UN BURRO EN EL MICALET.-

PORTADA 24

24 de diciembre…………………………..y entonces sucedió que………………………

………la torre de El Miguelete (el Micalet en valenciano) es probablemente uno de los edificios más emblemáticos de la ciudad de Valencia. Con sus cincuenta y un metros de altura, desde la base hasta la terraza, los mismos que mide su perímetro (al menos hasta la construcción de la espadaña que aumentaría su alzada en doce metros, hasta llegar a los actuales sesenta y tres) suma un total de doscientos siete peldaños en una escalera estrecha y angosta de las de tipo caracol.

Aquellos que hayan subido hasta lo más alto para descubrir las maravillosas vistas que desde su terraza pueden vislumbrarse, habrán podido comprobar, lo mucho que cuesta ascender por dicha escalinata.

De estilo gótico, la torre desde el inicio de sus obras en el año 1381 hasta su conclusión en 1736, requirió de trescientos cincuenta y cinco años, si bien es cierto que durante casi doscientos treinta y cinco, de 1425 y hasta 1660, por distintos motivos, el desarrollo de la misma quedó paralizada.

El entonces llamado nuevo campanario (Campanar Nou) antes de pasar a su actual denominación, cuenta con catorce campanas, de las que, excepto dos, la de Quarts (los Cuartos) y la del Cimboriet (El Cimborriet), llevan nombre de personas; (l’Andreu (Andrés), L’Arcis (Narciso), la Barbera (Bárbara), la Caterina (Catalina), el Jaume (Jaime), la Maria (María), el Manuel (Manuel), l’Ursula (Úrsula), el Pau (Pablo), el Vicent (Vicente), la Violant (Violante) y el “Micalet (Miguel)” que con sus más de siete toneladas de peso, era la más grande del antiguo Reino de Aragón y la que da su nombre actualmente a la torre.

Fue un 24 de diciembre, de un día como hoy, de 1459, cuando el maestro de obra de la Seo,  Francesc Baldomar, que había finalizado recientemente la construcción de una capilla en el antiguo convento de Santo Domingo así como la ampliación del Almudín, recibía el encargo de agregar a la Catedral el campanario (separados ambos desde sus orígenes) mediante una obra que daría comienzo el jueves 10 del mes de enero de 1460.

Sabida era la mala relación existente, entre el canónigo de la Catedral, Guillem de Vich y el aludido maestro de obra, que se vería agravada con el fallecimiento el 25 de noviembre de 1461, del entonces vicario general de la ciudad, Antoni Bou, principal apoyo y protector de Francesc Baldomar.

Una mañana, recién estrenado el año de 1462, cuando los sacristanes subían a lo alto de la torre para realizar el tañido, como cada día, de las campanas, se llevaban un buen susto al encontrarse de bruces, en lo más alto del campanario, un burro que nada más verlos se les quedaba mirando fijamente. Sin otra explicación plausible, al encontrarse con semejante animal en aquel lugar tan recóndito, que la de ser obra del mismísimo diablo y dominados por el pánico comenzaban todos ellos a vociferar y correr, sin sentido alguno, de un lado para otro, acabando algunos rodando por los suelos hasta, casi al unísono, bajar volando, despavoridos, los doscientos siete escalones, de aquellas escalinatas, de tal forma que parecían estar “poseídos por el demonio”.

Iniciada una investigación al respecto quedaba manifiestamente evidente que aquello había sido una broma de mal gusto que alguien le había gastado al bueno del maestro de obra, ya que aquel burro, de su propiedad, era con el que Baldomar habitualmente se desplazaba de un lugar a otro de la ciudad. El borrico en cuestión, al parecer, le había sido sustraído durante la noche anterior, forzando para ello puertas y rompiendo algún que otro tabique de su domicilio cercano a la Catedral.

Subir al animal no debió ser tarea sencilla, pero cuando intentaron hacerle descender por aquellas escaleras el asunto se complicó sobremanera, negándose aquel a dar un solo paso por aquellos peldaños.

Tuvo el maestro de obra que solicitar y sufragar de su propio bolsillo la intervención de un grupo de marineros, expertos en bajar grandes pesos, mediante el uso de sogas y poleas, ante una gran multitud de curiosos que a esas horas ya se congregaban bajo de la torre.

Para facilitar el descenso y que no resultase todavía más traumático, pusiéronle al animal una especie de caperuza, cubriendo sus ojos, evitando que, asustado, llegase a miccionar sobre quienes, muchos de ellos con la boca abierta, contemplaban semejante espectáculo, al que lograban poner en tierra más tarde, sano y salvo, sin grandes complicaciones.

El jueves 17 de abril de 1462, Francesc Baldomar denunciaba ante el juez, Berenguer Company, según documento recogido en los protocolos notariales de Joan Esteve, al canónigo de la Catedral, Guillem de Vich de tres agravios realizados por este contra su persona.

El primero de ellos, el ya aludido pasaje del burro de su propiedad subido a lo alto del Micalet.

El segundo, firmado por el maestro de la Seo y toda la cuadrilla de sus trabajadores, entre quienes sobresalen, entre otros, el primo del maestro Baldomar, Jaume Castellar, Antoni Lor y Johan Descalant, acusando al aludido canónigo de haber orinado en sus calabacillas de vino, los cuales argumentaban haber bebido de las mismas percibiendo un cierto sabor «salado y picante» (salat e cohent).

Por último y en tercer lugar, acusaba Francesc Baldomar a Guillem Vich de haberle sustraído sus lentes para untar sobre las mismas excrementos y deposiciones y volver a ponérselas de nuevo utilizando para ello la fuerza, sintiendo, como consecuencia de ello, un picor insoportable en sus globos oculares que le impedirían, durante todo aquel día, poder regresar a su trabajo en la Catedral, solicitando, con todo ello, al venerable juez que aplicase justicia, algo que no llegaría a producirse, al menos aparentemente, dado el poder que aquel sustentaba como vicario general del cardenal y obispo de Valencia.

Francesc Baldomar fallecería en Valencia en 1476 sin haber podido concluir su obra.

El Micalet ha sido, a lo largo de las siglos, una referencia, como medio de información, sobre lo que ocurría en el Cap i Casal (forma de denominar a la ciudad de Valencia desde los tiempos de Jaime I) mediante diferentes señales, perdurando en la actualidad el toque de campanas, tanto el manual como el automatizado.

Para aquellos que deseen realizar una visita pueden rellenar la siguiente solicitud: http://campaners.com/visites/

El toque manual de las campanas de la Catedral de Valencia, está declarado Bien de Interés Cultural de Carácter Inmaterial por la Generalitat Valenciana (02/08/2013), como parte del paisaje cultural y sonoro de los valencianos desde la época de Jaume I.

Feliz Nochebuena…

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