DESTINO CON DESATINO; MUERTES ABSURDAS.

27XI2020

27 de noviembre……………………………..y entonces sucedió que…………………

……………………….el oráculo de Delfos enseguida lo vio meridianamente claro y así se lo comunicaba a Esquilo de Eleusis, que preocupado salía de aquella consulta absolutamente convencido de lo que tenía que hacer para evitar el vaticinio de aquel. El dramaturgo se marchaba sin poder dejar de pensar en aquella predicción que le auguraba una muerte trágica “al caérsele una casa encima”. Absolutamente convencido que aquello podría realmente sucederle y tratando de burlar al destino, decidía, pocos días más tarde, abandonar los peligros que le brindaba la ciudad para acabar refugiándose a las afueras de Gela, en la isla de Sicilia, donde en aquella zona rural, podría dedicarse a su pasión por la escritura, y lo más importante aún, sin preocupación alguna.

Cuenta Hermipo de Esmirna que estando Esquilo sentado encima de unas rocas, ensimismado en sus pensamientos, dándole forma a su próxima obra literaria, una mañana como otra cualquiera, del año 456 a.C., habiendo ya olvidado aquella premonición sobre su funesto destino, era golpeado en la cabeza por el duro caparazón de una tortuga que arrojada por un águila, al confundir la calva del escritor con una roca, la dejaba caer desde las alturas para partir su armazón, consumando así lo que el oráculo de Delfos le había augurado, metafóricamente tiempo atrás, -“falleciendo al caerle una casa encima”-.

Si bien, de alguna forma el oráculo le pronosticaba la manera de morir, no le revelaba, obviamente, el momento en el que fuera a producirse aquella, algo que curiosamente sí que llegaría a hacer el matemático francés Abraham de Moivre, mediante la realización de un complejo cálculo estadístico, en el que llegaba a predecir, con exactitud, la fecha de su propia muerte, prevista para un 27 de noviembre, de un día como hoy, de 1754, en el que llegado dicho día, a la edad de ochenta y siete años, el matemático pasaba a mejor vida.

Un fuerte impacto en la cabeza, parecía ser también la causa de la muerte de un Homo sapiens perteneciente al Paleolítico Superior, al descubrir un grupo de mineros, en 1941, en una cueva de Cioclovina, en Transilvania, Rumanía, un cráneo de treinta y tres mil años de antigüedad, perteneciente a un varón adulto, que presentaba dos fracturas claramente diferenciadas en lo que, a priori, parecía ser una muerte accidental. Un estudio posterior, del aludido cráneo, dirigido por la paleoantropóloga griega Katerina Harvati determinaría que ambas lesiones eran “perimorten” (esto es, antes del óbito del sujeto) pudiéndose por tanto establecer que aquel individuo había sido golpeado provocándole la muerte, en lo que hasta entonces era considerado el “primer asesinato” de la historia del hombre.

Y decimos “hasta entonces” porque sería a partir de 1976 en el yacimiento de la Sima de los Huesos de Atapuerca (Burgos) con el descubrimiento de un cráneo, clasificado con el número 17, y con una antigüedad de 436.000 años, perteneciente a un homo heidelbergenis, que presentando dos orificios a la altura de la frente, por encima del ojo izquierdo, confirmaba que aquel sujeto preneandertal había sido golpeado por un objeto puntiagudo, que le había causado la muerte. Sin duda alguna, este sí, el primer asesinato de la historia de la humanidad.

Y es que los golpes en la cabeza, voluntarios o accidentales tienen mucho peligro. Estando el rey de Francia, Carlos VIII en el castillo de Amboise (lugar en donde se halla la tumba de Leonardo Da Vinci, que no sus restos), el 7 de abril de 1498 saliendo de los aposentos reales y dirigiéndose a los fosos del castillo para ver un partido de juego de pelota que iba a tener lugar allí, llevado por las prisas, se daba de bruces en la cabeza contra el dintel de una puerta de una galería en construcción. Aturdido y dolorido por el topetazo sufrido lograba recuperarse para acudir a aquella competición, sentándose al lado del obispo de Angers, su confesor particular, con el que comenzaba a departir amigablemente, hasta de pronto caer de bruces desplomado al suelo tras farfullar varias frases inconexas y sin sentido alguno. Trasladado rápidamente a sus regios aposentos fallecía tras nueve horas de agonía, y según dictamen de los galenos que le atendieron por una fractura en el cráneo. Los habitantes de las Coronas de Castilla y de Aragón, de los Reyes Católicos, rivales por aquel entonces del aludido monarca, al enterarse de lo sucedido, comenzaron a llamarle, con cierta ironía, Charles “el Cabezón”.

Y no precisamente por cabezón, sino más bien por cabezota, el 10 de junio de 1190 perdía la vida de la manera más absurda, el emperador del Sacro Imperio Romano Germánico Federico I, Barbarroja, cuando dirigiéndose a enfrentarse al sultán Saladino, en las llamadas terceras cruzadas, al llegar a la altura del río Göksu, en Cilicia, Turquía, no hallando puente alguno en la ribera en la que se encontraba, decidía atravesarlo a lomos de su caballo, haciendo caso omiso de las indicaciones que le esgrimían sus oficiales, aconsejándole hacerlo buscando algún puente próximo. Convencido de poder cruzarlo y no exento de cierta dosis de terquedad, a sus setenta años de edad se lanzaba al río con su caballo en el que, quizás por el peso de su armadura o debido a las fuertes corrientes existentes, acabarían siendo arrastrados río abajo falleciendo ambos en el acto.

Por un fuerte golpe, y no en la cabeza sino en un pie, fallecía también de la manera más absurda, Jean Baptiste Lully, director musical de la familia real francesa en tiempos de Luis XIV, cuando el 22 de marzo de 1687, dirigiendo su orquesta, al dejar caer en el suelo la barra pesada de hierro que utilizaba para seguir el compás de la música, calculando mal, se golpeaba con aquella en su pie derecho, causándole una herida que le acabaría provocando una grave infección y que al gangrenarse nadie se atrevería a amputar, por su condición de bailarín, falleciendo a la edad de cincuenta y cuatro años.

También de un golpe en el pie, y más descabellada aún si cabe fue la que tuvo lugar en la localidad de Lyuncburg, Tennessee, cuando a sus sesenta y un años, Jasper Newton Daniel, más conocido como Jack Daniel, fundador de la destilería de Whisky que lleva su nombre, olvidando la combinación numérica de su caja fuerte, asestaba enrabietado una patada al aludido armatoste que le causaba la fractura del primer dedo del pie (el gordo), que acabaría infectándosele y provocando su muerte.

Escenas ciertamente rocambolescas, que sin duda alguna de no ser por sus tristes desenlaces, a más de uno bien le podrían parecer para “morirse de risa”. Y es precisamente así, muerto de la risa, como perdía la vida el pintor griego Zeuxis, allá por el año 398 a.C., tal y como reseñaba el escritor romano Sexto Pompeyo Festo.

Recibía Zeuxis de Heraclea, uno de los principales pintores griegos, el encargo de una mujer anónima que solicitaba le pintase un cuadro de “Afrodita”, la diosa de la belleza, la sensualidad y del amor, ofreciéndose a posar como modelo ella misma. Cuenta que el pintor acabó aceptando dicha oferta y que cuando la solicitante hizo acto de aparición se trataba de una anciana, bastante decrépita, que al verla tan decidida posando, no pudo el pintor reprimir tal carcajada, que no siendo capaz de parar de reír acabaría falleciendo.

Según Diógenes Laercio de la misma manera, por un ataque de risa, fallecería también siglos más tarde otro griego de pro, filosofo, precursor del estoicismo, Crisipo de Soli en el año 205 a.C. cuando al dar de beber vino a un burro observaba la reacción de aquel que desorientado, intentaba comer sin atinar los higos de una chumbera, desatando la hilaridad del filósofo que fallecía sin poder dejar de reír.

Y es que cuando toca, toca…

Ya lo dijo el propio Esquilo al hablar del destino; -“Ni aún permaneciendo sentado junto al fuego de su hogar, puede el hombre escapar a la sentencia de su destino”-.

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