LAS MUJERES DE WEINSBERG

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8 de enero…………………..y entonces sucedió que……………………………………..

…………con la muerte del emperador Enrique V, sin descendientes directos, en el año 1125, se abría una cruenta guerra civil que enfrentaría, durante los próximos diez años, a quienes apoyaban a Lotario de la casa de Baviera (los Welfen, llamados por ello “los güelfos”) contra quienes respaldaban la candidatura de Conrado perteneciente a la dinastía de los Hohenstaufen, señores del castillo de Waibligen y por tanto conocidos como “los gibelinos”. Unas hostilidades que cesarían en el año 1135 con el triunfo de los güelfos y el consiguiente nombramiento de Lotario II como emperador del Sacro Imperio Romano Germánico.

La muerte de Lotario II tras un breve gobierno efímero de tan solo dos años, en 1137, volvía a reabrir la discordia y las desavenencias entre güelfos (que daban su apoyo a Enriqueel Soberbio”, sobrino del emperador fallecido) y gibelinos capitaneados de nuevo por Conrado que acabaría imponiéndose, siendo nombrado emperador con el título de Conrado III.

En plena disputa por la corona real alemana, entre ambas dinastías, las huestes de Conrado sitiaron en 1140 el castillo de Weinsberg en Baviera, una pequeña localidad en lo alto de una colina, desde la que se divisaba entre otros, el bosque Suabo y por donde discurría el río Slum, y que por su ubicación excepcional dominaba los cerca de cincuenta y cinco kilómetros que cubrían la ruta de la sal, entre Heilbronn y Schäbisch Hall.

Los habitantes del castillo lograron con mucha valentía, ayudados por su privilegiada situación estratégica, la defensa a ultranza de su fortaleza durante varios meses. Los ejércitos imperiales de Conrado III, lo intentaron de todas las formas posibles, incluso mediante un persistente hostigamiento, tanto de día como de noche, buscando la quiebra de sus voluntades y una rendición que parecía no llegar nunca a producirse.

El emperador encolerizado ante la obstinada resistencia y la demora en la conquista de aquella fortificación, ordenaba desviar el curso del río que abastecía de agua a la ciudad exigiendo a sus soldados que impidieran el paso de las aves, que surcaban los cielos, próximas a la ciudad, con el firme propósito de hacer perecer de hambre y de sed a sus habitantes, un cerco y unas medidas que traerían la finalidad buscada.

A finales del mes de diciembre daban comienzo las negociaciones sobre una posible rendición de aquellos con las tropas del emperador. Las condiciones impuestas por parte de Conrado III, en un principio, fueron muy exigentes, reclamando una rendición total y absoluta, sin limitación alguna, mediante la entrega de todas las armas y la posterior destrucción e incendio de la ciudad.

Por su parte los habitantes del castillo de Weinsberg solicitaron clemencia sobre la vida de sus mujeres e hijas, a cambio de proponer el sacrificio de las suyas propias.

Accediendo finalmente a aceptar aquellas peticiones de indulgencia sobre las mujeres e hijas de los habitantes del castillo de Weinsberg, el emperador les permitiría partir con todo aquello de valor que pudieran llevar consigo, sin poder valerse de la ayuda de carros o de animales, asegurándoles respeto e inmunidad por parte de sus tropas al momento de la salida, debiendo, eso sí, abandonar Baviera para siempre.

El 8 de enero, de un día como hoy del año 1141, las huestes del emperador Conrado III se congregaban expectantes a las puertas de aquella fortaleza, esperando la salida de las mujeres y de sus hijas. Las órdenes recibidas por todos ellos conllevaban la obligatoriedad de no obstaculizar y permitir la partida de aquellas, observándolas en absoluto silencio, con el respeto que se le debe brindar a cualquier guerrero doblegado pero no vencido.

Al abrirse las puertas, los soldados apostados en sus inmediaciones, al ver a aquellas mujeres dispuestas a partir no pudieron reprimir mediante un grito, emitido casi al unísono, su asombro, incumpliendo el mandato imperial del auto mutismo impuesto, comenzando a murmurar todos ellos, casi a la vez, como consecuencia de lo que estaban contemplando como testigos.

Todas aquellas mujeres, a las que se les había permitido abandonar la ciudadela, con lo que pudieran llevar consigo encima, aparecieron llevando sobre sus espaldas, el peso de sus hijos, maridos, de sus padres o hermanos. Las condiciones especificaban que podían partir con todo lo que pudieran llevar encima, por lo que tras unos instantes de desconcierto, un emperador, atónito, y ligeramente confundido admitía que aquello, en modo alguno, contravenía con lo estipulado, por lo que argumentando que un monarca siempre debe cumplir con su palabra dada, aceptaba finalmente dejarlas partir.

Aquella fortaleza posteriormente sería rebautizada con el nombre de Weibertreu, que bien podría ser traducida como “La Fe de la Mujer” (leyenda recogida en los Annales de Padernborn).

El rey Guillermo I de Würtemberg, donó en 1824 el castillo de Weinsberg Weibertreu a la Asociación de Mujeres.

Ya lo dijo el pensador oriental Confucio, en el año 500 a.C.; -“El erudito no considera el oro como un preciado tesoro, sino la lealtad y la buena fe”-

Y aquellas mujeres demostraron tener mucha lealtad…

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