UN MATRIMONIO SIN HOMBRE

160420212

16 de abril…………………..y entonces sucedió que……………………………………..

……Marcela ingresaba en la Escuela Normal de Maestras de A Coruña, en 1885. Desde siempre había querido ser profesora y a sus dieciocho años, veía aquel sueño cada vez más cerca de poder ser realizado. Los requisitos exigidos para ser admitida en la aludida escuela (creada veinte años antes, en tiempos del reinado de Isabel II), ubicada por aquel entonces en la “praza de María Pita”, eran muy estrictos, ya que entre otros, se les exigía, hacer entrega de un documento que acreditase haber recibido la fe bautismal, las casadas la presentación de un certificado matrimonial, y todas además la autorización, por escrito, del padre de la futura alumna. Un consentimiento paterno que sin embargo no era requerido para los varones que quisieran ingresar en la Escuela Normal de Maestros de Lugo, sustituido este por un certificado de buena conducta que debía cumplimentar el alcalde y el cura de la parroquia correspondiente del solicitante.

Fue en la citada Escuela de Maestras, en donde Marcela conocería a Elisa Sánchez Lóriga, maestra titulada, que trabajaba allí de profesora, surgiendo entre ambas una amistad que paulatinamente fue tornándose en una bonita relación, más íntima y personal, de forma que allí donde se encontraba una, siempre estaba la otra. No podían casi vivir separadas, estar la una sin la otra, y sin embargo, no podían libremente manifestar su amor, propagándolo a los cuatro vientos, como en incontables ocasiones les hubiera gustado poder hacer.

Aquella relación no obstante, casi desde el mismo momento de su inicio, no fue bien vista por el padre de Marcela, Manuel Gracia, capitán del Ejército, que veía como su “niña” de dieciocho años parecía llevarse “demasiado bien” con aquella profesora, todavía soltera, de veintitrés, y a la que consideraba “muy mayor” para su hija. Tampoco parecía ser del todo del agrado de la madre de Elisa, María Lóriga Landeira, viuda desde hacía muchos años, que le aconsejaría dejar aquella “endemoniada relación” por temor al qué dirían.

En el número 9, de la calle del Mercado, de A Coruña, domicilio familiar de Marcela, cuentan algunos vecinos, testigos de aquel suceso, que durante una noche del mes de enero se llegaron a escuchar los gritos del capitán, desde la misma praza de España, que al mismo día siguiente, decidido a zanjar aquel asunto, enviaba a su hija a Madrid, para acabar sus estudios de magisterio, con la esperanza de que separándola de Elisa aquella relación acabaría enfriándose.

Nada más lejos de la realidad. La separación forzosa acrecentaría todavía mucho más los sentimientos de ambas con mayor intensidad, de tal forma que cuando meses más tarde Marcela finalizaba sus estudios, obteniendo plaza como maestra interina en la localidad de Couso, a unos cincuenta kilómetros al suroeste de A Coruña y a cuarenta kilómetros al norte de Calo, donde Elisa había empezado a trabajar como maestra superior, alejadas de la influencia de sus familias, reanudaban sus encuentros con mayor pasión si cabe.

En 1889 Marcela era destinada con plaza fija de maestra a la escuela de Dumbría, a cincuenta kilómetros al oeste de Calo, viéndose asiduamente bien en casa de una o de la otra. Doce años después, cansadas ya de tantas idas y de venidas, de tener siempre que aparentar, de no poder dejarse llevar y comportarse con naturalidad, como otra pareja cualquiera, decidieron dar un paso más allá.

El plan urdido era un tanto descabellado pero la situación requería algo a la altura. Elisa, haciéndose pasar por un primo suyo, fallecido hacía algunos años en un naufragio, cortaba sus cabellos “a lo chico” y vistiendo como tal, acudía un 16 de abril, de un día como hoy, de 1901, a ver al padre Cortiella, párroco de la iglesia de san Jorge, de la plaza del marqués de San Martín, en A Coruña, presentándose como Mario Sánchez Landera, un joven educado en el seno de una familia de religión protestante, en Londres, que solicitaba la fe del bautismo para contraer matrimonio con su novia de toda la vida Marcela Gracia Ibeas, de religión católica.

Al mes siguiente, el 26 de mayo de 1901 era bautizado aquel muchacho y en la misma ceremonia tomaba la comunión. Trece días más tarde, el sábado 8 de junio, a las siete y media de la mañana, en la misma iglesia de san Jorge, contraía nuevas nupcias aquella pareja, siendo testigos y actuando a su vez como padrinos de aquellos, Miguel Hermida y Ricarda Sánchez.

La novia, a diecinueve días de cumplir los treinta y cuatro años y el “novio”, con treinta y nueve cumplidos, se dan el “sí quiero” en una breve ceremonia, tras la cual, acuden al estudio del fotógrafo José Sellier Loup, enclavado en el número 9 de la calle san Andrés, que sin ser todavía consciente de ello, tomándoles aquella fotografía, acabaría haciendo historia al retratar el primer matrimonio, del siglo XX casado oficialmente por la Iglesia católica, de dos personas pertenecientes al mismo sexo.

Decimos del siglo XX porque no fue esta la primera unión matrimonial entre personas del mismo sexo. Fue de igual manera en Galicia, en el concello ourenasano de Rairiz de Veiga a treinta y siete kilómetros al sur de Orense, un 16 de abril, de un día como hoy, de 1061, de hace por tanto novecientos sesenta años, cuando dos varones, Pedro Díaz y Muño Vandilaz, vecinos de la parroquia de Santa María de Ordes oficialmente se unían en matrimonio comprometiéndose ambos a cuidarse mutuamente.

Del estudio de fotografía Marcela y “Mario” fueron a tomar churros con chocolate a casa de la madrina, Ricarda, para acabar la noche de bodas en la pensión Corcubión, situada en el 104 de la calle san Andrés. La novia se encuentra embarazada de cuatro meses, al parecer de Adolfo Sánchez, un muchacho de un pueblo vecino de Dumbría, probablemente para darle a aquel enlace una mayor credibilidad.

Cuando el “matrimonio” quiso hacer vida “normal” en Dumbría, alegando que Mario era un primo de Elisa, con el que guardaba ciertamente un parecido asombroso, recibió el rechazo de los habitantes de la localidad coruñesa que llegaron incluso a denunciarles ante la prensa local que hablaba del escándalo de “un matrimonio sin hombre”.

Suspendidas de empleo y sueldo, perseguidas y vilipendiadas, la pareja huiría rumbo a Portugal, refugiándose en la ciudad de Oporto. Allí Elisa cambiaría el nombre de Mario por el de Pepe. El 16 de agosto por petición de la Policía española ambas eran detenidas. Tras un mes en prisión eran juzgadas por un delito de escándalo público del que salían absueltas. El diario portugués O Século titulaba aquel suceso de “caso sensacional”.

En Oporto Marcela daba a luz una niña, a la que pusieron de nombre María Enriqueta. A los nueve meses partían rumbo hacia Argentina, con destino Buenos Aires, donde poder vivir su amor en paz. Dejándolo todo, por amor.

Como bien dijo Dov Heller, fundador del Instituto de Relaciones de Pareja en la ciudad de Los Ángeles;

“Si quieres conocer una princesa, primero conviértete en un príncipe”

Y Elisa se convirtió…

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