NOAH KLIEGER, EL BOXEADOR QUE NO SABÍA BOXEAR

11xii

11 de diciembre……………………….y entonces sucedió que………………………..

…………tiene dieciséis años, viaja en uno de aquellos Sonderzüge (trenes especiales) de madera en el que solía ser transportado el ganado, de los que se precintan desde el exterior y en los que cada vagón tiene una especie de minúsculo ventanal cubierto con alambre de espino por donde el gélido aire, de aquel mes de enero, no cesa de entrar durante todo el trayecto. Forman parte de un convoy que traslada desde Francia, Bélgica y los Países Bajos a mil seiscientos prisioneros (novecientos hombres y setecientas mujeres), todos ellos judíos, con destino final al campo de concentración de Auschwitz Birkenau, próximo a la ciudad polaca de Cracovia, aunque ninguno de ellos sabe hacia dónde se dirigen. Noah Klieger, a sus dieciséis años, tiene miedo.

Viajan hacinados, de pie. En cada uno de aquellos vagones, donde las SS tenían previsto transportar a unos cincuenta, de los que llaman “evacuados”, acaban llevando a más de ciento cincuenta. Durante los cinco días que dura el trayecto no se les facilita ni agua ni comida alguna, y apenas disponen de espacio para poder en algún momento sentarse, ni siquiera tienen un lugar en donde poder hacer sus necesidades, que tienen que realizar allí mismo en un pequeño cubo habilitado a tal efecto. El silencio es “ensordecedor” nadie habla, solo rezan y algunos lloran.

El olor a orín y excrementos llega un momento en que se torna insoportable. Muchos de aquellos deportados no pueden resistir las duras condiciones de aquel largo viaje y fallecen durante su recorrido, desplomándose al suelo de madera del vagón. Algunos angustiados al borde de la extenuación, muy a su pesar, acaban por sentarse sobre los cuerpos sin vida, que van aumentando, conforme avanzan los días en aquel viaje infernal.

Al llegar al “campo de trabajo” de Auschwitz II-Birkenau son recibidos por soldados de las SS. Noah no tarda en darse cuenta de dos cosas, la primera, del intenso frío que hace en aquel lugar (aquella noche de enero de 1944 los termómetros bajan hasta los -27 ºC), la segunda, que aquello es todo menos un campo de trabajo. Separados los hombres de las mujeres, en cada grupo, son seleccionados quienes son aptos para el trabajo de quienes no. Estos últimos son dirigidos hacia unas falsas duchas, a las que acuden engañados, donde morirán ejecutados.

Los clasificados como aptos para trabajar pasan a una especie de hangar en donde se les despoja de sus vestimentas y objetos de valor, se les corta el pelo y se les desparasita. Hace muchísimo frío en aquel lugar, que carece de techumbre, para permanecer desnudos, y aún así, se les tendrá en estas circunstancias las siguientes veintidós horas. De aquellos novecientos hombres, fallecerán de frío, congelados, cerca de seiscientos (dos tercios).

Aguardando instrucciones entra un comandante que dirige Auschwitz III-Monowitz, Heinrich Schwarz preguntando en voz alta, -“¿Alguien de aquí sabe boxear?”- pregunta que vuelve a formular un par de veces.

Tres de ellos levantan la mano. Uno es Sally Weinschenk, que fue campeón de Europa durante cuatro años del peso medio. El segundo es Sam Potts, un gigantón de casi dos metros de altura, que ha sido boxeador profesional. El tercero es un deportista muy conocido, que había sido portero de uno de los mejores equipos de fútbol belga de la época, el Royal Union Saint Gilloise, Jean Korn, con cerca de un metro noventa y uno de altura. Noah Klieger no sabe boxear, nunca ha sido un buen deportista, y sin saber muy bien porqué, también levanta la mano.

El comandante es un apasionado del mundo de las doce cuerdas. Busca entre los recién llegados boxeadores para organizar combates los domingos por la tarde en la Appellplatz (la plaza central en donde cada mañana o a última hora de la tarde se lleva a cabo los recuentos de los prisioneros).

Noah Klieger a la mañana siguiente es tatuado con el número 172.345, y con el brazo aún dolorido es llevado, junto a otros boxeadores voluntarios reclutados, al gimnasio del campamento. Allí son recibidos por un preso alemán, Kurt Magatanz, condenado por el asesinato de tres personas, con un  físico portentoso, ancho de espaldas, cuyo pijama de rayas parece haberle sido confeccionado a medida, que se presenta como el responsable de los boxeadores. A Noah le llama la atención que aquel lleva botas y no tiene, como ellos, la cabeza afeitada. Tras una breve presentación advierte, antes de empezar, que si alguno de ellos ha mentido y no sabe boxear será ejecutado inmediatamente.  

Sally Weinschenk y Sam Potts se ofrecen voluntarios demostrando sus grandes dotes pugilísticas. Noah vuelve a sentir miedo, le tiemblan las piernas, sabe que en cuanto salga a exhibir lo que “no sabe” será descubierto en su embuste. Y de pronto aquel teutón se gira bruscamente dirigiéndose a Jean, el portero de fútbol y a Noah diciéndoles, -“Vale, de acuerdo, habéis demostrado ser boxeadores, venga, cambiaros y ¡empezad a entrenar!”-.

Sin saber cómo siquiera dar unos golpes a los sacos de entrenamiento, distribuidos por aquel lugar, Noah se pone a saltar a la comba, sabedor que dando aquellos saltitos podrá pasar más desapercibido sin que nadie note nada. Mientras se entretiene con la cuerda ve a un tipo con el número tatuado 157.178 que comienza a dar golpes a un saco a la misma velocidad con la que se dispara una metralleta. Aquel hombre bajito, que había sido campeón del mundo del peso mosca en 1931 se llamaba Víctor “Young” Pérez, nacido en Túnez, por aquellos días protectorado de Francia y con ascendencia judía.

Y mirando absorto a aquel hombrecillo de rapidez endiablada se le aproxima otro de los presos, con el número 115.264 que se le presenta como Jacko Razon, apodado Zemento, campeón de Grecia y de los Balcanes que dándose cuenta de lo evidente, sabiendo de la farsa que aquel chico estaba intentando se ofreció a ayudarle para “pelear” en el primer combate contra él, intercambiando una serie de golpes y dejando que aquel le propinara algunos otros, “dando espectáculo” que de eso se trataba. Y así lo hicieron.

Noah Klieger y aquel grupo de boxeadores trabajaban por las mañanas, como cualquier otro prisionero del campo, once horas seguidas pero por las tardes se les permitía acudir a entrenar y por las noches recibir un litro extra de sopa, la misma que tomaban los oficiales del campamento.

Peleó en veintitrés ocasiones y obviamente no ganó ninguna, pero dio el espectáculo que se esperaba de un boxeador, y sobre todo, logrando, gracias a levantar un día la mano ofreciéndose voluntario, salvar la vida en aquel infierno.

Tras la guerra se reencontró con sus padres que también lograron sobrevivir. Casado acabaría siendo padre de dos hijas, y abuelo de seis nietos. El deporte desde entonces fue un elemento importante en su vida, llegando a ser presidente del Club de Baloncesto Maccabi de Tel-Aviv y posteriormente del equipo de fútbol, Club Maccabi Ramat-Gam Omni Sport.

Desde 1957 formó parte del personal del diario Yedioth Ahronoth (el mayor periódico de lengua hebrea) en donde disponía de una columna personal en la que escribía el 11 de diciembre, de un día como hoy, de 2018 su última publicación, falleciendo dos días más tarde, el jueves 13 de diciembre. Tenía noventa y dos años.

Nunca volvería en su vida a boxear. Nunca en su vida entendió porqué aquella noche sin saber nada de boxeo levantó la mano. Pero como bien dijo Franklin D. Roosevelt, trigésimo segundo presidente de los Estados Unidos desde 1933 a 1945;

-“Siempre que te pregunten si puedes hacer un trabajo, contesta que sí y ponte enseguida a aprender cómo se hace”-.

Y él contestó que sí…

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