LA NOVIA DE MONTREAL

1907

  19 de julio……………………..y entonces sucedió que……………………………….

…………………………tras las convulsas Olimpiadas celebradas en Munich en 1972 llegaban, cuatro años más tarde, las de Montreal con la negativa a participar en las mismas de un total de veintisiete países africanos que solicitaban la exclusión de Nueva Zelanda, al haber disputado un partido de rugby en tierras sudafricanas, desoyendo el veto al apartheid. Únicamente Costa de Marfil y Senegal decidían, de todo el continente africano, acudir a Canadá.

Al boicot de los países africanos se le unía el de la República Popular China y la República de China. La primera se negaba a participar como consecuencia del reconocimiento que el Comité Olímpico Internacional (COI) hacía sobre la división de ambas partes, la segunda, al ser obligada a concurrir bajo la denominación de “Taiwán”. Por lo que en total, de los ciento veintiún países que participaron en las de 1972, acudían a Montreal tan solo noventa y dos.

La organización canadiense sin embargo fue un rotundo éxito. La inauguración de un nuevo aeropuerto, el de Montreal-Mirabel, un año antes, junto a la extensión de la nueva línea 1 del metro, la pavimentación de nuevas autopistas, y nuevas instalaciones deportivas, fueron acompañadas de la construcción de un nuevo Estadio Olímpico, en el número 4549 de la avenida de Pierre de Coubertain, diseñado por el arquitecto francés Roger Taillibert, que cuatro años antes había construido el del Parque de los Príncipes de París.

El sábado 17 de julio de 1976, daban comienzo los Juegos, mediante el encendido del pebetero, que en esta ocasión y para suavizar las dificultades políticas derivadas de la doble realidad cultural de Canadá, el entorchado olímpico era llevado por una pareja y no por una sola persona. Así, Sandra Henderson de dieciséis años, francófona, junto a Stephane Prefontaine de dieciocho y de habla inglesa, en representación de ambas comunidades canadienses, prendían la llama conjuntamente.

Se batieron cinco records mundiales y siete olímpicos. En el medallero final el primer puesto acabó siendo para la extinta Unión Soviética con ciento veinticinco medallas, de las que cuarenta y nueve eran de oro, seguida por una sospechosa Alemania Oriental (RDA) que con el denominado Plan Estatal 14.25, con el dopaje sistemático de todos sus atletas participantes, obtenía cuarenta oros, seguida en tercer lugar por los Estados Unidos que conseguía treinta y cuatro oros. 

Destacaron atletas como el finlandés Lasse Viren oro en las pruebas de fondo de 5000 y 10000 en Munich que volvía a repetir y hacer doblete en Montreal, o el atleta soviético Viktor Saneyev especialista en el triple salto que lograba su tercer oro consecutivo tras haberlo conseguido en México 1968 y en Munich 1972, o el húngaro, MiKlós Némteh lanzador de jabalina que alcanzaba el record del mundo y el oro olímpico, habiéndolo logrado veintiocho años después de haberlo conquistado su padre, Imre Németh, en la prueba de lanzamiento de martillo en los Juegos de Londres de 1948, y por último el nadador estadounidense John Naber que se llevaba cuatro medallas de oro y una de plata.

Pero sin duda alguna, la “novia de Montreal” fue una atleta llamada Nadia Comăneci, de un metro y cincuenta y tres centímetros de altura y apenas 40 kilogramos de peso procedente de Onesti, Rumanía, de catorce años de edad, que rompía todos los registros hasta la fecha, obteniendo por primera vez en la historia de unos Juegos Olímpicos la máxima puntuación que una gimnasta había podido conseguir, la perfección, un diez.

Descubierta a los seis años de edad por el entrenador Béla Károlyi, antiguo lanzador de martillo que junto a su mujer Marta revolucionarían la gimnasia de la Rumanía de Ceaucescu, Nadia comenzaba a recoger los frutos de tanta dedicación ocho años más tarde.

Las favoritas eran la chechena Ludmila Turíshcheva, entonces bajo pabellón Soviético y su compatriota de equipo, la bielorrusa Olga Kórbut, verdadera estrella de los Juegos de Munich 72.

El 18 de julio de 1976, la menuda gimnasta de coletas adornadas con lazos rojos y el número 73 a la espalda hacía su debut en la especialidad de barras asimétricas. En las recientes pruebas de la American Cup, celebradas durante el mes de marzo, se había llevado una extraordinaria puntuación de un 10.00. En la foto de aquella competición posaba junto al ganador del oro masculino Bart Conner con quien curiosamente veinte años más tarde, en 1996, contraería matrimonio.

Está a punto de hacer historia convirtiéndose en todo un hito a sus catorce años, tras realizar un ejercicio perfecto con una duración de veinte segundos que le proporcionaría el primer 10 de la historia olímpica. El marcador oficial de los Juegos Olímpicos, el Swiss Timming de la casa Omega no ha sido diseñado para dos dígitos, tomando si quiera la posibilidad de una prueba perfecta, puntuando la prueba con un 1.00. Antes de acabar la noche del lunes, Nadia Comăneci volvía a obtener otro diez en la barra de equilibrios.

El 19 de julio de un día como hoy, de hace cuarenta y tres años, la prensa internacional abría sus portadas con el vuelo de la gimnasta a la salida de las barras asimétricas que parecía levitar junto a la sorprendente cifra del marcador. Ese mismo martes 19 volvería a conseguir cinco dieces más, sumando un total de siete y llevándose tres medallas de oro (curiosamente materializando el dorsal 73 que llevaba).

Sirva pues esta reseña para conmemorar el encumbramiento de aquella niña que tuvo que dejar de jugar como otros niños de su edad para poder competir al más alto nivel. Por aquellos, como ella, que lucharon, luchan y siguen luchando por hacer realidad sus sueños.

La revista neoyorkina Newsweek tras los juegos proclamaba –“Ha nacido una estrella”- y el Time en su portada publicaba su foto y decía, –“Ella es perfecta”-, contando con la aprobación general de la prensa internacional, del resto de los atletas y del público en general.

Aunque Nadia, más tarde diría;  -“La perfección no es algo permanente, solo dura un instante”-

 

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