EL CONDE QUE PICABA MUY ALTO

30X2020

30 de octubre……………………….y entonces sucedió que…………………………….

…………ha heredado de su padre Juan de Tassis Acuña el cargo de Correo Mayor del reino, instaurado para la Corona de Castilla, en enero de 1501, por Felipe “el Hermoso”, cometido que recayó, en aquellos días, en manos de su pentabuelo (el abuelo de su tatarabuelo), el lombardo Francisco de Tassis, de un oficio creado con el objetivo de regular, organizar e impulsar el servicio de mensajería entre los territorios del reino castellano, empleo que acabaría siendo muy respetado entre los miembros de la corte, convirtiendo a sus portadores en personajes muy influyentes de la política y los tejemanejes de la monarquía española.

Por su buena gestión y cometido, además Felipe III en 1603 otorgaba a su padre Juan de Tassis Acuña el título de conde de Villamediana, título que a la muerte de este, en 1607, de igual forma heredaba su hijo, Juan de Tassis Peralta, a sus veinticinco años de edad.

Fue precisamente Juan de Tassis Peralta, II conde de Villamediana, sin duda, uno de los personajes más singulares y pintorescos durante los reinados de Felipe III y de su hijo, Felipe IV. Cortesano noble, gallardo, de buena planta, educado, poeta, de fácil locuacidad y verborrea, caballero de vida disipada y turbulenta, galanteador, arrogante mujeriego, protagonista de innumerables y oscuros líos amorosos, y que por su punzante manera de criticar y atizar a sus semejantes, fue sujeto activo de confabulaciones e intrigas palaciegas.

Durante los últimos años del reinado de Felipe III, cuando por su mordaz ataque, sin sutileza alguna, el joven enredador publicaba unas sátiras, en las que denunciaba la supuesta corrupción del entonces valido del monarca, el duque de Lerma, aquel acabaría sufriendo la pena del destierro, castigo que se repetiría en tres ocasiones, dos años a Francia, cuatro a Italia y cuatro años más, por tierras andaluzas.

La detención y posterior ejecución en la horca de Rodrigo Calderón Aranda, mano derecha del aludido duque de Lerma, a la que igualmente habría que añadir la muerte del propio monarca, Felipe III, el 31 de marzo de 1621, sonreirían de nuevo al díscolo poeta mujeriego que volvería a contar con la protección, del mismo monarca Felipe IV, y por extensión de toda la corte.

El 30 de octubre de un día como hoy, de 1621 (entonces sábado), sobre las tres de la tarde, Felipe IV, junto a su hermano el infante don Carlos, hacía su entrada en la Villa y Corte de Madrid, desde el Escorial, utilizando una de las postas dirigida por el mismo Juan de Tassis, accediendo, de pleno derecho, en el ámbito privado del rey de España.

El conde de Villamediana, al ver a la reina, Isabel de Borbón, a través de una de las ventanas de palacio, mientras observaba la llegada de su esposo y del infante, quedó embelesado de su belleza, cayendo, dijeron, profundamente enamorado, con tanta intensidad, que los mentideros de Madrid, y las malas lenguas de la corte, pronto llegarían a atribuir, un supuesto romance entre ambos.

Y es que el susodicho galán parecía regocijarse, divulgando ostensiblemente, allí por donde iba, su admiración por la joven reina, alimentando con ello, las habladurías y unas comidillas que pronto llegarían a oídos del monarca.

Para conmemorar el primer cumpleaños de Felipe IV, como rey de España, el día de su decimoséptimo aniversario, se celebraron las llamadas “fiestas de Aranjuez”, con la puesta en escena de dos obras de teatro, encargadas por los soberanos en persona. La primera al conde de Villamediana, llamada “La Gloria de Niquea”, la segunda, encomendada a Lope de Vega, “El Vellocino de Oro”, ambas desarrolladas en medio de una escenografía opulenta para el lucimiento personal de las actrices, todas ellas nobles, pertenecientes a la corte, entre quienes destacan, María de Guzmán, la hija del Conde Duque de Olivares, gentilhombre de Felipe desde hace más de siete años (a quien Juan de Tassis llama de manera despectiva, Olivete), y las hermanas lusas Margarita y Francisca de Távora (de esta última se dice que rivalizan el mismo monarca con el conde de Villamediana), la infanta María en el papel de Niquea y la reina Isabel, en el papel estelar de la diosa de la hermosura.

Cuenta la leyenda que fue el mismo conde quien de manera premeditada incendió el coliseo de Aranjuez, el día del estreno de su obra, para poder salvar entre sus brazos a la misma reina, cuando por aquellos tiempos osar tocar a la soberana estaba castigado con la misma pena de muerte. Suceso, que adquiriría posteriormente dimensiones de escándalo mayúsculo, cuando un lacayo, testigo presencial del hecho, afirmase haber visto, en la huida, al conde tocar incluso el pie de la reina, acto que una vez divulgado aumentaría la fama libidinosa de tal libertino personaje.

Pero lejos de comedirse, el conde comenzaría a publicar una serie de versos amorosos dedicados a una tal “Francelisa” en los que pronto muchos vieron en ellos una alusión directa a la reina, de origen francés y de nombre Isabel (Elisabeth). Si bien algunos miembros de la corte apuntaban que la dama en cuestión era Francisca de Távora, la portuguesa por la que el monarca y el conde tenían cierta disputa de alcoba.

En cierta ocasión, montado a caballo por la plaza Mayor de Madrid, con motivo de un acto presidido por los reyes, seguido por una multitud de curiosos agolpados, apareció vestido con una capa bordada con reales de oro y un lema en el que podía leerse, “son mis amores reales” (inscripción ambigua en la que muchos entendieron su amor por su majestad).

En el mes de julio, demostrando el conde de Villamediana sus dotes como buen jinete y diestro en el arte de alancear toros, una reina entusiasmada comentaba al rey las buenas maneras y brillantez que aquel manifestaba, con la expresión, –“¡que bien pica el conde!”–, replicando este, según los presentes, con lo que parecía más un ataque de celos del regio consorte, con la frase, –“pica bien, pero pica muy alto”– (convirtiendo aquella expresión de “picar alto” en sinónimo para referirse a quien tiene mucha ambición o presenta grandes pretensiones).

Un mes más tarde, el 21 de agosto de 1622, a eso de las ocho de la noche, en plena calle Mayor de Madrid, enfrente de la callejuela que va a parar a la plazuela de San Ginés, Juan de Tassis, conde de Villamediana, a cinco días de cumplir los cuarenta años de edad, moría asesinado, a manos de un hombre embozado que con cuchillo en mano le asestaba una mortal herida abriéndole el pecho. El cadáver, trasladado a Valladolid, fue enterrado en el desaparecido convento de San Agustín.

 El dramaturgo Luis Vélez de Guevara y el conde de Saldaña atribuyeron el mencionado crimen a un asunto de celos por parte del rey de España (algo que en los mentideros de la ciudad se propagó como un reguero de pólvora, aunque la misma careciese de fundamento).

Hasta el poeta cordobés Luis de Góngora y Argote le dedicaría en una poesía cierta dosis de veracidad a dicha murmuración;

–Mentidero de Madrid, decidnos: ¿Quién mató al Conde?, Ni se sabe ni se esconde: Sin discurso discurrid. –Dicen que le mató el Cid, por ser el Conde Lozano; ¡disparate chabacano!. La verdad del caso ha sido que el matador fue Bellido y el impulso soberano».

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