LAS ENFERMERAS DE LA PRIMERA GUERRA MUNDIAL

11102019

11 de octubre………………….y entonces sucedió que………………………………..

………………………………….el ultimátum dado por Austria a Serbia en julio de 1914 provocaba el estallido de la Primera Guerra Mundial. Junto a Serbia se aliaban Francia, Reino Unido, Bélgica y Rusia, mientras que al imperio austro-húngaro le asistía la todo poderosa Alemania. El conflicto, que se preveía de corta duración, fue eternizándose hasta desangrar poco a poco a todos aquellos países implicados en la contienda, en la que tendría un papel fundamental la táctica desarrollada en las trincheras, ampliándose, con el tiempo, la participación de los estados beligerantes hasta convertirla en una guerra de alcance internacional sin precedentes.

Los soldados franceses al inicio del conflicto vestían uniformes de color azul, lo cual les convertía (valga la expresión por el color) en blanco fácil, mientras que los alemanes lo hacían en un tono pardo oscuro que los mimetizaba con el entorno. Sin embargo, ambos bandos carecían de protección eficaz para la parte de la cabeza, pues hasta bien entrada la guerra no desecharon las viejas boinas de cuero por los más efectivos y modernos cascos de metal.

Los franceses, rusos, belgas y serbios cambiaron sus tradicionales gorras por el casco modelo Adrian, mientras que los británicos hacían lo propio por uno de ala de mayor anchura del ingeniero londinense John Leopold Brodie. Por su parte los alemanes renovaron su clásico casco prusiano de cuero con el pincho en la parte superior el Pickelhaube (que les hacía altamente visibles, delatándoles claramente), por otro que protegía más las zonas de las orejas y de la nuca, el Stahlhelm (casco de acero) diseñado por Friedrich Schwerd.

La igualdad armamentística inmovilizaría las tropas de ambos bloques beligerantes en aquellas trincheras pequeñas y húmedas, foco de enfermedades infecciosas, en donde ratas de gran tamaño y abundantes piojos causaban estragos entre los soldados. A las heridas propias de la guerra, derivadas de la metralla y del empleo de una nueva arma como era el gas, se unían enfermedades como el sarampión, paperas, tifus y una nueva dolencia, conocida como “pie de trinchera” en la que el constante contacto directo con un suelo frío, húmedo y en ocasiones encharcado afectaba a la circulación sanguínea de las extremidades inferiores que podría llegar a provocar la gangrena de estas siendo a veces necesaria su amputación.

Y con todo este triste panorama de innumerables heridos, enfermos y mutilados se hizo necesaria la presencia de un cuerpo voluntario de enfermeras que con ejemplar dedicación se vieron obligadas a lidiar, en innumerables ocasiones, con la falta de un instrumental adecuado y material necesario.

Tras la guerra de Crimea, Florence Nightingale fundaba una escuela para enfermeras en Londres. Dos años más tarde, en 1863, en Suiza Henry Dunant creaba la “Cruz Roja”, originariamente denominada “Comité Internacional de socorro a los militares heridos”, organización de carácter internacional de personal sanitario voluntario concebido para prestar su ayuda a aquellos heridos en conflictos bélicos. Miembro destacado de la Cruz Roja fue la bisabuela paterna del rey de España, Felipe VI, Victoria Eugenia de Battenberg, que en reconocimiento a su dedicación acabaría siendo conocida como “la reina enfermera”.

Inglaterra contaría con un servicio de enfermeras profesionales desde 1902 el “Imperial, de la reina Alexandra” que al inicio de la Gran Guerra contaba con unas trescientas inscritas y que al final de la misma, el 11 de noviembre de 1918, llegaría a alcanzar cerca de las diez mil.

Pero la guerra requería más ayuda y personal en campaña para hacer frente a las innumerables contingencias que día a día se sucedían. La duquesa de Sutherland sufragó con sus propios medios el envío de médicos y enfermeras a Francia y Bélgica estableciendo varios hospitales.

Miles de jóvenes voluntarias de clase media se ofrecieron rápidamente para formar parte como integrantes del denominado “Destacamento de Ayuda”, que con extensas jornadas, generalmente mal remuneradas, realizaban en un principio tareas de limpieza y aseo doméstico, aunque con el transcurso de la guerra y acuciadas por la falta de personal cualificado se les permitiría, entre otros asuntos, administrar medicamentos y cambiar vendajes.

Entre aquellas podemos destacar a Edith Elizabeth Appleton, que recogería sus duras vivencias en un diario que vería la luz publicado con el nombre de “Una Enfermera en el Frente” donde se relataban las jornadas que a veces daban comienzo a las seis de la mañana, finalizando más allá de las nueve y media de la noche, o también destacar a Marie Curie galardonada con dos Premios Nobel uno en 1903 de Física y otro en 1911 de Química, directora del servicio de radiología de la Cruz Roja francesa, o Dorothie Feilding de origen aristocrático que no dudaría en acudir al frente y ponerse a conducir una ambulancia para trasladar a los heridos a los hospitales, recibiendo por ello la medalla al valor de Gran Bretaña, la primera que se concedía a una mujer durante la contienda, o la escritora Agatha Christie que trabajando como enfermera escribía su primera novela, “El Misterioso caso de Styles” que vería la luz en 1920.

Pero entre todas ellas, merece mención especial Edith Cavell, enfermera inglesa perteneciente a la Cruz Roja que desempeñaba su trabajo en una Bélgica ocupada por los alemanes y que además de realizar las funciones de su cargo (salvando la vida de un gran número de soldados), colaboraría con los aliados facilitando la huida de la zona ocupada hacia Holanda, país neutral en aquellos tiempos, de cientos de ellos, durante casi diez meses.

El martes 3 de agosto de 1915 era detenida y trasladada a la prisión de Saint-Gilles en Bruselas donde permanecería hasta el 11 de octubre, de un día como hoy, de hace ciento cuatro años, en el que era juzgada y acusada por los alemanes de un delito de alta traición siendo por ello condenada a morir ejecutada por un pelotón de fusilamiento que tendría lugar durante el amanecer del día siguiente, 12 de octubre de 1915.

La detención y posterior ejecución de la enfermera británica causó un gran malestar entre las potencias aliadas e incluso entre aquellas que se habían declarado neutrales, como los Estados Unidos, que solicitaron la aplicación de la convención de Ginebra en virtud de la cual se debería proteger al personal sanitario durante los conflictos armados.

Rindamos pues con este post un tributo a todas aquellas personas que con dedicación y entrega se ocupan del cuidado de los enfermos (incluyendo médicos y a todo el personal sanitario).

Y es que, no debe ser fácil ser enfermera. Como bien dice Donna Wilk Cardillo autora, entre otras, de la “Guía Profesional para enfermeras”;

-“Cualquiera no puede ser enfermera, se requiere de fuerza, inteligencia y compasión, cuidar de los enfermos del mundo con pasión y hacer el bien sin importar lo exhausta que estés al final del día”-.

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s