NOBELIGROSO ROMANCE

7ENE

7 de enero……………..y entonces sucedió que……………………………………………

…………hacía tres años que había logrado, junto a su mujer Marie y Antoine Becquerel el Premio Nobel de Física. Tres años en el que las cosas parecían irle más que bien. El jueves día 19 de abril de 1906, a menos de un mes de cumplir los cuarenta y siete años, mientras caminaba bajo una intensa lluvia por la rue de Daphine, en el barrio parisino de Saint Germain des Prés, sobre las dos y media de la tarde, Pierre Curie al intentar cruzar la avenida, moría atropellado por un coche de caballos que le embestía.

Apenas un mes más tarde, el Departamento de Física de la Sorbona de París, le ofrecía, a la viuda, la cátedra que había creado para su esposo fallecido, siendo desde aquel mismo momento, la primera mujer catedrática de toda Francia (la primera mujer en impartir clases en la Universidad fue Luisa Medrano, natural de la localidad de Atienza, en la provincia de Guadalajara, catedrática por la Universidad de Salamanca allá por 1484).

La tristeza y el vacío que la muerte de su marido le había dejado lo sustituyó con horas de dedicación a un nuevo proyecto en desarrollo, que vería la luz, años más tarde, con el descubrimiento de dos nuevos elementos químicos, el Radio (Ra) y el Polonio (Po), bautizándolo con este nombre homenajeando así a su país natal, ya que, aunque es francesa por su matrimonio con Pierre, Maria Salomea Skłodowska, había nacido en Varsovia, en 1867.

Durante la primavera de 1910, cuatro años más tarde de aquel fatídico día, Marie acudía a casa de unos amigos vestida de manera diferente. Ya no iba de luto. Ese día vestía de blanco y llevaba en la solapa de su vestido una flor. Todos los allí presentes  coincidirían al afirmar que parecía tener incluso el rostro iluminado. Al parecer el amor había llamado de nuevo a su puerta. A sus cuarenta y dos años había intimidado con un antiguo estudiante de su marido, cinco años menor que ella, Paul Langevin, que si no fuera por un pequeño detalle, parecía ser el hombre ideal para ella, y es que Monsieur Langevin era un hombre casado.

Se han visto varias veces y se han escrito cartas declarando su desconsuelo por no poder estar juntos a todas horas. Él afirma ser muy infeliz en su matrimonio y pensar a menudo en el divorcio (vigente en el país galo desde hace casi ciento catorce años, desde 1796), pero argumenta, necesitar tiempo, antes de dar ese paso.

El 7 de enero de un día como hoy, de 1911, de hace hoy ciento once años, Madame Curie era rechazada como candidata para ingresar en la Academia de Ciencias de Francia, ante la vacante producida por el fallecimiento del físico-químico Desirée Gernez, siendo elegido en su lugar Édouard Branly. Los miembros del Consejo alegarían ajustarse a la tradición, que no permitía admitir en su seno a miembros del sexo femenino, como único argumento esgrimido para no aceptarla.

En otoño de ese mismo año es invitada al Congreso Solvay, desarrollado desde el 29 de octubre hasta el 4 de noviembre, en el hotel Metropole de Bruselas, auspiciado bajo el mecenazgo del belga Ernest Solvay, y al que acuden, entre otros, un jovencísimo físico alemán, de apenas treinta y dos años, llamado a revolucionar la Ciencia, Albert Einstein, y al que acudirá también, un enamorado Paul Langevin.

Durante el aludido Congreso Madame Curie recibía dos telegramas. En el primero de ellos, el Comité organizador del Nobel, le comunicaba que ese año era la ganadora de su galardón en química. En el segundo de aquellos, alguien, que le dice ser detective privado, le advierte que una despechada Jeanne Desfosses, la esposa de Langevin, había encontrado las cartas que le había estado escribiendo a su marido y que habían sido remitidas a los principales periódicos parisinos, como Le Journal, de la familia de Henri Lettellier, que se hacía eco de aquel asunto publicándolas inmediatamente, solicitando, la desconsolada esposa, públicamente el divorcio.

A su regreso a Francia, una multitud enfurecida rodeaba su casa, que le grita e incluso le llega a lanzar piedras contra las ventanas de las habitaciones de sus hijas, teniendo que acudir a refugiarse a casa de una amiga, la escritora Camille Marbo.

En un intento por evitar un escándalo todavía mayor durante la entrega de los Premios Nobel, y más concretamente en el banquete posterior presidido por Gustavo V de Suecia, el renombrado bioquímico Olof Hammarsten, llegaba a proponer impedir que la galardonada acudiera a recoger el premio protegiendo de esta forma a la familia real de semejante bochorno.

El premio Nobel de Química, el mismo año que Madame Curie obtuvo el suyo en 1903 Svante Arrhenius, fue incluso más allá escribiéndole unas líneas rogándole quedarse en Francia; -“Espero que mande un telegrama… diga que no quiere aceptar el premio antes de que en el juicio de Langevin se demuestre que las acusaciones en su contra no tienen fundamento”-.

Curie efectivamente enviaba un telegrama, pero en términos muy distintos de los que le aconsejaban o pedían, señalando que el premio se lo daban por su descubrimiento no existiendo, a su entender, conexión alguna entre su trabajo y los hechos de su vida privada.

Einstein le daba también su opinión al respecto. Nadie en toda Francia se puso de su lado, ni osó atacar al verdadero causante y culpable, si lo hubiera, de aquella situación. A fin de cuentas ella era una mujer, viuda, y sin cargas emocionales.

Y así lo hizo. Una Marie Curie desafiante y segura de sí misma se presentaba días más tarde en Estocolmo para recibir su merecido galardón. No hubo incidente alguno. Durante el convite posterior, sentada al lado de la familia real sueca, paladeó los once platos que les fueron servidos disfrutando de una plácida velada acorde a su merecimiento.

Diez días más tarde Paul y Jeanne Langevin resolvían sus asuntos mediante acuerdo fuera de los tribunales. Ella se quedaba con la custodia de sus cinco hijos (Paul, André, Hèléne, Madeleine y Jean). Él, por su parte, se reservaba el derecho de poder visitarlos y contribuir a su manutención.

Este suceso acabaría por terminar con el romance entre Marie Curie y Paul Langevin, aunque siguieron viéndose como amigos y colegas de profesión. Con Albert Eisntein con aquel consejo que le había dado estrechó todavía más su cariño y amistad. ¿Qué que le dijo?; 

-“Debes despreciar este alboroto. Si la chusma sigue molestándote deja de leer sus estupideces. ¡Ve a Estocolmo!”-

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