McCARTNEY DEJA LOS BEATLES

10042020

10 de abril……………………..y entonces sucedió que…………………………….

……………estaban cansados de tanta gira y hartos de dar conciertos en directo. Aquel ofrecido el lunes 29 de agosto de 1966 en el Candlestick Park, el estadio en el que por aquel entonces jugaba el equipo de fútbol americano de los 49 ers de San Francisco, con once canciones en poco más de treinta minutos, en un escenario que más bien parecía una jaula, había sido el último, y así lo comunicaba a los medios Tony Barrow, su jefe de prensa. Ringo, George, Paul y John estaban deseando regresar a los estudios de grabación para componer canciones que era lo que verdaderamente les gustaba alejándose así del mundanal ruido mediático que provocaban, allí donde iban.

Aquella frase que John le había dicho durante el mes de marzo pasado a la periodista Maureen Cleave para el London Evening Standard en la que afirmaba que los Beatles probablemente eran más populares que el propio Jesucristo, definía muy bien el sentir de los cuatro de Liverpool durante aquel año de 1966. Necesitaban una gran dosis de paz y de tranquilidad.

Así que cuando Pattie Boyd, la mujer de George, tuvo noticias sobre la visita del yogui Maharishi Mahesh al Hotel Hilton de Londres, donde al parecer tenía previsto dar una conferencia, no le fue difícil convencer al grupo entero para acudir. Habían oído hablar mucho de él y de su técnica de Meditación Trascendental. La noche del jueves 24 agosto de 1967 George, Paul y John con sus respectivas mujeres Pattie, Jane y Cynthia asistían a ver al Yogui. Ringo y Maureen no pudieron ir porque cinco días antes habían vuelto a ser padres, de su segundo hijo, Jason.

Al acabar la conferencia se acercaron en un reservado a hablar con el gurú religioso, del que habían quedado hechizados por su enorme personalidad. Maharishi Mahesh les comentaba que ese mismo fin de semana tenía previsto realizar un retiro espiritual en la ciudad galesa de Bangor, de diez días de duración y al que deseaba acudieran todos ellos.

Y así desde la estación de Euston, en el distrito de Camden de Londres, partían al día siguiente, viernes 25 de agosto, toda la tropa; George, Pattie y su hermana Jenny, Paul y Jane, Ringo y Maureen, John y Cynthia, Mick Jagger y Marianne Faithfull, y el técnico de sonido Alexis Mardas al que John llamaba cariñosamente “Magic Alex”.

Brian Epstein, el manager de los Beatles no acudió a Bangor. Hacía apenas un mes y medio que había fallecido su padre y decidía recluirse en Kingsley Hill, una casa de campo que tenía en Warbleton, a una hora y media de camino en coche al sur de su residencia de Londres, en el lujoso barrio de Belgravia. Por primera vez en muchos años no acompañaba a los chicos, ni tampoco lo hacían sus asistentes Neill Aspinall y Mal Evans.

Brian se alejaba de Londres para refugiarse junto a sus colaboradores Peter Brown y Geopffrey Ellis en la casa donde habían celebrado por todo lo alto, un par de meses atrás, el lanzamiento de Sgt. Piper el octavo álbum del grupo.

Alojados en el Bangor Normal College la segunda noche acudieron a cenar todos ellos acompañados del periodista Hunter Davies a un restaurante chino. Estuvieron a gusto porque en aquel local nadie parecía reconocerles. Al pedir la cuenta es cuando se dan cuenta que ninguno de ellos lleva dinero en metálico. Estaban tan habituados a que les llevaran aquellos pequeños asuntos cotidianos del día a día que no disponían de efectivo. Las risas parecieron incomodar al camarero del local que sin saber quiénes eran creía que aquel grupo de ruidosos clientes de pelo largo se querían ir sin pagar. George Harrison llorando de la risa extraía de su bota derecha un billete de 20 libras.

El domingo salía un sol radiante, pero una llamada telefónica oscurecía aquel día y casi el destino de todos ellos. Peter Brown, comunicaba a John Lennon la muerte de Brian Epstein, al parecer por una mezcla compuesta por seis pastillas de carbitral y la ingesta de grandes dosis de alcohol, para aliviar su insomnio.

Aquel 27 de agosto de 1967, a los treinta y dos años fallecía no solo el representante de los Beatles sino la pieza angular sobre la que descansaban los diferentes egos de aquellos cuatro músicos de Liverpool, y en palabras de Paul McCartney –“El auténtico quinto Beatle”–, una presencia constante en sus vidas.

Antes si quiera de llegar a entender el alcance de las palabras que le llegaban del otro lado del teléfono, John pensaba para sus adentros, –“La hemos jodido” –, consciente de la incapacidad manifiesta de todos ellos de poder hacer algo diferente que no fuera tocar música, mientras un escalofrío le recorría toda la columna vertebral.

Y no se equivocaba. Los cuatro tuvieron que implicarse en una parte de aquel negocio por el que hasta entonces no habían mostrado el más mínimo interés. Sin la presencia de Brian que apaciguaba sus egos y enfrentamientos Los Beatles comenzaron a perder su propósito común, encaminándose cada vez más a proyectos individuales. Lennon y McCartney paulatinamente más distanciados por sus diferencias artísticas, Ringo inmerso en su nueva faceta de actor y Harrison que había demostrado sus dotes de buen compositor con cada rechazo a sus propuestas musicales sentía una mayor frustración.

Ante la imposibilidad de poder coincidir todos en una posible gira ante sus cada vez más distanciadas ocupaciones personales daban en enero de 1969 un concierto improvisado en la azotea del edificio Apple. Dos meses más tarde John contraía matrimonio con Yoko Ono cuya presencia cada vez más habitual, incluso durante las grabaciones, desoía claramente un acuerdo tácito del grupo en el que se vetaba la presencia de novias, parejas o mujeres de los miembros de la banda en el estudio.

El viernes 10 de abril de un día como hoy, de 1970, de hace exactamente cincuenta años, Paul McCartney anunciaba mediante una nota de prensa insertada en el Daily Mirror que dejaba Los Beatles, ante la consternación de todos sus fans y seguidores.

Ocho meses más tarde, el 31 de diciembre Los Beatles anunciaban su disolución definitiva

–“Las despedidas siempre duelen, aun cuando haga tiempo que se ansíen” – (Arthur Schnitzler, dramaturgo austríaco).

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