-EL ORADOR TARTAMUDO- [#DíaInternacionalDeLaTartamudez]

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22 de octubre……………………………………..y entonces sucedió que…………….

……con tan solo siete años de edad aquel chico tímido y retraído quedaba huérfano de padre, el cual disponía en su testamento, que tanto su tutela como los bienes a heredar (una fortuna para aquella época), pasarían a ser administrados por dos de sus tíos, Áfobo y Demofonte y un amigo desde la infancia, Terípides, hasta que el muchacho, de nombre Demóstenes, como su padre, fuera inscrito en el registro ateniense de ciudadanos mayores de edad.

Una mañana, recién cumplidos los dieciséis, Demóstenes dando un paseo por las inmediaciones de la Acrópolis junto a su maestro, Iseo, era testigo de la alocución brillante del estadista Calístrato de Afidnas, que ejerciendo su autodefensa quedaba exculpado al convencer de su inocencia a los allí presentes. Escucharle hablar con aquel proceder y esa firme convicción le cautivaron sobremanera.

Aquel suceso marcaría de por vida al joven que, desde ese mismo día, quiso emular a aquel orador, dedicándose en cuerpo y alma a estudiar a los autores más importantes de la época así como la llamada “ciencia del discurso”, la retórica. Solo había un pequeño problema en aquel deseo y es que Demóstenes, era «tartamudo», y un orador con dicho trastorno de la comunicación no lo iba a tener nada fácil.

Y efectivamente así acabaría siendo. Cuando al cabo de los años, tras haber leído a innumerables maestros y haber practicado el arte de hablar con elegancia y corrección para tratar de deleitar, conmover o persuadir a los oyentes congregados, Demóstenes, al este de la Acrópolis, en el mismo lugar en el que había escuchado a tantos oradores antaño, daba su primer discurso, prontamente interrumpido, al poco de dar comienzo este, por las burlas y risotadas de los allí presentes, que mofándose de las disfluencias y trabas que presentaba, llegarían a abuchearle e incluso a imitar, con sorna, sus trastabillos.

Sumido en la más absoluta de las desolaciones, y sin intentar siquiera acabar su alocución un Demóstenes hundido abandonaba aquel lugar para refugiarse en su casa lejos de las miradas burlonas y de las risotadas que con tristeza, en su mente, continuaba escuchando.

Aquello por lo que había luchado durante todos esos años, todo lo que había deseado, parecía disiparse, como la fina arena que se escurre entre los dedos. Pero Demóstenes no iba a rendirse tan fácilmente. De la adversidad supo extraer la valentía y la determinación suficiente, el afán de superación y la fuerza de voluntad necesarias para combatir sus limitaciones, que le convertirían, años más tarde, en palabras del más grande de los oradores de la República Romana, Marco Tulio Cicerón, en el —“Orador perfecto” —.

Lo primero que hizo fue raparse totalmente la cabeza para así procurarse pasar mayor tiempo en casa dedicado a sus estudios. En la Grecia del siglo IV a.C no estaba bien visto llevar la cabeza rapada, signo inequívoco de los esclavos. Al amanecer, todos los días, se dirigía a la playa, allí donde las olas rompían con mayor fuerza, practicando sus discursos, colocando dentro de su boca un puñado de piedrecitas que le obligaban a tener que esforzarse mucho más en la pronunciación. Con perseverancia y ahínco, día tras día, llegaría a obtener una dicción casi perfecta. Se esforzaba elevando la voz para escucharse por encima del estruendo de aquel enrabietado mar que parecía desafiarle.

En casa leía durante horas, sin desfallecer, en voz alta, colocándose entre los dientes un pequeño cuchillo que le obligaba a esmerarse en la pronunciación de cada palabra, de cada frase, logrando con el tiempo a controlar los ritmos de aquellas interrupciones, dominando la respiración y siendo el conductor de sus propias palabras.

Cumplidos los veintidós años, volvió a hacer acto de presencia en público, dispuesto a ofrecer un discurso. En aquella ocasión con motivo de las denuncias interpuestas contra sus dos tíos y el amigo de la infancia de su padre a los que acusaba de dilapidar la herencia de aquel y de la que no había llegado a recibir nunca cantidad alguna.

Cuando comenzó a hablar, los asistentes quedaron encandilados. La fuerza de sus palabras, la entonación, la pasión con la que presentaba el enunciado de cada frase conminaron a callar a todos que, absortos, no quisieron perder detalle alguno de aquella disertación que de manera convincente solicitaba el simple “cumplimiento de lo justo” y que acabaría otorgándole la razón imponiéndose a cada uno de aquellos fideicomisarios, recuperando sino la totalidad, sí una gran parte de la herencia reclamada, siendo desde entonces su oratoria elogiada en todos los rincones del mundo.

Aristóteles llegó a la conclusión de que las personas tartamudeaban porque pensaban más rápido de lo que podían hablar. El filósofo romano Cornelius Celsus pensó que la solución pasaba por masticar un diente de ajo y cebolla, y siglos más tarde, en 1608 el cirujano Fabricius Hildanus proponía cortar el frenillo de la lengua, causante de dicha anomalía. Sin duda alguna el remedio más drástico para “curar la tartamudez” lo daba el médico alemán Joseph Frank que recomendaba propinar, con regularidad, unas cuantas palizas a quienes tartamudeaban.

Insignes personajes de la historia han padecido este trastorno del habla como Claudio el emperador romano, Jorge VI de Inglaterra o Winston Churchill Primer Ministro del Reino Unido durante la Segunda Guerra Mundial. También el actor de doblaje James Earl Jones (la voz de Darth Vader en La Guerra de las Galaxias o Mufasa, el padre de Simba en el Rey León), la actriz Mailyn Monroe, Bruce Willis, o el actual presidente de los Estados Unidos Joe Biden.

Hoy 22 de octubre y desde hace veintitrés años, decretado por la ISAD (Asociación Internacional de Tartamudos), se celebra el Día Internacional de la Tartamudez para concienciar de este problema de comunicación que afecta a más de setenta millones de personas en todo el mundo.

Para quienes deseen conocer más sobre este asunto, pueden visitar la página oficial de la Fundación Española de la Tartamudez https://www.fundacionttm.org/.

“Cuando las palabras no fluyen, en un mundo tan impaciente, no es fácil ser tartamudo”.

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