LA MANO IZQUIERDA DE DON RAMÓN

24DELJULIO6

24 de julio……………y entonces sucedió que…………………………………………

…………………………en la planta baja del Hotel París, situado en el número 1 de la madrileña Puerta del Sol, se encuentra el Café de la Montaña, lugar de reunión habitual de los escritores modernistas, casi todos pertenecientes a la llamada Generación del 98, así como de periodistas, músicos y personajes diversos, dedicados al mundo del arte, que durante horas realizan aquello que denominan “tertulia”, en el que se pasan debatiendo sobre asuntos de diverso interés social, político o cultural.

 El majestuoso Café de la Montaña, antes llamado Café Imperial, con un aforo aproximado para quinientas personas, al contar con dieciséis puertas de salida a las calles de Alcalá, a la misma Puerta del Sol y la Carrera de San Jerónimo, es también conocido, con cierta sorna por sus clientes, como el “Café Pulmonía”.

No es este el único lugar en el que se reúnen estos ilustres tertulianos, pues también suelen hacerlo en el Café Suizo, en el de Fornos, situado justo en la acera de enfrente, o en el número diez de la calle Alcalá, en la Chocolatería de doña Mariquita.

Asiduo a aquellas tertulias de los Cafés de la Puerta del Sol y del aludido Café de la Montaña es un gallego de treinta y dos años, nacido en la localidad pontevedresa de Villanueva de Arosa, llamado Ramón María del Valle Inclán, que dando un paseíto, de una media hora aproximadamente, acude todas las tardes, desde su domicilio, en la calle de Calvo Asensio, del barrio de Argüelles, hasta el mencionado lugar de la Puerta del Sol.

La tarde del 24 de julio de un día como hoy, de 1899, Valle Inclán llega al Café de la Montaña. Allí también están, entre otros, el dibujante Francisco Sancha Lengo, el editor José Ruíz-Castillo, el crítico taurino Tomás Orts Ramos, el periodista Pedro González Blanco y el escritor Gregorio Martínez Sierra, algunos de los asistentes, asegurarían más tarde, que también estaba presente Jacinto Benavente.

Al llegar don Ramón al Café, el debate ya se había iniciado. Al parecer dos jóvenes la tarde anterior se habían enzarzado en una agria discusión. El aristócrata andaluz José López del Castillo y el caricaturista portugués Tomás Leal Da Cámara, residentes en la misma casa de huéspedes, donde habían entablado buena amistad, de esas de las que se pasan todo el día discutiendo por cualquier motivo, habían tenido sus más y sus menos por unas palabras que López del Castillo había dicho y que habían ofendido gravemente al portugués.

El origen de la trifulca versaba sobre un nimio comentario realizado por José López del Castillo refiriéndose a lo fácil que era llegar a Portugal, comentario que probablemente Leal Da Cámara mal interpretaría obligando a aquel, al sentirse ofendido, a volver a repetir, en voz alta, algo que López del Castillo, entrecortadamente y con un hilillo de voz, más por aquello del qué podrían decir si no las reiteraba, envalentonado reproducía; “El día que la gente recuerde que ir a Portugal no es más que un paseíto”, motivo al parecer, suficiente para desencadenar aquel altercado dialéctico en el que cada uno acabaría defendiendo la mayor bravura y valentía de sus compatriotas (españoles o portugueses), y retando el portugués al español a un duelo de los llamados de honor.

Al llegar Valle Inclán, conocedor del tema suscitado, comienza a hacer aquello que mejor sabe, debatir y argumentar con la vehemencia que le caracteriza. Se muestra partidario de remediar aquel asunto sin necesidad de tener que llegar a las armas. Resta importancia a las palabras vertidas y aduce como motivo principal de aquel desencuentro un malentendido, solucionable con buenas palabras.

Valle Inclán, a juicio de Pío Baroja, perteneciente también a la generación del 98, en aquel momento de su vida se halla “en el apogeo de la altivez y de la impertinencia”, siendo considerado como un verdadero “dictador en sus tertulias”, careciendo de tener “mano izquierda”, eso que tienen aquellos que saben tratar los asuntos con cierta diplomacia.

En pleno discurso y argumentario hace acto de aparición un periodista vasco, Manuel Bueno Bengoechea, con fama de tosco, de esos “brutotes campechanos” que dicen lo que piensan, interrumpiendo a aquel, según algunos de los presentes, defendiendo todo lo contrario, abogando por llevar a cabo aquel duelo y ofreciéndose de padrino en apoyo del joven retado López del Castillo, otros sin embargo dirán que Manuel Bueno señaló que aquel duelo no podría llevarse a cabo por ser, ambos jóvenes, menores de edad.

De cualquier forma, bien por uno u otro motivo, la intromisión no sienta nada bien al escritor gallego que le espeta, -“¿Qué sabrá usted, majadero?”-, iniciándose una tensa situación entre ambos. El periodista ofendido por el insulto levantando su bastón hace amago de asestarle un golpe a un Valle Inclán desquiciado que no cesa de gritarle improperios, llegando a asir una botella, que se encuentra encima de una mesa, con la que trata de golpearle, amago que aquel interpreta como un ataque directo e interpone su bastón tratando así de defenderse, clavándose el gallego los gemelos de su camisa de su brazo izquierdo, dando paso a una refriega de tal magnitud en la que vuela todo tipo de proyectiles arrojados por Valle Inclán a aquel periodista, vasos, platos, botellas, que le hieren en la cabeza, logrando el vasco a duras penas huir del local.

El crítico taurino Tomás Orts acompaña a Valle Inclán al dispensario médico situado en la calle de Concepción Jerónima, curiosamente detrás de la actual plaza de Jacinto Benavente, en donde es atendido de la herida de su brazo izquierdo, que finalmente acabaría infectándose y gangrenándose, siendo necesaria su amputación diecinueve días más tarde.

El doctor Manuel Barragán Bonet certificaría que la causa principal, que haría necesaria dicho cercenamiento, no sería por la infección de aquella herida mal curada, sino por una “fractura con herida en los huesos del tercio inferior de la extremidad” del escritor, o lo que es lo mismo, no fue por la incrustación de un gemelo en la piel del brazo sino por una rotura ósea que no podía ser tratada en 1899.

A los pocos días de la amputación de su brazo Valle Inclán hacía acto de aparición en el Café de la Montaña, con una actitud reconciliadora. Al encontrarse con el periodista Manuel Bueno, quitándole hierro el asunto le decía, “Mira, lo pasado, pasado está, además no te preocupes que es con el derecho con el que trabajo”. (Y con el que llegaría a escribir, veinte años más tarde, entre otras, “Luces de Bohemia”).

Cuando le preguntaban sobre el asunto de su brazo izquierdo, contaba que estando en su palacio de Galicia, uno de sus sirvientes le comunicaba que no tenía el ingrediente principal para poder cocinar el estofado previsto, y que después de pensar la solución posible le solicitaba a aquel que le trajera un cuchillo carnicero de la cocina. Cuando aquel se lo traía, arremangando su camisa y estirando el brazo en cuestión, le exclamaba –“¡Corta un buen trozo de esto!, mientras esté yo, en esta casa nunca va a faltar la comida”– dejando a los oyentes de aquel suceso sin saber si reír o echarse a llorar.

Y es que ya lo decía don Ramón;

“En España podrá faltar pan, pero el ingenio, talento y el buen humor nunca se acaban”–.

 

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