tal punto que el novio ordenaba adelantar la fecha prevista del enlace nupcial, fruto de la pasión contenida.

Los primeros meses estuvieron acompañados de momentos colmados de la felicidad más absoluta, a pesar de que ni el clima ni las costumbres de Flandes eran, en modo alguno, como en el reino de Castilla. Y eso que a los pocos meses, Felipe ordenaba regresar al séquito que acompañaba a Juana, aislándola cada vez más de una corte que le demostraba que no era bienvenida. Aquella situación de soledad progresiva se vería agravada, con la creciente pérdida de interés de Felipe de Habsburgo, a quien el rey Luis XII de Francia llamaría en cierta ocasión “el Hermoso”, que aumentando progresivamente sus galanteos amorosos provocarán en ella unos celos enfermizos de los que acabará protagonizando determinadas escenas que llegarán a oídos de su madre en Castilla.

El matrimonio acabaría teniendo seis hijos, Leonor, Carlos (que acabará siendo rey de España y emperador de Alemania, y que curiosamente vendría al mundo en mitad de una fiesta a la que Juana se había empecinado en acompañar a Felipe, a pesar de su avanzado estado de gestación, movida por la desconfianza de dejarlo solo), Isabel, Fernando, María y Catalina.

Huelga decir que los celos no eran en modo alguno infundados, ya que sabido era por toda la corte de los numerosos escarceos que protagonizaba el ínclito personaje que llegaría a acuñar una de las expresiones más castizas que tuvo pronta difusión por los burdeles de Castilla, al organizar un pequeño observatorio astronómico en el que a los guardias que vigilaban el mismo, para no ser molestado, les advertía, -“subo con la dama al observatorio que la voy a poner mirando a Cuenca”-.

Con la muerte de su madre en noviembre de 1504 la lucha de poder entre su esposo y su padre acabarán por condenarla. En el mismo testamento de Isabel, ya advierte que nombra a su hija Juana como heredera del reino de Castilla, aunque señalando que en el caso de no “querer o entender su gobierno” fuera su marido Fernando el encargado de administrar este en nombre de su nieto Carlos, advirtiendo ya entonces la debilidad mental de aquella.

La codicia de Felipe el Hermoso acabará desplazando del poder a un Fernando de Aragón que se verá obligado a aceptar una regencia compartida, hasta ver como aquel  se autoproclama rey de Castilla, con el título de Felipe I.

Su muerte en 1506, acabará por acelerar el deterioro de la salud mental de Juana, que durante meses, protagonizará uno de los episodios más lúgubres de una comitiva, con el cadáver errante de aquel, camino de Granada, donde el “Hermoso” había señalado el lugar de su eterno descanso, y que abriendo aquel ataúd continuaría ofreciendo a su amado muestras de cariño.

En 1509, su padre ordenaba su reclusión forzosa en aquel palacio de Tordesillas, del que no volvería a salir jamás.

Y así, el 12 de abril, de un día como hoy, de 1555, fallecía Juana de Castilla, hija de los reyes Católicos, madre de Carlos I de España, V de Alemania, a quien la historia acabaría designando como “la Loca”. Loca, sí, pero de amor.

Ya lo decía la escritora francesa Françoise Sagan; -“He amado hasta llegar a la locura, y para mí, la única forma sensata de amar, es eso que llaman locura”-

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