EN MEMORIA DE SANDRA PALO

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17 de mayo………………….y entonces sucedió que………………………………………

…………………………….tiene veintidós años, aunque una leve discapacidad psíquica, apenas perceptible, le confiere la edad mental de una niña de doce. Casi no se le nota, salvo cuando hablas con ella que repite lo mismo varias veces. Sus padres, MariMar y Paco, le han dado permiso para salir este viernes a tomar algo con sus amigos del “Centro Ocupacional para personas con discapacidad intelectual” de Madrid, al que asiste diariamente, y celebrar así las fiestas de San Isidro, eso sí, llegando a una hora prudencial pues su hermano Isma, de nueve años, mañana sábado, 17 de mayo, celebra su Primera Comunión.

Son muy conocidos en el barrio de Las Margaritas de Getafe donde viven, ya que su padre regentó hace años una frutería. Sandra con su sonrisa siempre dibujada en su rostro, abierta y habladora con todos, es además muy querida en “las Margas”.

En el barrio recuerdan todavía aquel accidente que sufrieron, hace diez años, cuando ella, que entonces tenía doce años y su hermana Jessica diez, salían despedidas a través del parabrisas del vehículo que conducía su padre en el término municipal de Aldea del Fresno, en la llamada playa del río Alberche, un percance que las tendría ingresadas en el hospital del Niño Jesús bastante tiempo, fruto del cual le dejaría de recuerdo una cicatriz junto a su ceja izquierda que sabiamente disimula con el flequillo del pelo.

El viernes por la noche Sandra Palo Bermúdez sale de fiesta con sus amigos por Madrid. Sabe que no puede quedarse hasta muy tarde, por la comunión de Isma, pero esa noche se siente feliz. Sobre las doce y media, sus amigas se despiden de ella cerca de la plaza Elíptica de Carabanchel, quedándose con su amigo Juan Alberto, esperando el 441, el autobús interurbano que la llevará a Getafe.

En aquellos instantes, junto a ellos se detiene bruscamente un vehículo de color rojo (las investigaciones determinarán que aquel coche es un Citroën ZX posiblemente sustraído esa misma noche en la localidad de Alcorcón) a bordo del cual viajan tres menores, uno de catorce años Rafita o Pumuki, procedente del poblado chabolista de Las Mimbreras, dos de diecisiete, conocidos como los “Ramones”, Ramón Santiago y Ramoncín Manzano, y un cuarto viajante primo de Rafita, Francisco Javier Astorga de dieciocho años y por lo tanto mayor de edad, al que llaman El Malaguita.

Entre todos ellos acumulan cerca de setecientas denuncias por diversos delitos, como sustracción de vehículos, pequeños hurtos y robos con violencia y muy especialmente aquellos que requieren el empleo del denominado método del alunizaje.

Sandra y su acompañante Juan Alberto son obligados a subir al vehículo, a punta de navaja dirigiéndose hacia Getafe por la carretera A42, la autovía de Toledo, aunque a pocos metros el joven es obligado a bajarse del coche, no permitiéndoselo a ella, que a pesar de sus súplicas es llevada a un descampado ubicado en el kilómetro 8,200 en el término de Leganés, próximo a una empresa de fabricación de rótulos y decoración de vehículos, en donde será violada por el Malaguita y los dos Ramones, sujetada por el otro menor.

Una vez consumada la violación y cuando Sandra se está vistiendo, deciden que hay que acabar con su vida, para no ser delatados, embistiéndola con el coche, empotrándola contra el muro de la aludida empresa, procediendo a pasar por encima de su cuerpo en varias ocasiones (los informes forenses determinarán posteriormente que serían entre ocho y diez veces) provocándole múltiples fracturas costales, de la columna vertebral y de la pelvis, pero sin llegar a producir su fallecimiento. Dándola por muerta, con ánimo de eliminar cualquier rastro de la violación, los cuatro acuden a una gasolinera cercana donde compran un poco de gasolina, que utilizarán para rociar el cuerpo de la joven, que con un hilo de vida todavía mueve los brazos cuando estos regresan, tratando de erguirse, tras lo cual, la incineran.

A primera hora del sábado 17 de Mayo de 2003, la familia denuncia su desaparición en la comisaría de la calle Churruca de Getafe, para dirigirse, con aquella inquietud, a celebrar la comunión del pequeño de la casa. Sobre esa misma hora, faltando veinte minutos para las ocho de la mañana, un camionero que circula en dirección a Toledo divisa algo tendido en mitad de un camino sin asfaltar, perpendicular a la autovía por la que transita, que llama su atención.

Al acercarse descubre los restos de la joven parcialmente calcinados dando aviso inmediato del hallazgo a la Policía que desplaza al lugar de los hechos agentes del Grupo VI de Homicidios de la Jefatura Superior de Policía, que tras tener conocimiento de la denuncia de la desaparición de la joven, solicitan a la familia su personación para una posible identificación.

Durante el mes siguiente de junio fueron detenidos los cuatro miembros de la banda.

Setenta y un días más tarde, el 28 de julio de 2003, recibía cristiana sepultura en el cementerio getafense de Nuestra Señora de la Soledad.

En sentencia de 13 de octubre de 2003, los tres menores, como coautores materiales de un delito de detención ilegal, tres violaciones y un asesinato, eran condenados por el Juzgado de Menores número 5 de Madrid a cuatro años de internamiento en régimen cerrado para el menor de catorce años, Rafael García, Rafita, completada por otra pena de libertad vigilada de otros tres años y un internamiento de ocho años completada con otra de cinco años de libertad vigilada para Ramón Manzano y Ramón Santiago.

El único mayor de edad en el momento de producirse los acontecimientos, Francisco Javier Astorga era condenado a una pena de sesenta y cuatro años de prisión, de los que por ley debería cumplir un máximo de treinta años y que a día de hoy permanece recluido en la prisión de Herrera de la Mancha en Ciudad Real, en palabras del fiscal del caso en sus conclusiones, para pagar una de las muertes más desproporcionadas, viles, inhumanas y sangrantes que existen.

Durante años los padres han luchado por conseguir una reforma de la llamada Ley del Menor, tratando de rebajar la edad penal para los delitos más graves, argumentando que quienes cometen delitos de adultos deben ser, en consecuencia, castigados como tales. Nuestra legislación establece que los menores de catorce años son inimputables y por tanto no se les aplica los tipos penales previstos en el Código Penal.  

Eduquemos adolescentes maduros…

–“Cuidar a las personas, a las cosas, a la vida es un acto de madurez” – (Tracy McMillan, escritora y guionista estadounidense, experta en relaciones)

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