SIN NAVIDAD EN EL FRENTE [¿?]

251205

25 de diciembre…………………..y entonces sucedió que……………………………….

………….el Tercer Cuerpo británico, al mando del teniente general William Pulteney y del general de brigada de artillería Edmund Phipps-Hornby, que comprende la cuarta y la sexta división, había viajado en ferrocarril desde Saint Omer hasta Armentières, al nordeste de Francia, para apuntalar a la segunda división que se dirigía desde Lille a Ypres. Aquella guerra, en la que todos sus contendientes habían previsto un final breve e inmediato, parecía haberse ralentizado con la llegada del frío invierno durante aquel mes de diciembre de 1914. Ni los aliados, inmersos en aquel escenario (franceses, belgas y británicos), ni los mismos alemanes, en aquellos instantes, podrían siquiera llegar a imaginar que la guerra duraría todavía casi cuatro años más.

El inmovilismo en las trincheras en el frente occidental viene determinado en parte por las tremendas dificultades que ofrece la orografía del terreno del norte de Francia, principalmente para las operaciones de observación de los ejércitos de infantería, al estar este conformado por grandes llanuras de tierras embarradas por las incesantes lluvias, intercaladas por infinidad de zonas boscosas, que divididas en multitud de pequeñas aldeas, a su vez se hallan separadas, unas de otras, por cercas, setos, y arboledas que hacen todavía más complicada la maniobrabilidad sobre todo para los cuerpos de artillería.

Con las tropas alemanas fuertemente aferradas a sus posiciones en Francia y ante la imposibilidad de un mínimo avance firme y seguro, la artillería británica adoptaba la práctica francesa del fuego nocturno con munición de largo alcance, contestada por los teutones con sus poderosos cañonazos y obuses causando verdaderos estragos en la retaguardia del ejército aliado.

El plan de atacar Bélgica por sorpresa para conquistar Francia y de esta forma centrar sus fuerzas en el frente oriental contra Rusia, con esta nueva situación, parecía definitivamente haber fracasado. Y todo ello sin tener en cuenta que las fuerzas alemanas desplegadas eran mucho más homogéneas, al contar con un único idioma y la existencia de un mando único, frente a los diferentes idiomas,  costumbres y formaciones de los aliados.

Hace tres semanas que la Compañía A del Primero de Norfolk y la Brigada de fusileros de Londres han sido enviadas a las trincheras situadas en la primera línea de conflicto, frente a la ofensiva de la Cuarta y Sexta División de la caballería alemana. En una de aquellas trincheras, anegada de agua, el fusilero Oswald Tilley después de siete días bajo aquella intensa lluvia y nieve tiene los pies empapados, congelados, hinchados y entumecidos.

A sus diecinueve años cada día dedica unos minutos para escribir a sus padres y a su hermana Mabel. En ellas les cuenta la cruenta guerra que está viviendo, la durísimas condiciones a las que se ven sometidos en aquellos agujeros cavados en tierra, llenos de agua, de barro, e incluso de nieve. El miedo que siente al escuchar los metálicos silbidos de las balas alemanas al pasar, a veces tan cerca, que puede incluso percibir hasta el fino rastro del aire que desplazan.

La misma semana que Oswald Tilley y los fusileros llegaban al frente, el recientemente nombrado Papa, Benedicto XV solicitaba, el domingo 6 de diciembre, una especie de pausa temporal para poder celebrar la Navidad, algo que ninguno de los países inmersos en aquella “Gran Guerra” llegaría a secundar.

La tarde del 24 de diciembre de 1914 la calma en aquellas trincheras del frente era del todo inusual. Sobre las ocho y media de la noche los alemanes comienzan a iluminar sus zanjas, fosos y defensas, con lo que parecen ser temas y motivos navideños. Los ingleses, temiendo ser aquello una especie de argucia, se muestran desconcertados.

De pronto se escucha a un soldado alemán entonar un villancico navideño, “noche de paz”, -“ Stille Nacht! Heilige Nacht! Alles Schläft, einsam wacht.. (Noche de paz! Noche de amor!, todo duerme en derredor).”-, al que pronto acompañan compañeros ubicados en aquellas mismas trincheras. En uno de los silencios, en el lado británico, otro de los soldados comienza a cantar el mismo villancico navideño en inglés, -“Silent night, Holy night. All is calm, All is bright…”-

Y durante unos instantes, entonando la misma canción, cada bando en su propio idioma, se fueron uniendo más voces llenando aquella atmósfera, durante unos momentos, de algo mágico que impregnaba el ambiente. Tras varias canciones, comenzaron a escucharse como soldados alemanes se dirigían a los soldados ingleses, apostados en el otro lado, felicitándoles la Navidad, y como estos, en consecuencia, hacían lo propio.

Algunos oficiales británicos, como el capitán Clifton Stockwell, de los Royal Welch Fusiliers escribían a sus mandos superiores dando parte de aquella desconcertante e imprevista situación, tratando de contener una euforia que parecía contagiarse a ambos lados de aquellas defensas, recibiendo órdenes directas de intentar detener cualquier amago de confraternización con el enemigo.

Nadie se atrevió a dar un paso fuera de su lugar de vigilancia. La cautela imperó a lo largo de toda la noche. Y aunque muchos se dejaron llevar por aquella especie de espíritu navideño, ninguno, tanto a uno como al otro lado de aquella línea de defensa, dejó de tener dispuesto el dedo en el gatillo de sus armas, aunque si bien es cierto, aquella noche, no se disparó ni un solo tiro.

Al amanecer, el 25 de diciembre, de un día como hoy, de aquel año de 1914, tras una noche de hermanamiento, a pesar del intento de los oficiales de frenar cualquier tipo de acercamiento, algunos soldados de ambos lados se asomaron, sin complejo, fuera del parapeto de protección de aquellos fosos, llegando, incluso, hasta las mismas alambradas de separación.

Desaparecido el recelo inicial, cientos de aquellos soldados decidieron dar un paso más y saltar aquellos lugares acotados para dirigirse a una tierra considerada de nadie, para mantener una reunión improvisada con sus, todavía, adversarios y enemigos de guerra. El espíritu navideño de la noche anterior parecía todavía seguir vigente. Algunos de ellos tras intercambiarse cigarrillos, se daban la mano y comenzaban a charlar amigablemente. Otros se fundían en un fuerte abrazo.

En un momento determinado sin saber ni cómo, ni de dónde, un soldado escocés salía con un balón entre sus manos, improvisándose en cuestión de minutos, con algunas prendas de los soldados, dos porterías, dándose inicio a un partido de fútbol entre los Tommys (británicos) y los Fritz (alemanes), sin contar con la presencia de árbitro alguno (que ni falta que hacía). El resultado acabaría siendo lo de menos. Lo verdaderamente importante es que aquel grupo de soldados pudieron olvidarse, durante al menos unas horas, de aquella cruenta guerra.

Un soldado alemán escribiría aquella misma noche una carta a sus padres; [-“Qué maravilloso y qué extraño al mismo tiempo. Al fin de cuentas, debajo de los uniformes éramos todos iguales”-].

“Feliz Navidad”…

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