EL LIMPIABOTAS DE WALL STREET

LBDWS

29 de octubre…………………………….y entonces sucedió que……………………..

………………..su verdadero nombre es Gennaro Pascale Bologna, pero todo el mundo en el centro financiero de Manhattan, donde acude a trabajar a diario, le conoce como Patrick, Patrick Bologna. Llega temprano, a eso de las nueve de la mañana, media hora antes de la apertura de la Bolsa, situándose en sus proximidades, concretamente en el número 40 de Wall Street.

Por la que dice que es su “oficina” pasan todo tipo de personajes variopintos, desde importantes hombres de negocios, banqueros, inversionistas, agentes de bolsa y cualquiera que requiera de sus servicios, porque Bologna es a sus veintiún años, cerca de cumplir los veintidós, el “limpiabotas de Wall Street”, o al menos así se hace llamar él.

Desde el final de la Gran Guerra en 1918 Estados Unidos ha consolidado su posicionamiento internacional como la primera potencia mundial a nivel económico, convertido en el gran prestamista de sus socios aliados. A nivel interno, para sufragar los gastos derivados de la misma, el gobierno de su vigésimo octavo presidente, Woodrow Wilson, emitía los llamados “Bonos de Libertad”, comprados a precios asequibles y con una alta rentabilidad, instalándose, entre la población, un clima generalizado de entusiasmo colectivo y de prosperidad que daría lugar a los llamados “Felices Años 20”, popularizándose, aquel más que sugerente eslogan, de “compre hoy y pague mañana”.

Pronto aquel negocio bursátil, llamado mercado de valores, se acabaría convirtiendo en un negocio muy rentable para la población norteamericana. Cualquiera podía poner el dedo sobre una compañía cualquiera, al azar, sin tener idea alguna, en aquel enorme tablero dispuesto, y proceder a comprar acciones, de la que hubiera elegido, para ver cómo a las pocas semanas su valor crecía vertiginosamente. Muy pocos, desde hacía varios años, habían obtenido beneficios reales, porque a nadie, en su sano juicio, se le ocurriría vender unas acciones que no dejaban constantemente de crecer.

Bologna limpia zapatos y mientras los lustra escucha los comentarios que le hacen sus clientes, algunos de ellos, cargos relevantes en el mundo de las finanzas, como Charles Edwin Mitchell, presidente del National City Bank, o William Crapo Durant cofundador de la General Motors, que le brindan de primerísima mano una información privilegiada, una información que más tarde ofrece a aquellos clientes que por 10 centavos de dólar se le acercan solicitando sus servicios.

Hace unos meses que decidió hacer buen uso de esos “chivatazos” que puntualmente recibe para invertir algunos ahorrillos.

Cierta mañana, a comienzos del mes de octubre de 1929, un hombre muy bien vestido acepta que Bologna le saque brillo a sus elegantes zapatos. El hombre, de Boston, se encuentra en Nueva York en viaje de negocios. Ambos charlan animadamente. Joseph que así es como se llama el cliente, le cuenta que tiene ocho hijos, el último una niña nacida en el mes de febrero del año pasado y a la que han puesto de nombre Jean. Le dice hasta los nombres del resto de sus hijos, Joseph Patrik, John Fitzgerald, Rosemary, Kathleen, Eunice, Patricia y Robert.

Patrick Bologna, como ha estado haciendo durante los últimos dos años, en un momento dado, le ofrece a aquel cliente uno de esos consejos financieros de los que ha tenido información privilegiada, “¿Me permite que le dé un consejo?, compre acciones petroleras y ferrocarriles. Un tipo que ha estado aquí esta mañana me ha dado toda una serie de detalles confidenciales y me ha asegurado que van a subir hasta el cielo”.

Joseph Kennedy, padre del futuro presidente de los Estados Unidos, que en aquellos días contaba con doce años de edad, nada más abandonar la ciudad neoyorkina ponía a la venta, al descubierto, la mayor parte de sus acciones (ganando cerca de un millón de dólares con aquellas operaciones).

Días más tarde, el 24 de octubre, tras una caída de siete puntos durante la jornada del día anterior, se abría la sesión con la venta de un millón de acciones a un tercio de su valor. El pánico y el desasosiego se adueñaba de los pequeños inversores que a la desesperada ponían a la venta la mayor parte de sus acciones. La desconfianza de aquellos puso en jaque a todo el sistema bursátil norteamericano, que gracias a una serie de maniobras inversionistas, a duras penas, lograban frenar la caída, aunque los efectos pronto se harían notar, cuando durante los tres días siguientes cien mil trabajadores perdían sus empleos.

El 29 de octubre de un día como hoy, de 1929, la Bolsa colapsó, sin poder hacer nadie nada para remediar su desmoronamiento, arrastrando consigo, con el mismo efecto del desplome de unas fichas de dominó, a los principales mercados del mundo. Las oficinas de los brókers, colapsadas, trataban de apaciguar a una masa ingente de inversores despavorida que intentaba salvar sus pequeños ahorros en una jornada que acabaría siendo conocida como la Gran Depresión o el “Crac del 29”, convirtiendo el sueño americano en una auténtica pesadilla.

Bologna que había llegado a acumular unas ganancias de 9000$ pudo rescatar 1500$, otros, la gran mayoría, sin embargo lo perderían todo.

Excepto Joe Kennedy, que años más tarde recordando aquella anécdota del limpiabotas de Wall Street llegaría a afirmar;

—»Cuando hasta el limpiabotas te hable de Bolsa, ese será un buen momento para vender»— .

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