BOSTON 1967; LA MARATÓN DE TODAS LAS MUJERES

1704

17 de abril……………………………y entonces sucedió que……………………………..

 ………….mira absorta por la ventanilla de aquel autobús que la traslada desde Nueva York hasta la ciudad de Boston, en un viaje en el que Arnie, su entrenador, había decidido que realizara, junto a todo el equipo, aquel lunes 17 de abril, de un día como hoy, de 1967, para llegar con tiempo suficiente y en las mejores condiciones posibles a la carrera del miércoles 19, su primera maratón. Faltan todavía dos horas largas de trayecto, de las cinco previstas, y mientras escucha reír y cantar a los chicos, en la parte trasera del autocar, ella se va quedando adormecida.

Recuerda, mientras la lluvia comienza a golpear el cristal de su ventanilla, a su padre, alentándola a practicar atletismo en lugar de conformarse con ser animadora de algún equipo, algo que por aquel entonces no era lo habitual, pero es que su padre, el coronel Hommer Switzer, la había educado con los mismos valores y derechos que si hubiera nacido varón.

A los doce años quiso entrar en el equipo de hockey hierba, empezando, para ganar algo de fondo, a correr distancias cortas, de poco más de un kilómetro. Era su padre quien la animaba a ampliar, cada vez más, aquellos recorridos. Kathrine era por aquel entonces una niña muy delgada y de aspecto frágil, que acabaría siendo rechazada en su deseo de formar parte de aquel equipo. Pero aquello de salir a correr cada día, fue convirtiéndose en una necesidad que le procuraba, al acabar de entrenar, la sensación de sentirse poderosa.

Hasta llegar a la Universidad no pudo realizar ningún deporte junto a sus compañeras, saliendo a correr en solitario al acabar las clases del instituto. Algunos vecinos al verla en sus correteos diarios por el vecindario pensaban que quizás a la chica le faltaba un hervor, pero Kathy cada vez que volvía a casa después de aquel esfuerzo se sentía libre y más viva que nunca.

Ya que por ser mujer tendría vetado un mundo que le apasionaba decidió estudiar, Comunicación Pública, y obtener el título de periodista deportivo. Recuerda su primer día en la Universidad neoyorkina de Siracusa, donde acabaría matriculándose, buscando alguna actividad deportiva para poder llevarla a cabo, no encontrando ni una sola para mujeres, de las veinticinco que había. Así que, si allí quería estar cerca del deporte, a lo máximo que podía aspirar era a ser animadora. Pero ella no se iba a conformar con eso, quería algo más.

Una tarde cualquiera se acercó a las pistas de atletismo donde sabía que entrenaba el equipo masculino de “campo a través”, preguntándole a su entrenador si podía practicar con ellos. Tras quedarse atónito ante aquella solicitud y advirtiéndole que no podría federarla, le dio la bienvenida. La verdad es que todos se portaron genial con ella desde el primer momento.

Allí conoció a su novio Tom, al que escuchaba reír a carcajadas al fondo del autobús, y al hombre que le cambiaría la vida para siempre, Arnie Briggs, un ex maratoniano de cincuenta años que acudía al campus voluntariamente con quien empezaría a entrenar distancias cada vez más largas, primero de diez kilómetros, luego doce y más tarde quince, mientras le contaba historias fascinantes sobre la maratón de Boston, y ante la determinación de ella de querer acudir, acabar preparándola para correr con solvencia aquellos 42 Kms.

Para poder registrarse oficialmente, una vez leído el reglamento y no observar nada al respecto sobre el género de los participantes, dando por descontado que todos eran hombres, lo hicieron a través del Club Syracuse Harriers (Club de corredores de Cross de Siracusa) mediante sus iniciales K.V. Switzer, siéndole asignado el número 261, a su novio Tom Miller el 290 y al entrenador Arnie el 490. 

Al llegar a Boston y bajar del autobús siente que hace mucho frío. Aquellos que les ven por la calle ataviados con sus ropas deportivas piensan que ella es la novia de uno de aquellos participantes de ese año que acude a darle ánimos. Nadie imagina siquiera que es la primera mujer que “de manera oficial” está a punto de participar en aquella prueba de resistencia, porque extraoficialmente el año anterior y sin dorsal ya lo hizo una mujer, Bobbi Gibb que acudía desde California y que sería rechazada su inscripción por el director de la carrera Will Cloney, argumentando que “genéticamente las mujeres no podían correr los cuarenta y dos kilómetros de la prueba”.

Desde que están en Boston no deja de pensar en la carrera y en lo que puede pasar cuando vean que quien lleva el dorsal 261 es una mujer. El miércoles 19, el día de la prueba, cuando llegan al punto de partida tiene tanto frío que no se quita la sudadera ni los guantes. Los chicos la rodean para que los organizadores no la descubran. Tiene el pulso acelerado, siente el corazón en la garganta, un cúmulo de sensaciones, algo de miedo, mucha excitación (al estar a punto de hacer aquello por lo que se ha estado preparando toda su vida, además en aquel escenario inigualable), mucha responsabilidad, por no fallar y acabar dándole la razón a aquellos que piensan que una mujer no puede soportar una prueba de esas características y una dosis infinita de muchísima confianza en sí misma.

¡Pam!, con el pistoletazo de salida salen corriendo, ella protegida en medio de sus compañeros. Durante los primeros tres kilómetros todo transcurre tal y como estaba previsto. De pronto un coche de prensa que sigue el recorrido de los atletas dándose cuenta de su presencia, mostrando su sorpresa se pone a su altura. Es justo en este momento cuando uno de los comisarios presentes de la prueba, Jock Semple, sale corriendo tras ella intentando detenerla, mientras comienza a gritarle -“¡Sal de mi carrera, devuélveme el dorsal!”-.

Tom, su novio, rápido de reflejos sale en su ayuda sacando a aquel de un empujón de la calzada, momento que aprovecha Kathrine para salir corriendo todavía más deprisa siendo durante el transcurso de la misma insultada por unos y alabada por otros , pero logrando acabar la carrera con un tiempo, al entrar en meta, de cuatro horas y veinte minutos. Nada más entrar era automáticamente descalificada. De cualquier forma Kathrine Switzer entró en aquella maratón como una niña y salió como mujer adulta.

Aún así, no resultaría tan fácil. Tuvieron que pasar cuatro años para que se legalizase la participación de las mujeres en las maratones. En 1974 Kathrine Switzer ganaría la de Nueva York. Diez años más tarde, en 1984 la maratón femenina sería reconocida como disciplina olímpica.

En 2015 fundó una organización sin ánimo de lucro, https://www.261fearless.org que ya está presente en once países.

“No podemos dejar que las percepciones limitadas que tienen los demás terminen definiéndonos”- (Virginia Satir)

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