EL VUELO DE CLISERIO

cliserio

8 de octubre…………………………….y entonces sucedió que…………………………

…………Cliserio tiene diecisiete años, y un sueño, desde bien pequeñito, por cumplir, “volar en avión”. Trabaja como jornalero en el campo, ayudando a su padre, en las tierras que este posee, por lo que sin apenas recursos no puede permitirse, ni siquiera, llegar a planear un viaje y sacarse un billete que le permita realizar este deseo.

Cuando escucha a alguno de esos “pájaros de hierro”, como así les llama, pasar por encima de su cabeza, ensimismado alza la vista tratando de seguir su rumbo hasta perderlo en el horizonte, mientras imagina la sensación que tendría si pudiera, subido en uno de aquellos, verlo todo desde allí arriba.

Lleva una larga temporada acudiendo al finalizar el día por los alrededores del aeropuerto Francisco Sarabia de la localidad de Torreón, en la región de La Laguna, en el estado de Coahuila, en el centro norte de México, abierto al tráfico desde hace tan solo cuatro años, para ver más de cerca el transitar de aquellas naves. Acude junto a su amigo de la infancia Heliodoro Rentería Ríos, “el Cadillo” y juntos, agazapados entre la maleza que rodea aquel lugar, sin apenas hablar, pasan las horas viendo el continuo ir y venir de aquellas aeronaves.

En uno de esos anocheceres el joven Cliserio determina llevar a cabo un plan que en su momento le parece hasta magistral, llevado por aquel deseo y empeño por volar, decidiendo subirse a una de aquellas naves, por el ala situada en la parte posterior, y agarrado fuertemente a su fuselaje, dejarse llevar y surcar el cielo.

El 8 de octubre, de un día como, de 1950, ataviado con lo que él cree que le servirá para realizar un viaje de estas características, esto es, una gorra con orejeras, unas gafas, pantalones vaqueros y una camisa de manga larga situado junto a su amigo el Cadillo en la cabecera de la pista número 12, la más alejada del edificio principal de la terminal, aguarda la llegada de algún avión.

Sobre las once de la noche aterriza un DC-3, de las Líneas Aéreas Mexicanas (LAMSA), matrícula XA-FUJ, perteneciente al vuelo número 201 que cubre el trayecto desde ciudad Juárez hasta México Distrito Federal y que hace un alto en su camino para repostar, situándose a pocos metros de donde ambos se hallan.

Una hora más tarde, sobre la medianoche, momentos antes de que el avión dé inicio a las maniobras de despegue, Cliserio y su amigo saltan la valla metálica dirigiéndose hacia la pista en la que se encuentra aquel, y subido a los hombros de su amigo logra, con su metro y sesenta y cinco centímetros de altura,  a duras penas alzarse sobre el estabilizador de la cola derecha del aparato en donde, tendido sobre él, se aferra fuertemente del borde.

El corazón le late con fuerza, siente como se le escapa por la garganta de la emoción contenida. El rugir de los motores en el despegue, la velocidad que alcanzan disparan su nivel de adrenalina. Quiere gritar, pero no puede preso de una extraña sensación, una mezcla de alegría y de miedo reprimido, de júbilo y de temor, a partes iguales, ríe y se lamenta casi al mismo tiempo.

Cuando comienza a elevarse, agarrado con todas sus fuerzas, empieza a percatarse de que quizás aquella no haya sido tan buena idea como en un principio había pensado. La velocidad que toma el avión, el rápido ascenso y el frío intenso que comienza a sentir eliminan rápidamente cualquier rastro de sensación agradable que pudiera haber tenido, sustituyéndola por aquella incertidumbre angustiosa que le provoca no saber bien cómo va a salir de ella. 

Dentro del aparato, desde la cabina el piloto, Jorge Guzmán, percibe que algo no va bien, al notar la cola demasiado pesada, así como un bloqueo del timón al intentar virar hacia la derecha. Tras treinta minutos decide regresar y abortar el viaje poniendo rumbo de nuevo hacia el aeropuerto de Torreón. Treinta eternos minutos para aquel polizón que a más de 300 Km/hr ya ha perdido la camisa, que hecha girones se ha quedado enganchada de uno de sus brazos, empezando a sufrir los primeros síntomas de congelamiento.

Nada estaba sucediendo como lo había imaginado. Su plan “magistral” de pronto le pareció una de las acciones más insensatas y descabelladas que alguien pudiera, en su sano juicio, realizar.

Al descender la nave el personal del aeropuerto descubre el cuerpo sin casi ropa de un Cliserio, muerto de frío, que apenas puede moverse. Siendo llevado de urgencias al hospital Sanatorio Español del doctor Eduardo Villalobos, de la Avenida Juárez, para posteriormente pasar a disposición judicial acusado de un delito de sabotaje, recogido en el Código Penal Federal, que prevé penas de hasta veinte años de prisión.

La historia del vuelo de Cliserio se propaga con celeridad por toda la nación mexicana despertando la admiración de ciertos hombres relevantes del mundo del espectáculo y de la aviación, entre quienes destacan el actor y piloto aficionado Pedro Infante (quien pocos años más tarde fallecería al intentar despegar su avioneta) y Jesús Manzanero  que lograrían exculparlo de aquel cargo que se le imputaba. Algunos incluso quisieron ir más allá ofreciendo al joven la posibilidad de dar comienzo sus estudios con miras a obtener, en un futuro próximo, la licencia de pilotaje.

El 12 de marzo de 1965, La Secretaría de Comunicaciones y Transportes, a través de la Dirección General de la Aeronáutica Civil expedía licencia de piloto comercial, con doscientas treinta y cuatro horas de vuelo a Cliserio Reyes Guerrero, viendo de esta forma, a sus treinta y tres años, cumplido su sueño y desarrollando una exitosa carrera profesional que le llevaría a crear, seis años más tarde, su propia empresa de aviación junto al piloto Delmar Román, Servicios Aéreos Reyes-Román.

Puedes volar, si lo deseas, solo tienes que confiar mucho en ti[Steve Jobs] cofundador de Apple.

Y Cliserio, confió… Oh sí.

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