R’ANCIEN’ PINTADO.-

110202

11 de febrero………………….y entonces sucedió que……………………………………

…………contaba su madre, María Manuela Kirkpatrick, hija de un escocés inmigrante de Dumfries llamado William Kirkpatrick asentado en Málaga, que su segunda hija, María Eugenia, había nacido precipitadamente, en su domicilio, ubicado en el número 12 de la calle Gracia, en el barrio granadino de la Magdalena, consecuencia de un terremoto que había tenido lugar en la ciudad, el mismo día del parto, aquel 5 de mayo de 1826.

Justificaba de esta forma la fuerte personalidad y el carácter decidido de su hija María Eugenia Ignacia Agustina de Palafox Portocarrero de Guzmán y Kirkpatrick que acabaría siendo, durante casi veinte años, la emperatriz de los franceses, y si bien es cierto que aquel seísmo había existido, en realidad, había sucedido doce días más tarde, el miércoles 17 de mayo.

Su padre, Cipriano de Guzmán, de los conocidos como afrancesados, que había luchado a las órdenes del mismísimo Napoleón Bonaparte contra los intereses absolutistas de Fernando VII, había heredado, de la noche a la mañana, con el fallecimiento de su hermano Eugenio, sin descendientes, en 1834, el título de «octavo conde de Montijo», un título, que como grande de España, tan solo disfrutaría cinco años, al fallecer en 1839 cuando Eugenia contaba con trece años de edad.

Bella, elegante, exquisita en sus modales, siempre vestida con tendencias a la última moda, bilingüe (hablaba perfectamente castellano y francés), puso de moda entre los miembros de la alta sociedad “el veraneo”, cuando en agosto de 1835 acudía con su madre y su hermana Paca (la futura condesa de Alba al contraer matrimonio en febrero de 1844 con Jacobo Fitz-James Stuart ) a la localidad de Biarritz.

El político y diplomático Juan Valera escribía una carta en 1847 sobre una Eugenia de ya veintiún años a la que describía de –“diabólica muchacha y a la vez la más popular de esta villa y corte, corta de genio y tan mandona que casi se puede asegurar que su futuro esposo será mártir de esta criatura celestial”-

 A finales de 1849 madre e hija se trasladaban a París en donde finalmente fijarían su residencia en el número 12 de la plaza Vendôme. Su madre, desde entonces, no dejaría de acudir a ningún acto social que se celebrase con la firme intención de promocionar a su hija. A uno de aquellos actos, llevado a cabo en el palacio de la princesa Matilde (hija de Jerónimo, el hermano pequeño del emperador Napoleón I) uno de los salones más frecuentados de su época, acudía su primo, el que era por aquel entonces presidente de la II República Luis Napoleón Bonaparte (sobrino de Napoleón I, al ser hijo de su hermano Luis), el cual quedaba cautivado de la belleza de la pequeña de las Montijo, auto presentándose y tratando de cortejarla en vano.

En un encuentro posterior, siendo ya Luis Napoleón Bonaparte emperador de Francia con el título de Napoleón III, viéndola asomada en uno de los balcones del palacio de las Tullerías, en donde se alojaba invitada por Matilde, montado sobre los lomos de su caballo le preguntaba cual era el mejor camino para llegar hasta su alcoba, respondiéndole aquella, -“Por la capilla, señor”-.

Y así sería. Tras once meses de cortejo, el domingo 30 de enero de 1853, Napoleón III, a sus cuarenta y cinco años contraía matrimonio con Eugenia Palafox de Montijo de veintisiete, en la catedral parisina de Notre Dame.

Asentada en su nueva residencia ya como emperatriz de los franceses, doce días más tarde del enlace, el 11 de febrero, de un día como hoy, de 1853, dando un paseo por los jardines del palacio de las Tullerías, llamaba su atención la presencia de un soldado que imperturbable, parecía custodiar uno de aquellos bancos de madera solitarios.

Pudo observar no obstante, en días sucesivos, como el mismo banco seguía siendo vigilado por distintos guardias que parecían turnarse en su cometido, preguntándose, cuál podría ser el motivo de dicho resguardo, comenzando a indagar sobre el asunto, buscando, llevada por la curiosidad, una explicación al respecto.

Nadie acertaría a dar una respuesta que justificase la presencia de aquellos soldados que por turnos parecían vigilar aquel banco de madera llegando a preguntar a Hector Lefuel, arquitecto de palacio desde el año anterior, por si tuviera vigente un proyecto en el que requiriera la presencia de la guardia en aquella zona, siendo su respuesta negativa.

Nadie, en un principio, fue capaz de dar una simple explicación plausible del proceder de aquellos soldados, que sin tener que indicárselo acudían a aquel lugar a desarrollar su misión rutinaria, sin siquiera cuestionarla.

Al parecer, la orden había sido dada por el mismísimo Napoleón Bonaparte ¡hacía algo más de cuarenta años! sin que nadie desde entonces la hubiera anulado permaneciendo vigente, para advertir a su amada Josefina y sus damas que aquel banco se encontraba «recién pintado», ordenando así la presencia de un soldado de guardia con el firme propósito de advertir que nadie se sentase en el mismo, una orden que desde aquel mismo momento la emperatriz solicitaba que acabara siendo cancelada.

Y tú, ¿Cuántas cosas haces por inercia?, ¿Cuántos bancos recién pintados tienes y sigues vigilando?

Deja una respuesta

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s